domingo 15 de noviembre de 2009

Los sueños de Ludwig

La figura del rey Luís II de Baviera ha sido y continúa siendo una de las que ha llenado más páginas de la Historia de Europa. Su vida se ha llevado a la pantalla en distintas ocasiones y su misteriosa muerte alimenta aun más la imaginación y el mito. Un hombre extremadamente sensible y refinado que, poco a poco, se aisló del mundo para dedicarse a un sueño: sus castillos y palacios. Leyendo su biografía no hace falta profundizar demasiado para llegar a la conclusión de que fue una persona infeliz y con enormes luchas internas. Sin embargo, el estado de felicidad o desdicha no son absolutos y seguramente también serían muchos sus momentos placenteros, especialmente los vividos en su infancia y juventud con su estimada prima Sissi, con su admirado Wagner o viviendo en su mundo de fantasía en el castillo de Neuschwanstein.

Hijo del rey Maximiliano II de Baviera y la princesa María de Prusia, nació un 25 de agosto de 1845 en el Palacio de Nymphenburg, en Baviera. Fue educado para ser rey, bajo el más estricto sentido de la obligación. De bien joven ya descubrió su amor por la naturaleza, por el arte, la música y la poesía. Pasiones que compartía con su prima Sissi, posteriormente emperatriz de Austria. En 1864 a la edad de 18 años subió al trono sin experiencia de la vida ni de la política. Su pueblo apenas lo conocía, pero cuando apareció en público por primera vez sus súbditos le acogieron con admiración y respeto. Sus contemporáneos escribían: “era el joven más bello que jamás he visto… Me habría fijado en él aunque hubiese sido un mendigo.”
Sin embargo, pronto empezarían sus problemas. A los dos años de reinado sufrió una derrota importante: Prusia venció a Austria y Baviera en la “Guerra Alemana” de 1866. Desde entonces Baviera dependería de Prusia en política exterior convirtiéndose en vasallo de su tío. El hecho es que Luís II se fue retirando cada vez más de Munich y sólo residía en la capital los mínimos meses exigidos.
Luís II, llamado también el rey Loco, dedicó el resto de su vida y una gran fortuna familiar en la construcción de un mundo de fantasía en el que se refugió y donde podía sentirse como un verdadero rey. De los tres castillos-palacios que mandó construir, Linderhof, Herrenchiemsee y Neuschwanstein, este último es sin duda el más impresionante y su verdadera locura arquitectónica.
Sus torres, sus almenas y la verticalidad de sus paredes lo convierten en una imagen irreal y fantástica. Los tres últimos años de su vida transcurrieron en una gran soledad, viviendo en su mundo aparte de Neuschwanstein, en las montañas de Baviera, dominando un paraíso de sueños. Vivía de noche y dormía durante el día, poseído por su espíritu romántico y atormentado. El dia 10 de junio de 1886, su primo el Príncipe Luitpoldo tomó la regencia del reino, pues la familia de Luis II y los políticos de Baviera, juzgaron que su carácter era fruto de una enfermedad mental que le imposibilitaba para las labores de gobierno. Lo sacaron de su refugio de Neuschwanstein y lo recluyeron en el castillo de Berg. Tres días después, el 13 de junio, murió ahogado en el lago Starnberg. Junto a su cadáver se encontró el de su médico personal, el doctor Gudden.
La versión oficial fue la del suicidio, por la que habría puesto fin a su atormentada existencia de soledad. La otra versión es que el rey fue asesinado por los propios poderes de Baviera o de Alemania, debido al problema que podía suponer un príncipe de carácter extraño, crítico con la casa imperial y con la política oficial e incomprendido por la vulgar sociedad de su momento.
La versión menos probable pero, eso sí, la más romántica y peliculera es la que asegura que el rey quería escapar de su confinamiento. Como era un notable nadador, pretendió huir a nado hasta un punto cercano donde le esperaba con un coche de caballos su prima Sissi, cómplice y amante secreta. Es cierto que algunas películas han fomentado el morbo de una relación amorosa entre Luís II y la emperatriz Sissi, pero esta relación no tiene fundamento alguno. Sin embargo, algunas cartas privadas y documentos personales (los diarios originales se perdieron durante la Segunda Guerra Mundial) dejan entrever su homosexualidad.
Neuschwanstein, ese lugar mágico, el refugio de un rey llamado loco que se había construido en busca de soledad y retiro de la vida pública, resulta que hoy es uno de los castillos más visitados de Europa. Tan sólo siete semanas después de su muerte ya se abrió el castillo al público, un público que queda día tras día boquiabierto ante tal maravilla.
Su situación es idílica, única. Está situado en la cumbre de un cerro y se encuentra en medio de densos bosques de pinos y abetos. El proyecto nació de su imaginación y el rey supervisó a pie de obra su construcción.
El 13 de mayo de 1868 escribió a Ricardo Wagner: “Tengo la intención de reconstruir la vieja ruina del castillo de Hohenschwangau, en la garganta de Pöllath, manteniendo el verdadero estilo de los antiguos castillos feudales alemanes … El emplazamiento es uno de los más bellos que se puedan hallar…”
A los pies de Neuschwanstein está el Schwansee, o lago del cisne, y al lado, el castillo de Hohenschwangau.

A pesar de ello, Luis II apenas lo disfrutó. Sólo vivió aquí 170 días, hasta que en 1883 murió sin ver concluidas las obras. 170 días que vivió en un mundo poético imaginario de la Edad Media.

Y nosotros nos disponíamos, como tantos miles de visitantes, a violar la intimidad del solitario rey entrometiéndonos en sus aposentos privados.
Desde Füssen es fácil llegar al castillo, sólo hace falta seguir las indicaciones. A pesar de que era aún temprano y de que hacía mal tiempo ya empezaba a haber mucha afluencia.

Los coches están obligados a aparcar en un parking público (4.5€). Los tickets para la visita no se pueden comprar en el castillo, sino en la oficina habilitada para tal fin. Hay la posibilidad de comprar la entrada para un solo castillo o una entrada combinada para Neuschwanstein y Hohenschangau. Está muy bien organizado, la única manera de que un lugar que recibe tantos visitantes cada día no sea un absoluto caos. En el ticket sale impresa la hora de la visita, el turno que corresponde y el idioma del audio.
A Neuschwanstein se puede llegar andando pero además hay un servicio de carros (6€ por persona) o frecuentes autobuses (1.8€ subida- 1€ bajada – 2.6€ subida y bajada) que van y vienen abarrotados.
Desde la parada del bus hay un cartel señalizando dos direcciones: el puente de Marienbrücke o el castillo. Primero caminamos hasta el puente que traspasa la elevada garganta del torrente alpino Pöllath la cual forma la cascada del mismo nombre de 45 metros de salto y que se encuentra debajo del puente.

A 92 metros sobre el barranco se levanta el puente, considerado una obra maestra de la ingeniería en aquella época. Es un lugar impresionante desde donde hay unas vistas inmejorables del castillo y su entorno. Retrocedemos y seguimos las indicaciones que conducen hasta el castillo. Son unos 10 minutos de camino con unas vistas increíbles. Se ve el castillo de Hohenschwangau que sobresale en medio del valle, lagos de agua de un color azul intenso y las escarpadas montañas con las cumbres cubiertas por una tímida capa de las primeras nieves.
Esperamos nuestro turno y empezamos la visita con la audioguía en español. Se inicia la visita por la antesala y desde aquí se camina por un corredor donde se pueden ver algunas habitaciones del servicio.
A pesar del aspecto medieval del castillo, se aplicaron las últimas tecnologías del momento. Impresiona la Sala del trono (sin trono) con una apariencia de capilla bizantina. La escalinata en mármol de Carrara conduce al ábside donde tenía que ir colocado el trono de oro y marfil. El suelo de mosaico está confeccionado por más de 2 millones de piedras y representa la vida de los animales y plantas del Planeta.
El balcón cubierto de este salón ofrece una de las mejores panorámicas alpinas, con vistas sobre las montañas, los lagos Alpsee y Schwansee y el castillo Hohenschwangau entre ambos.


La habitación más ricamente decorada es el dormitorio del rey, en estilo gótico tardío y con un espectacular dosel en madera de roble. Las pinturas representan la leyenda de Tristán e Isolda. Del dormitorio se accede a la pequeña capilla con vidrieras que representan la vida de San Luís.

Pasamos demasiado deprisa por la Antecámara, la Sala de estar y el Gabinete de trabajo. La mayor parte de pinturas, igual que en el resto de habitaciones, están inspiradas en motivos que también sirvieron de tema a Richard Wagner para escribir sus óperas. La gran Sala de los Cantores está decorada con pinturas inspiradas en la leyenda de Parsifal, tema de la obra maestra de Wagner. En vida del rey, nunca se llegó a utilizar esta sala.

Es también interesante fijarse en algunos detalles de la cocina y observar como también aquí se incorporaron los últimos avances tecnológicos, como agua corriente fría y caliente, un asador automático, un calentador de platos o un elevador.
No hace falta decir que el castillo dispone de restaurante, cafetería y tiendas donde venden de todo y más.
Nos despedimos de Neuschwanstein y sólo cuando se contempla serenamente, gozando a la vez del paisaje circundante, se llega a comprender la extrema sensibilidad de su creador, al que Paul Verlaine llamó “el único rey de sus siglo”.
No está autorizado sacar fotografías en el interior del castillo, por tanto, las que aquí aparecen de las salas interiores no son propias.

viernes 6 de noviembre de 2009

Innsbruck, la bella ciudad de los Alpes

Además de su indiscutible belleza, otro de los motivos por los que decidimos alojarnos a orillas del Lago Wiessensee fue su proximidad a la frontera austriaca. Austria es un país de paisajes de ensueño, de cuentos de hadas y una de mis ilusiones era que mis padres pudieran conocer la región del Tirol.
Los pronósticos del tiempo anunciaban lluvias en Baviera pero sin embargo un día soleado en Innsbruck, lo que nos acabó de dar el empujón. Apenas a los 5 minutos de salir ya habíamos cruzado la frontera del país alpino y los 108 km que nos quedaban hasta Innsbruck los recorrimos en aproximadamente hora y media. No hay autopista ni otra vía rápida pero la velocidad aquí no tiene ningún sentido. Hay que saborear el trayecto despacito y gozar de las imponentes montañas, los espesos bosques de abetos y los verdes prados, los pueblecitos de puntiagudos campanarios y flores en las ventanas. ¡Como me gusta el contraste del rojo de los siempre floridos geranios con el fondo verde intenso de los prados!.

Cuando llegamos a Innsbruck la primera impresión fue un poco decepcionante. Habíamos estado varios años atrás - no 25 como en el caso de Munich pero si 19 - cuando Innsbruck era poco más que un pueblo grande. La entrada a la ciudad me pareció del todo impersonal, con feas construcciones que han proliferado en la periferia. Cual fue mi asombro cuando al consultar en wikipedia, vi que se ha mantenido casi inalterado el número de habitantes desde hace algunas décadas. Si estos datos son fiables, entonces debe ser que la memoria me ha traicionado de nuevo.
A pesar de todo, el desánimo duró poco. Aparcamos el coche enfrente del mismo Palacio Imperial y una vez cruzamos el arco que accede al centro histórico me volví a reencontrar con el pueblo pintoresco y agradable que recordaba.
La ciudad, situada a orillas del Inn, es especial por su ubicación en medio de altas montañas y por tanto, centro para deportes de invierno y turismo que junto al ambiente universitario proporcionan a la pequeña ciudad una buena oferta tanto cultural como de ocio.
Una estrecha calle llena de tiendas de recuerdos y bonitas fachadas nos lleva hasta uno de los edificios más característicos de la ciudad: El tejadillo de oro o Goldenes Dachl. Se trata de un edificio construido en 1420 por Frederic IV como Nueva Corte de los príncipes del Tirol. El balcón de gala cubierto con 2657 tejas de cobre doradas fue añadido por el emperador Maximiliano I y acabado en 1500 con motivo de la celebración de su matrimonio con Blanca María Sforza de Milán. Tanto en el balcón como en la tribuna hay unos bonitos frescos, así como escudos y relieves de bailarines.

A pocos pasos del tejadillo de oro se encuentra la Torre de la Ciudad desde donde hay una bonita vista sobre los tejados de Innsbruck y el panorama alpino.
Seguimos caminando por la calle Friedrichstrasse contemplando cada rincón, cada fachada, cada fuente. Seguimos por Maria-Theresien-strasse hasta la columna de Santa Ana, construida entre 1704 y 1706 por las Cortes del Tirol para conmemorar la defensa del ataque de las tropas bávaras (1703) durante la Guerra de Sucesión española.
Es una representación de la Virgen María, de Santa Ana y de los santos patronos del Tirol. Desde este punto se obtiene una imagen muy conocida de la ciudad de Innsbruck, con la columna de Santa Ana en primer plano, la larga calle que desemboca delante del tejadillo dorado y las montañas como marco de fondo. Nos dirigimos hasta orillas del río y desde el puente Innbrücke sacamos unas bonitas fotos.
Aquí se levanta el antiguo Castillo Ottoburg, un torreón gótico en la muralla de la ciudad construido en 1494 y actualmente convertido en restaurante.
Aunque pequeña, Innsbruck tiene muchos lugares para poder visitar y entre ellos se encuentra el Palacio Imperial. De estilo gótico tardío se construyó primero bajo el reinado del archiduque Segismundo el Rico y después bajo el del emperador Maximiliano I, aunque posteriormente fue remodelado por la emperatriz María Teresa entre 1754-73. El día anterior en Munich habíamos quedado un poco saturados de aposentos palaciegos por lo que descartamos la visita. Lo que no queríamos perdernos era la original Iglesia de la Corte que alberga el imponente mausoleo imperial de Maximiliano I. Ya lo habíamos visitado durante nuestro anterior viaje a Innsbruck y lo que entonces era una visita gratuita de la iglesia, se ha convertido en un montaje para justificar los 4€ que cobran por la entrada. Se accede por el claustro y después vas pasando por unas salas donde te hablan del personaje y de la época en la que vivió. Por fin entramos en la iglesia y pudimos admirar el mausoleo. Consiste en un cenotafio con la estatua de Maximiliano I arrodillado y 24 representaciones en relieve de sus gestas alrededor del sarcófago situado en el centro de la nave. Está acompañado de 28 estatuas de bronce de tamaño sobrenatural de miembros de la familia de los Habsburgo. Respecto al órgano renacentista, parece ser que está entre los 5 mejores del mundo.
Después de una visita rápida a la barroca Catedral de Santiago nos despedimos de Innsbruck y nos dirigimos en dirección a los pueblos tiroleses. Dejamos a un lado el estadio olímpico de hielo y enfilamos la carretera hasta donde se encuentra el trampolín de saltos de Bergisen construido en 1925 y adaptado con motivo de los Juegos Olímpicos de 1964 y 1976. Los paisajes son increíbles y nos entran ganas de correr descalzos por la hierba cantando el Ioliloiiiuuuuuuu como la mismísima Heidi.
Entre bosques y curvas llegamos a Vill, el pueblecito donde nos alojamos años atrás cuando visitamos la zona. La Gasthof Traube está idéntica, como si no hubiera pasado el tiempo y el pueblo tampoco ha cambiado demasiado.
Seguimos hasta Igls, un turístico pueblo tirolés desde donde se coge el teleférico para subir al Patscherkofel (2246 m).
Se había hecho ya la hora de comer y probamos suerte en la Gasthaus Milchstüberl. El comedor interior dispone tan sólo de 4 mesas y nos sentimos como si estuviéramos en casa. Pedimos las especialidades típicas del Tirol sin saber demasiado bien lo que nos iban a traer. Resultó todo riquísimo, incluso la carne de caza. De postre no podía faltar una deliciosa apfelkuchen, una tarta de manzana casera para chuparse los dedos.
Y después de comer, un relajado paseo por Igls antes de volver a Füssen.

viernes 30 de octubre de 2009

Por tierras bávaras

Tras más de hora y media haciendo cola delante del mostrador de Hertz en el aeropuerto de Memmingen, al fin teníamos las llaves del Ford Focus familiar que nos acompañaría a lo largo de los próximos cuatro días por tierras bávaras y tirolesas. Todos los planes para la primera tarde se habían esfumado pero a pesar de ello y a pesar también de que Alemania nos había recibido con un tiempo horribilis y una niebla que dejaba escapar un frío chirimiri, teníamos por delante unos días que pensábamos aprovechar al máximo.
En este viaje nos acompañaban también mis padres y quería llevarlos a un sitio especial. Nos alojamos en un acogedor apartamento para cinco personas con vistas al Lago Weissensee, a cinco minutos de Füssen y por tanto de los Castillos reales de Neuschwanstein y Hohenschwangau. El lugar prometía pero cuando llegamos ya había oscurecido. Lo primero que hice a la mañana siguiente fue dirigirme hacia la terraza y apartar las cortinas para ver con luz de día si el paisaje que había admirado en fotografías no sería un montaje publicitario. ¡Nada más lejos de la realidad!. No puedo describir la primera sensación que me causó aquella imagen de auténtica postal.
El lago como un mar de plata, rodeado de montañas y de bosque con sus espectaculares colores otoñales que iban del amarillo al rojo, pasando por todas las tonalidades de verde y ocre, un magnífico escenario que me dejó en las nubes durante un buen rato.
Ya de nuevo con los pies en el suelo, planeamos ir hasta Munich pero haciendo un alto en el camino para visitar la Iglesia de Wieskirche, una iglesia en plena naturaleza que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983.
El viaje transcurrió entre prados escandalosamente verdes y bosques multicolores. La iglesia de Wieskirche se levanta en una pequeña colina rodeada de prados donde pastan tranquilamente algunos caballos. Su modesto exterior esconde una rica decoración rococó que inunda la totalidad del templo.
Wieskirche o la Iglesia de Wies significa en alemán “Iglesia en la pradera” y nos cuenta la leyenda que en 1738 la campesina María Lori vio como brotaban lágrimas que se transformaban en perlas preciosas, de una imagen tallada en madera de Cristo encadenado. A partir de aquellos hechos empezaron a llegar peregrinos de diferentes partes del país que querían ver la imagen. Dos años después se construyó una pequeña capilla para albergarla pero enseguida resultó insuficiente. Los hermanos Zimmermann diseñaron y construyeron la iglesia actual entre 1745 y 1754, comisionada por el cercano monasterio de Steingaden. En los años 1802 y 1803 la oposición de los campesinos locales salvó a la iglesia de la demolición durante el proceso de secularización de los bienes de la iglesia por el estado de Baviera, permitiendo de ese modo que continuaran las peregrinaciones. Después de ser proclamada Patrimonio de la Humanidad en 1983, empezó un largo proceso de restauración que terminaría en 1991 pudiendo de nuevo mostrar toda su belleza interior.
No está permitido sacar fotografías, por lo que las del interior que aquí se muestran no son propias. De aquí ya nos dirigimos a Munich, capital de Baviera y tercera ciudad de Alemania con una población de 1.300.000 habitantes. Sus orígenes remontan al siglo VIII cuando un importante obispo poseía un puente sobre el río Isar que le daba el control sobre la ruta de la sal hacia Augsburgo. El Duque Enrique de León lo hizo destruir y se construyó un nuevo puente más al sur, junto al monasterio de Munichen, alrededor del cual se desarrolló la ciudad.
Tenía muchas ganas de volver a Munich. Había visitado la ciudad en 1984 durante el viaje de final de estudios a Alemania. Para mi significó entonces mucho más que un simple premio a los cinco años de carrera; era la primera vez que – salvo los fugaces viajes a Andorra – cruzaba la frontera. Quizás aquel viaje fue el culpable de mi pasión creciente por recorrer mundo. Lo que sí es cierto es que allí se me abrieron de tal manera los ojos que aun no me he atrevido a cerrarlos y a partir de aquel mes de junio de hace ya 25 años se despertaron en mi una serie de inquietudes que alteraron significativamente mi escala de valores.

Ya en Munich y a pesar de ser un sábado, el tráfico estaba muy espeso. Cuando pudimos salir del atasco, dejamos el coche en un parking céntrico y cruzamos Kalstor o antigua puerta de entrada a la ciudad, que se encuentra en la Karlsplatz.
La calle Neuhauser Strasse que conduce hasta la Marienplatz estaba realmente abarrotada. Es una zona peatonal muy animada y las terrazas de los restaurantes y cafeterías se van alternando con algunas paradas de frutas y verduras y con los múltiples comercios, especialmente de ropa.

A pocos metros se encuentra la Catedral (Frauenkirche) que destaca por sus verdes cúpulas. El interior es de estilo gótico pero no está tan ricamente decorada como la mayoría de catedrales europeas. Continuamos hasta la Plaza del Ayuntamiento o Marienplaz, el auténtico centro vital de la ciudad. La recordaba diferente y sobretodo mucho más grande. ¡Cómo nos traiciona la memoria!. La primera reacción fue pensar que la plaza había cambiado pero, claro está, la que ha cambiado soy yo. No es que me decepcionara, ni mucho menos, simplemente la recordaba distinta.
El edificio del Ayuntamiento es una maravilla aunque necesita un buen lavado de cara. Ocupa un lado entero de la plaza y merece la pena mirarlo y admirarlo detenidamente. Es un edificio de estilo neogótico, construido entre 1867 y 1909.Destaca su carillón, por donde aparecen figuras mecánicas a tocar las horas a las 11:00, a las 12:00, a las 17:00 y a las 21:00.Este reloj fue fabricado para exorcizar la plaga de la peste de 1517, y de ahí sus adornos relativos al zodíaco, los planetas y ritos paganos antiguos. La figura dorada es la Virgen María que da nombre a la plaza. Este carillón se compone de 43 campanas y 32 figuras de cobre. Hay dos danzas diferentes: Arriba está representado el torneo celebrado en 1568 con motivo de la boda del Duque Guillermo V y Renata de Lorraine. En la parte inferior se ven tres figuras celebrando el final de la peste que asoló la ciudad entre 1515 y 1517.
No hace falta decir que en la plaza hay un ambiente estupendo y los músicos callejeros animan a la multitud de turistas que allí se concentran.
A escasos pasos de la plaza se encuentra la Iglesia de San Pedro o Peterskirche, la más antigua de la ciudad, construida en el año 1180.
El principal motivo de nuestra visita como el de la gran mayoría de visitantes, era subir a la torre del campanario para poder contemplar una estupenda panorámica de Marienplaz y de la ciudad. Para acceder a la torre se debe salir del templo y entrar por una puerta lateral previo pago de 1.5€
Los 302 escalones de la empinada escalera de caracol te dejan un poco exhausto pero el esfuerzo bien merece la pena. La plataforma es muy estrecha y todo el mundo lucha por hacerse un hueco donde poder posicionarse. La ciudad ha conservado la tradición de no permitir a ningún edificio sobresalir por encima de las torres de la Catedral y el aspecto de los tejados muniqueses bajo las torres de sus múltiples iglesias no decepciona. Se alcanza a ver el estadio de fútbol Allianz Arena, la Torre Olímpica y el estadio, así como la casa BMW con su original edificio.
La ciudad abarca una gran superficie donde destacan los jardines y zonas verdes. Al bajar de San Pedro seguimos paseando por las calles cercanas fijándonos en las bonitas fachadas e intentando no perder detalle.
Cualquier visita a la ciudad de Munich debería incluir la cervecería Hofbräuhaus, toda una institución. Los monjes de Munichen iniciaron la mayor tradición de la ciudad al inventar la cerveza, que llamaban pan líquido, para poder seguir trabajando pese al escaso alimento durante la cuaresma.La cerveza es una religión en Alemania, y particularmente en Munich. Cada año, la Oktoberfest convierte la ciudad en una gran cervecería, cubierta de carpas por todas partes, para consumir cinco millones de litros en los quince días que dura el festival.Existen en la ciudad varios cientos de cervecerías pero Hofbräuhaus es la más popular y famosa. Fundada en 1589, aparece en las guías de turismo como un monumento más, y es que en realidad es mucho más que una cervecería.
Cuando se atraviesa la puerta de la entrada enseguida te das cuenta de que tiene la fama bien merecida. El local es enorme y con un ambiente fabuloso. Una banda de música ameniza la fiesta y se ven algunos clientes (además de los músicos) vistiendo el traje típico de Baviera, con el pantalón corto y tirantes los hombres y los corpiños ajustados y amplias faldas las mujeres.
Las mesas están abarrotadas y el griterío es importante. La cerveza va que vuela y las camareras cargan varias jarras a la vez, como vienen haciendo desde hace siglos. Leo que cada día se sirven 10.000 litros de cerveza!. Además de probar la cerveza, aprovechamos para comer y saboreamos un delicioso codillo. Antes de despedirnos subimos al piso superior donde se muestra una interesante exposición sobre la historia del establecimiento a la vez que pudimos admirar otra sala restaurante ricamente decorada.
Al salir de Hofbräuhaus el día había empeorado y tuvimos que abrir los paraguas. Nos dirigimos hasta la plaza donde se encuentra el Gran Teatro y la Residencia (Residenz), el palacio donde vivió la dinastía de los Wittelsbach rodeados de todo lujo. Este palacio es uno de los más grandes de Europa y representa el poder de una importante familia que dominó Baviera durante cinco siglos. La casa de Wittelsbach, que recibió la ciudad en 1118 de manos del emperador Federico Barbarroja, mantuvo su poder hasta 1918, y durante todo este tiempo embelleció la ciudad y la dotó de un gran número de hermosos edificios.
A pesar de que sufrió de forma importante los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial, está prácticamente restaurado en su totalidad. La visita se realiza con un audífono en español y al principio seguíamos las explicaciones sin perder detalle. Si no hubiéramos acelerado un poco, me imagino que aun estaríamos perdidos por aquellas salas interminables. Una visita a fondo requiere como mínimo un día entero pero con unas horas es suficiente para ver lo más significativo. Algunas de las salas son magníficas, como el Anticuarium, un salón renacentista que se construyó para guardar la colección de más de 100 bustos romanos. La Sala de los Antepasados, con una gran colección de retratos de toda la dinastía, la Capilla, la Sala de las Reliquias con una colección escalofriante de restos de supuestos santos.
También es interesante el patio Grottenhoff con una gruta hecha totalmente con restos de conchas. Hay tantas salas (se pueden visitar unas 90) y todas tan ricamente decoradas que al final sales con un empacho de dorados y de filigranas. Dejamos el palacio cuya visita nos ocupó gran parte de la tarde y salimos a la Plaza Odeon (Odeonplaz) donde destaca la vistosa, algo chillona según mis gustos, fachada amarilla de la Theatinerkirche, iglesia dedicada a San Cayetano. En esta plaza también se levanta el edificio de la Comandancia militar o Feldhernhalle, presidido por dos enormes estatuas de unos leones vigilando la plaza.
Continuamos por una de las calles peatonales que desembocan de nuevo en Marienplaz y desde aquí paseamos tranquilamente hasta el parking donde teníamos el coche. La idea inicial era coger el coche y acercarnos a la zona olímpica, subir a la torre, visitar el estadio y las piscinas olímpicas e incluso el museo de la BMV. El hecho es que ya había casi oscurecido, estábamos cansados, llovía y nos quedaban bastantes kilómetros hasta Füssen, por lo que decidimos regresar a nuestra casita del lago.