miércoles 15 de febrero de 2012

Kampong Chhnang y los pueblos flotantes del Tonle Sap

Muy probablemente, si no hubiera sido por los buenos consejos de Carol, reflejados en su blog "En el camino con Moonflower", esta pequeña ciudad provinciana, hoy no formaría parte de nuestro recuerdo. Kampong Chhnang está localizada en el corazón de Camboya donde sus fértiles tierras están recubiertas de interminables campos de arroz mostrando ese tan característico paisaje camboyano.
Kampong Chhnang da también el nombre a la provincia, una de las nueve que forman parte de la Reserva de la Biosfera del lago Tonle Sap, por lo que en su economía tiene un peso importante la actividad pesquera.
Se encuentra a 91km de la capital, bien comunicada por la nacional 5 en dirección a Pursat y Battambang. Es una ruta muy transitada en la que operan la mayoría de compañías de autobuses, por tanto, es este medio la mejor manera de llegar hasta allí en transporte público, aunque no el único, ya que los ferries rápidos que hacen el trayecto de Phnom Penh a Siem Reap pasan también por Kampong Chhnang.






Realizamos el viaje en dos etapas viéndonos obligados a pasar de nuevo por la capital. De Kampot a Phnom Penh y de Phnom Penh a Kampong Chhnang, en un bus de la compañía Paramount con destino a Battambang. Viajamos en un autobús de dos pisos que ha vivido épocas mejores. Los pasajeros ocupamos sólo el segundo piso y el primero está a rebosar de paquetes, cajas, sacos de arroz, maletas, incluso motocicletas y bicis. A pesar de que el bus sale puntualmente de la estación, después de noventa minutos aun estamos dando vueltas por Phnom Penh recogiendo más paquetes.
Al llegar a destino, somos los únicos pasajeros que nos quedamos en esta ciudad. Rápidamente se nos acercan dos chicos que nos ofrecen el desplazamiento en su moto hasta el hotel. Parece que tienen bien controlados los horarios de los autobuses por si llega algún turista y pueden ganarse unas monedas. Aquí no hay taxis y los tuk tuks escasean, por lo que aceptamos sin apenas pensarlo. Es lógico, la demanda es muy pobre por lo que la oferta es casi inexistente. También hay poca oferta hotelera y guiándonos de nuevo por los consejos de Carol ya nos vamos directamente al Hotel Sovannphum que se encuentra a dos minutos en moto de la plaza de la Independencia donde nos ha dejado el autobús.


Colonia de macacos en plena calle de Kampong Chnnang


Está considerada una de las provincias con menos atracciones turísticas por lo que nadie se preocupa en promocionar Kampong Chhnang. Los hoteles suelen ocuparlos gente de negocios o alguien que hace un alto en el camino a Battambang.
La ciudad es bastante grande aunque no lo aparenta ya que se encuentra dividida en dos núcleos de población, el centro y el área del puerto situada a unos tres kilómetros.
Dedicamos la primera tarde a pasear por sus calles polvorientas, especialmente por los alrededores del mercado central, Psar Leu, un hervidero de vida.
Nos sentimos observados pero para nada incómodos ya que la gente nos sonríe y nos saluda, especialmente los niños, con una espontaneidad y simpatía que se agradecen.
En el idioma jemer, Kampong (o Kompong) significa puerto y Chhnang se traduce algo así como cazuela de barro. El nombre no es casual, ya que esta provincia es muy conocida por sus trabajos en arcilla que abastecen todo el país.

Mercado Psar Leu

Máquina para triturar hielo. ¡me encanta!

Alrededores de Psar Leu

Alrededores de Psar Leu

Mercado Psar Leu


Mercado Psar Leu

Contratamos un tuk tuk para  todo el día y a primera hora, cuando el calor todavía no aprieta demasiado, nos dirigimos hacia Ondong Rossey, para ver el trabajo artesanal del barro. Son unos 7 km de puro placer, a través de campos de arroz y palmas de azúcar.
Ondong Rossey es un pueblo donde cada familia se dedica al trabajo de la arcilla que se extrae de la cercana montaña Phnom Krang Dai Meas. Están más o menos especializados y algunos más profesionalizados que otros. No todas las familias disponen de horno para cocer el barro, que dejan secar primero al sol y después lo cuecen en pequeños hornos alimentados con carbón. La gente está encantada de mostrar su trabajo y la mayoría lo hace con una sonrisa de oreja a oreja. La primera casa que visitamos es quizás la más profesionalizada. Fabrican una especie de fogones para cocinar combinando el fango con una chapa galvanizada en un diseño original y práctico que se utiliza en muchos hogares de todo el país y se ven también en la mayoría de puestos de comida alrededor de los mercados. Entre el barro y la chapa lo rellenan de tierra mezclada con paja, semillas… y las mujeres acaban de pulir el fango con una espátula.


Fogones de barro


Aunque hay un par de hombres trabajando, parece que éstos se dedican más a las labores del campo y el trabajo del barro es una actividad que llevan adelante mayoritariamente las mujeres. No hace falta decir que por medio de estos talleres artesanos corretean las gallinas, gallos y polluelos y tampoco faltan las vacas ni los atemorizados perros que apenas se dejan tocar. Los niños de la casa y los abuelos completan la estampa familiar.



Horno para cocer el barro

Visitamos bastantes negocios similares, cada uno especializado en un tipo de pieza. La típica hucha con forma de cerdito de diferentes tamaños, figuras decorativas, jarrones y recipientes, plafones portalámparas. Algunas mujeres trabajan con el torno mientras que otras van moldeando el barro como si fuera plastilina y en algunos casos lo decoran con la ayuda de un punzón. Incluso nos dejan demostrar nuestras habilidades pero los trabajos manuales nunca se me han dado demasiado bien, por lo que el resultado provoca las risas de las muchachas.





Tras un corto trayecto en tuk tuk nos dirigimos a otro lugar donde tenemos ocasión de ver el trabajo y los productos obtenidos de la palma de azúcar.
La palma de azúcar es una planta indígena del sudeste asiático. Los agricultores siembran árboles de palma en los diques de sus campos para dar sombra al arroz, proteger el campo de los fuertes vientos y también para aprovechar la savia. Los árboles de palma comienzan a producir savia a partir de los 15 años. De estos árboles se aprovecha casi todo: sus raíces se utilizan como medicina, los troncos como madera para construir las casas, las hojas para manuscritos, artesanías y material para techos y los frutos son comestibles. Ademas, debido a su profundo sistema de raíces, los árboles de palma reciclan nutrientes de las capas más profundas del suelo hacia las superiores y de esta manera juegan un papel importante en mantener la tierra fértil.
Un hombre trepa por el tronco de un árbol y sobre una caña de bambú como el mejor de los equilibristas va pasando de una palmera a otra. Cuando desciende los recipientes de bambú que lleva atados a ambos lados de la cintura están llenos de la savia extraída que nos ofrece para probar. Es un líquido muy dulce que una vez fermentado da el vino de palma que también tenemos ocasión de degustar. Lo venden en pequeñas botellas de plástico al precio de 2$. La savia se cuece hasta que espesa dando lugar al azúcar, una especie de pasta con un aspecto que recuerda la pasta de cacahuete.

Trabajando la palma de azúcar 

Preparando el azúcar


La cosecha de arroz va más adelantada que en Kampot o Kratie donde los campos eran de un color verde intenso. Aquí tienen ya un color dorado y muchos ya están segados. En esta zona las cosechas son abundantes y trabajan el campo de una forma algo más mecanizada, tal como podemos observar con las labores de la trilla.

Trillando el arroz

Al igual que el resto de familias de Ondong Rossey, las mujeres  se dedican también al trabajo del barro. Una joven modela recipientes con la particularidad de que en vez de utilizar el torno, es ella misma que da vueltas alrededor de la pieza, llegando a hacer de esta manera hasta 3 ó 4 kilómetros y lo que tiene más mérito…¡sin marearse!


De aquí al mercado

Esta interesante visita se puede combinar con Phnom Santuk, una colina rocosa desde donde se disfruta de unas bonitas vistas de los alrededores. está situada detrás del templo del mismo nombre, Wat Santuk, a la que se accede tras subir una larga escalinata.

Wat Santuk

Hacia Phnom Santuk

Desde Phnom Santuk

Una de las mejores actividades que se pueden realizar en Kampong Chhnang, es dejarse llevar en una barca de madera tradicional a través de las laberínticas calles de agua de alguno de los dos pueblos flotantes que se encuentran en esta zona del río Tonlé Sap. Su encanto radica en que no están tan explotados turísticamente como Chong Kneas, cerca de Siem Reap, o incluso menos que Kompong Luang a pocos kilómetros de Pursat.
Cuando nos acercamos al puerto, una chica vietnamita nos ofrece un paseo en su barca que aceptamos sin tener que regatear demasiado. Los dos pueblos flotantes son Chong Kos al noroeste y Phoum Kandal al este. La muchacha nos explica que en el primero viven camboyanos mientras que en su pueblo, Phoum Kandal, todos los habitantes son de procedencia vietnamita. Durante la estación seca, que va de noviembre a mayo, el lago Tonle Sap es relativamente pequeño, unos 2.700 kilómetros cuadrados. Sin embargo, el río que conecta con el lago empieza a llenarse durante la época del monzón debido al cambio de sentido del río Mekong, lo que provoca un gran aumento de volumen de sus aguas hasta alcanzar una extensión de 24.605 kilómetros cuadrados, más de diez veces su tamaño. Con tales fluctuaciones, las viviendas se trasladan al lugar adecuado según la temporada.

Pueblo flotante Phoum Kandal en Tonle Sap



Servicio de comida a domicilio

Phoum Kandal se trata de un pueblo en toda regla. Sus calles son de agua en lugar de asfalto o tierra y las casas se mantienen a flote sobre las grandes balsas de bambú en las que se sostienen con  un constante balanceo. Se alinean formando canales por donde se deslizan hábilmente las embarcaciones, muchas veces convertidas en tiendas ambulantes. Algunas de las casas tienen un pequeño jardín lleno de flores o incluso corrales con aves y como no, sus animales de compañía. La mayoría tienen también televisor y las antenas parabólicas han pasado a formar parte del pueblo como un elemento más. La escuela es una casa flotante de color azul, con su gran pizarra y unas cuantas filas de pupitres con unos atentos alumnos. También hay tiendas, barca que reparte comida a domicilio, un templo, barberos, mecánicos, bares, gasolineras… Un grupo de jóvenes está jugando a cartas, una mujer medio adormecida se balancea en su hamaca delante del televisor, algunos niños repasan los deberes mientras se dirigen a la escuela. Un hombre repara una barca, otro echa la red al agua…y es que aquí se vive de la pesca.

Tienda flotante




Lo que parece es que hay muy poca intimidad y es fácil enterarse de lo que sucede en casa del vecino. La ventaja es que si no te llevas bien con el vecino es fácil cambiar.
Una vez más comprobamos la gran capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a su medio. Y es que en Camboya, al igual que en otros países del Sudeste Asiático desde hace siglos el hombre ha adaptado su modo de vida al medio acuático.









martes 31 de enero de 2012

En dirección a la costa: Kampot, Kep y Koh Tonsay (Camboya)

La siguiente etapa del viaje nos lleva a la costa de Camboya. El país se asoma al mar por el Golfo de Tailandia con 443 km de línea de costa y algunas de sus islas, tales como Koh Tonsay, Koh Russei, Koh Rong o Koh Rong Samloem son tan exóticas como las de su vecina Tailandia. Eso sí, que nadie espere encontrar resorts de lujo, ni palafitos clavados en sus transparentes aguas, ni grandes comodidades. Hasta el momento y, por desgracia parece que por poco tiempo, las islas camboyanas están aun bastante vírgenes en lo que se refiere al turismo, incluso las más cercanas al continente como puede ser Koh Tonsay, conocida también como Rabbit Island. Digamos que el centro vacacional del país se encuentra en Sihanoukville, donde parece ser que hay una buena oferta de hoteles, restaurantes y lugares de ocio nocturno. No puedo opinar acerca de esta ciudad porqué lo que hemos leído sobre ella y los comentarios de otros viajeros, no nos acaban de convencer y la dejamos de lado. Por tanto, los planes iniciales de llegar hasta allí para saltar a alguna de las islas, los cambiamos por Kampot, Kep y Koh Tonsay. 
Llegar a Kampot desde Kratie nos lleva casi todo el día. En transporte público no hay servicio directo, por lo que nos vemos obligados a parar en Phnom Penh.
De Kratie a Phom Penh viajamos en minibús a través de unos ya familiares paisajes verdes de campos de arroz, palmerales y lagos con nenúfares. Tras cuatro horas llegamos a PP donde aprovechamos para comer en uno de los muchos restaurantes que hay alrededor del mercado central. El autobús de la compañía Sorya se retrasa más de una hora y llegamos a Kampot a las 5 de la tarde, tras otro trayecto de cuatro largas horas con sus correspondientes paradas en ruta, para realizar unos escasos 150km que separan ambas ciudades. No muy lejos de la estación de autobuses se encuentra una calle con varias guesthouses y pequeños establecimientos. Nos quedamos en Orchid guesthouse, en el único bungalow que les queda libre. El lugar es agradable, lleno de flores, especialmente orquídeas tal como indica su nombre y también bugambilias. En un edificio anexo hay una pequeña agencia de viajes gestionada por el mismo dueño donde contratamos las excursiones que haremos los próximos dos días.
Después de tantas horas de viaje, nos apetece caminar y nos acercamos hasta la ribera del río.
Kampot no tiene mar pero a tan sólo 30 km se encuentra Kep, conocida anteriormente como Kep-sur-mer, lugar escogido por los franceses a principios de siglo XX como estación de salud para los miembros y familias del gobierno de la colonia y también muy popular entre la alta sociedad camboyana. Kampot se encuentra a orillas del río Kamchay que conecta con el mar hacia el sur y con el Parque nacional de Bokor hacia el norte, donde actualmente se está llevando a cabo un ambicioso plan hidroeléctrico.
Kampot es una ciudad de ritmo pausado, de calles sin asfaltar y poco iluminadas.
Y es que en Camboya la energía se paga a un alto precio, precio que no pueden costearse la mayoría de familias ni tampoco los municipios.
Como ya hemos ido viendo en otras ciudades del país, la vida se concentra en la ribera del río. Allí están la mayoría de restaurantes y bonitos locales donde poder tomar una cerveza o un delicioso batido de frutas mientras va cayendo el día.


Antiguo puente sobre el río Kamchay en Kampot 


No hay mucho turismo en Kampot, ya que la mayoría pasan de largo para dirigirse a la fiestera Sihanoukville. Tampoco tiene demasiado que ver, ni museos, ni templos, ni palacios. Sólo lo que queda de antiguas mansiones coloniales, algunas reconvertidas en acogedores hoteles y otras en ruinas. Sin embargo, desde aquí se pueden organizar interesantes excursiones, como la del Parque Nacional de Bokor en la Montaña de los Elefantes al que dedicamos todo el domingo.
Tal como he comentado, contratamos la excursión al Parque Nacional en la pequeña agencia que gestiona el mismo dueño de la guesthouse donde nos alojamos. Es la mejor manera de acceder a la zona, ya que aunque parezca difícil de entender, el Parque se encuentra en una propiedad privada. El dueño es el multimillonario propietario del grupo Sokimex, al que pertenecen la mayoría de gasolineras que se ven repartidas por todo el país y el mismo que explota los Templos de Angkor. Hace algunos años compró nada menos que 140 km2 del Parque Nacional de los cuales 5 km2 están destinados a la construcción de un resort de lujo.
El minibús se llena con una variopinta representación europea: una pareja de ingleses de Kent (él con un gran interés en aprender español cuyo vocabulario mezcla con el portugués que aprendió en Mozambique). Otra joven inglesa de origen indio, una chica muy culta y viajada que había aprendido algo de español en Argentina pero que tiene ya muy oxidado. Un extrovertido chico holandés que a los pocos kilómetros ya conoce el origen de cada uno de nosotros y los motivos de nuestro viaje. El caso totalmente opuesto, un rubio finlandés que tan sólo el holandés consigue que suelte alguna palabra. El fumador empedernido alemán que se ahoga constantemente y aun así no deja de encender cigarrillos. Las dos antipáticas alemanas (una de origen lituano), una pareja joven de franceses bastante discretos y una pareja majísima de polacos que a su corta edad, han viajado y trabajado en varias partes del mundo. En esos momentos trabajan en Vietnam y están aprovechando para conocer algunos lugares del Sudeste Asiático. Hablan varios idiomas con una soltura increíble, lo que les permite dirigirse con la misma facilidad a los ingleses, alemanes o franceses.


A las afueras de Kampot camino del P.N. de Bokor


El minibús empieza a serpentear por la empinada carretera y se observan unas excelentes panorámicas sobre el Golfo de Siam.
Paramos en un punto del camino a partir del cual iniciamos un corto trekking de algo más de una hora montaña arriba a través de la selva. Voy detrás del guía pero soy incapaz de seguir su paso.

P.N.Bokor


Me consuela que algunos del grupo, bastante más jóvenes, todavía van peor. Especialmente el alemán fumador. Vamos haciendo algunas paradas para descansar y reunir a todo el grupo, ratos que el guía aprovecha para contarnos su historia y el por qué de su gran conocimiento de la selva. Una historia que aunque parezca sacada de un guión cinematográfico, es la que vivieron miles de camboyanos durante el régimen de terror de los jemeres rojos.  
Cuando tenía tan sólo 17 años, los jemeres rojos mataron a sus padres. Al igual que muchos campesinos, su padre empezó apoyando los ideales de Pol Pot pero lo asesinaron por incumplir la orden de un superior. Él y su hermana pudieron escapar aunque poco tiempo después mataron también a su hermana. Se refugió en la selva y escapó a Vietnam. Más adelante, junto a las tropas vietnamitas ayudó a derrocar el régimen de Pol Pot. Sabe bien cómo moverse por la selva y como sobrevivir y recuerda todos los consejos de su padre que fueron los que le ayudaron a resistir en la jungla, hábitat de especies como el tigre, leopardo, oso o elefante.
Seguimos caminando hasta encontrar la carretera donde nos pasa a recoger de nuevo el minibús que nos lleva hasta los 1080 metros de altitud, la parte más alta de Phnom Bokor, lugar donde los franceses construyeron una serie de edificios que formaban una auténtica ciudad de recreo. Hacia los años 20 y gracias al fresco clima de este lugar, los colonizadores construyeron esta estación de montaña que incluía el gran Hotel Bokor Palace inaugurado en 1925, un casino, una estación metereológica e incluso una iglesia católica. Las vistas son espléndidas y se domina toda la costa de Sihanoukville, con las islas de Koh Rong y Koh Rong Samloem en el Golfo de Tailandia.


Vistas del Golfo de Tailandia desde Phnom Bokor


Actualmente todo tiene un aire de ciudad fantasma. Los edificios están hechos polvo, ventanas sin cristales, paredes que caen, hechos una porquería por dentro y recubiertos de una vistosa capa anaranjada de liquen por fuera.
El grupo Sokimex está llevando adelante un megaproyecto de una burrada de millones de dólares y muchas zonas están en obras.
Están construyendo un hotel de lujo con 650 habitaciones, casino, sala de baile… y están previstos dos campos de golf. Según este ambicioso proyecto, el hotel Bokor Palace iba al suelo pero fue adquirido por el gobierno francés que piensa restaurarlo recuperando el estilo de sus añorados años veinte. Y todo eso en un Parque Nacional teóricamente protegido. Los trabajadores de la obra están de ocupas temporales en muchos de estos edificios y la imagen que ofrecen no es precisamente de lujo ni de glamour. El interior del Bokor Palace está apuntalado y aunque está prohibida la entrada por razones de seguridad, el vigilante  nos deja echar una ojeada.




Hotel Bokor Palace recubierto de líquen

Parte trasera del antiguo Hotel Bokor Palace

Hotel Bokor Palace

Comemos el picnic que ya va incluido en el precio de la excursión y compartimos risas con una familia que se está poniendo las botas a base de cangrejos gigantes y gambas. Es un lugar donde la clase media del país acostumbra a visitar durante el fin de semana, especialmente familias de la capital. Es típico comer a base de marisco y degustar los cangrejos de Kep.


Comida de domingo a base de gambas y cangrejos de Kep


En la sobremesa, el guía nos imparte una buena lección de historia relacionada con este lugar, tanto en lo que respecta a la época de los franceses como durante el régimen de los jemeres rojos. Se cree que todo el territorio del Parque Nacional está libre de minas antipersonas pero no hace muchos años, encontró un par de ellas durante una excursión, por lo que nos ruega que no nos apartemos de los caminos señalizados.
Visitamos los restos de la antigua iglesia católica que también está en muy malas condiciones y llena de ocupas. Sin embargo, los tabiques que se ven en su interior y las paredes ennegrecidas por el humo tienen su origen en la época de los jemeres rojos, ya que ahí dentro resistieron durante meses el fuego de los vietnamitas.


Restos de la iglesia católica

Iglesia católica en P.N. de Bokor


Nos detenemos en un lugar donde se está construyendo un inmenso buda, me imagino que dará entrada al recinto turístico. Enfrente vemos lo que queda del llamado Black Palace, la residencia de verano del rey Sihanouk, donde aun se pueden ver restos de la cocina o del suelo de mármol. La parte externa tiene unos bonitos esgrafiados cubiertos por el liquen y por los grafitis.


Lo que queda del Black Palace

Black Palace, la antigua residencia de verano del rey Sihanouk


Pasamos por el lugar donde se está trabajando en el proyecto hidroeléctrico y caminamos hasta llegar a la cascada de Popokvil, que deja caer muy poca cantidad de agua. Algunos del grupo se atreven a bañarse pero el aspecto del agua no es demasiado apetecible y me parece que arrastra toda la porquería que generan los cientos de trabajadores de las obras cercanas.


Caminando hacia la cascada

Cascada de Popokvil

Regresamos a Kampot y acabamos la excursión con un paseo en barca por el río. A esta hora las barcas de pescadores ya salen para pasar toda la noche de captura. Es curioso ver como navegan pegadas unas al lado de otras. Empiezan dos, tres… y se van uniendo más barcas hasta ocho. Lo hacen para cenar todos juntos antes de comenzar la tarea. La luz es espléndida y el lugar precioso. A un lado, las casas de madera en el río sobre palafitos con un fondo de palmeras y por el otro lado, las Montañas Elefante y Phnom Bokor. El sol va cayendo y da la sensación que se pone dentro del agua. La roja esfera da paso a la luna, una pequeña tajada de melón acompañada por Venus que parece que brilla mucho más de lo que nos tiene acostumbrados.  


En barca por el río Kamchay. Kampot




Barcas de pescadores y detrás el P.N. de Bokor


Una de mis fotos favoritas del viaje a Camboya



 
Para cenar, ternera con la pimienta de Kampot. Se dice que esta pimienta es una de las mejores del mundo y que se encontraba en cualquier restaurante parisino que se preciara. Este cultivo llegó casi a desaparecer ya que Pol Pot ordenó sustituir todas las plantaciones por arroz. Parece ser que se ha podido recuperar y que tiene garantizada su continuidad.

Probando la famosa pimienta de Kampot

Para el segundo día contratamos otra excursión por los alrededores de Kampot. Tenemos la opción de coger un tuk tuk e ir a nuestro aire o incluso una motocicleta, pero la excursión que nos propone el atento dueño de la guesthouse nos convence.  Esta vez, en el minibús continuamos dominando los europeos: la misma pareja inglesa de Kent (estamos contentos de volvernos a encontrar, especialmente él, porqué podrá continuar con sus clases gratuitas de español), una chica holandesa que viaja durante cinco meses por el Sudeste Asiático después de ahorrar trabajando en Nueva Zelanda de Au pair, un ingeniero de París pero que hace años vive en Zurich, un danés jubilado que se estará por aquí como mínimo otros siete meses y un escritor californiano (la primera persona que conozco que puede vivir únicamente de escribir) que habla bastante bien  el español porqué su ex mujer es mejicana. Un grupo bien heterogéneo, pero realmente curioso.
Lo primero en visitar son las salinas. Durante la recién finalizada época de lluvias, están paradas por razones obvias y dentro de pocos días empezarán a trabajar de nuevo. En esta zona hay bastantes salinas pero éstas son las más grandes y actúan como centro de recepción de las producciones más pequeñas. El agua del mar llega por unos canales y en cada “parcela” se acumulan 1500 kilos de sal en tres días. Acostumbran a recogerla con esta frecuencia porqué no se arriesgan a que la lluvia (incluso en época seca) vuelva a disolverla. La recogen con una especie de rastrillos y transportan la pesada carga en una doble cesta colgada al cuello hasta el almacén donde la envasan. 


Salinas de Kampot

Seguimos hasta las Cuevas de Phnom Chnnork. Para llegar hasta ellas caminamos entre campos de arroz y se unen a nosotros un grupo de niños diría que de unos 10 a 12 años los cuales hablan un fluido inglés y nociones de otros idiomas que van aprendiendo y practicando junto a los turistas. Si se acude a las cuevas por libre, ellos mismos pueden hacer de guías porqué conocen bien el lugar. Les pregunto por qué no están en la escuela y su respuesta es que el profesor no se ha presentado. Evidentemente no me trago la excusa, pero son niños muy despiertos y me gusta hablar con ellos y conocer sus inquietudes y planes de futuro. Uno de ellos me comenta que su ilusión es ser taxista propietario de un tuk tuk. Quiere ganar más dinero que su padre quien trabaja conduciendo un camión de cemento ganando tan sólo 10500 riales al día, unos 2.5$.


Campos de arroz

Campos de arroz de camino a las Cuevas de Chnnork. Al fondo, la Montaña Elefante y Phnom Bokor

La cámara de la cueva, aunque oscura, no se ve muy grande aunque se intuyen diferentes galerías bastante inaccesibles si uno no quiere arriesgar la vida. Nos recibe una gran estalactita en forma de elefante. Los niños van enseñándonos las figuras que la naturaleza ha ido esculpiendo a base de millones de años: otro elefante más pequeño, un águila … que descubrimos con un poco de imaginación. Dentro de la cámara principal se encuentra un pequeño templo hindú que corresponde al siglo VI, anterior a la época de Angkor. Está dedicado al dios hindú Shiva y podemos observar como la propia roca tiene la forma de lingam como símbolo de fertilidad. Dos oberturas en la parte superior de la cueva por donde se deja entrever el follaje de los árboles, permite entrar un poco de luz al interior.


Templo hindú pre angkoriano dedicado a Shiva 


Paramos en un pequeño pueblo de pescadores donde la mayoría son musulmanes, bastante abundantes en esta región de Kampot. La tranquilidad es también aquí evidente. Los niños juegan en la calle entre diminutos patitos que corren detrás de la madre. En una cabaña, las mujeres preparan la comida y mientras una de ellas está cortando un coco, la otra limpia el pescado. La naturaleza es generosa con esta tierra y a pesar de la evidente pobreza a nadie le falta la comida.
Por un camino sin asfaltar y lleno de baches llegamos a los campos de pimienta, que se cultiva de forma totalmente ecológica y va destinada a los mejores restaurantes de Francia. Como acostumbra a ocurrir, no toda la pimienta que se vende en Kampot es pimienta de Kampot ya que la mejor se destina a la exportación. Caminamos por la finca entre grandes árboles de mango ahora en flor, donde además de pimienta se cultivan otras plantas como cacahuetes y pepinos.
La planta de la pimienta es parecida a la de la judía y no la dejan crecer más de cuatro metros para facilitar la recolección que se hace de forma manual con la ayuda de una rudimentaria escalera de madera. Todos los tipos de pimienta: blanca, negra, roja o verde, sale de la misma planta. La pimienta verde se consume tal cual se recolecta al igual que la roja pero ésta se coge en un punto más avanzado de maduración. Al dejarla secar al sol se obtiene la pimienta negra. A partir de ésta, si se pone en agua y eliminamos la piel, se obtiene la pimienta blanca.


Pimienta de Kampot

Cultivo de pimienta



Después de una muy interesante y bien aprovechada mañana nos dirigimos hacia Kep donde tomamos una barca que en un corto trayecto de 20 minutos nos lleva a la isla de Koh Tonsay, más conocida por Rabbit Island. Me quedo con las ganas de conocer el por qué de este apodo. En la Lonely Planet leo que es debido a la forma que tiene la isla, en cambio el guía nos cuenta una leyenda sobre la caza de conejos que acababan en la barbacoa. Koh Tonsay se encuentra muy cerca de la isla Phu Quoc que Camboya perdió en favor de Vietnam, hecho que aun les duele. A esta hora el calor aprieta y el viaje en barca es una bendición. Koh Tonsay está totalmente recubierta de espesa vegetación y muchas palmeras cocoteras.


Rabbit Island desde el puerto de Kep 

Koh Tonsay conocida como Rabbit Island

Koh Tonsay


La playa está bien aunque la franja de arena es estrecha. Enormes árboles dan sombra a la vez que aguantan unas tentadoras hamacas donde echarse una siesta. La isla tiene un par de chiringuitos donde se puede comer. Aprovechamos para comer gambas y sólo el danés jubilado se atreve con los famosos cangrejos de Kep, cinco enormes piezas que le tienen entretenido durante un buen rato. Para beber no hay duda: o agua de coco, del árbol a la mesa o sabrosísimos batidos de coco.
Es posible dormir en la isla en alguno de los básicos pero encantadores bungalows de paja. Por el módico precio de 5$ se puede recibir un masaje en la playa mientras perros, gatos, gallos y gallinas se pasean entre las hamacas expuestas al sol. 








Regresamos a Kep, otro destino vacacional de la época de la colonia pero con los edificios también en pésimas condiciones. De todas formas, esta zona continua cotizándose si nos fijamos en el elevado precio del suelo. Como he comentado anteriormente las familias acomodadas ven en Kep un lugar ideal para pasar el fin de semana donde disfrutar de la playa y del marisco. Ya de vuelta a Kampot, damos un paseo por la ribera del río y nos sentamos en una de las múltiples terrazas mientras se va despidiendo el día.