lunes, 21 de enero de 2008

Dabia, la mujer de ojos negros. Yemen


Hace un tiempo en un concurrido foro viajero, se inició un post sobre las personas que nos han dejado huella durante los viajes. Reproduzco aquí el comentario que aporté en aquel momento:


A lo largo de los viajes han sido muchas las personas que me han dejado huella, entre ellas Dabia, una mujer de profunda mirada. Durante nuestro viaje al Yemen nos acompañó un guía llamado Ahmed. Había aprendido español en Cuba gracias a las ayudas que la antigua URSS prestaba a los países comunistas menos desarrollados. Allí estuvo tres años, donde aprendió un español casi perfecto y también disfrutó durante esos años de una manera de vivir muy diferente a la del Yemen y sobre todo -según nos contaba- de las mujeres cubanas. Continuamente nos hablaba de su madre, le tenía un gran respeto y la admiraba, pero estaba realmente preocupado ya que al regresar de Cuba, ella le había preparado la boda con una prima de 14 años (Ahmed tenía entonces unos 35 años) y angustiado nos preguntaba: "¿qué voy a hacer con esa niña? ¿educarla? ¿echarle fotos?". Muchas veces me cuestiono cómo acabaría aquella historia de la boda.



Volviendo a la madre ..... nos contó que antes de que él viajara a Cuba, su madre ignoraba que existiera “algo más” fuera del Yemen, y cuando se enteró de que había un mundo más allá y tan diferente al suyo, estaba convencida de que todos los extranjeros eran gente con malas ideas y mal corazón. La mujer vivía en el campo, lejos de Sana'a, y era conocida en los alrededores por su potente grito bereber, ese grito que las mujeres sacan desde el estómago y modulan con rápidos giros de la lengua. Durante los tres años que tuvo a Ahmed fuera del Yemen, no se le oyó gritar en ninguna ocasión pero el día que su hijo regresó, los habitantes de todos los pueblos vecinos se enteraron de la noticia por el largo y potente grito de la madre, en señal de bienvenida y de gran alegría.


Ahmed tenía mucho interés en que conociéramos a su madre, y aprovechando que estaba pasando unos días con él en Sana'a, nos invitó a su casa. Conocedores de la idea que tenía sobre los extranjeros, estábamos un poco nerviosos, la verdad. Cuando entramos en la casa, un pequeño y sencillo apartamento de la capital, la mujer salió a recibirnos. Todavía recuerdo el impacto que me causó aquella profunda mirada de ojos negros. En realidad, la mayoría de yemenitas, tanto hombres como mujeres, tienen unos penetrantes ojos preciosos. Al instante y evidentemente sin entendernos una palabra, Dabia hizo que nos sintiéramos como en casa. Su mirada, su sonrisa, sus gestos... Nos sentamos en el suelo de una austera habitación completamente alfombrada y nos invitó a un delicioso pastel que acostumbran a comer los domingos y que había preparado para la ocasión, acompañado de una infusión de cáscara de café. Hay que decir que aunque el café arábico es originario de esas tierras, no tienen la costumbre de tomarlo como nosotros, pero sí preparan infusiones con la cáscara.



Ahmed nos iba traduciendo todo lo que ella le decía y por lo visto le hicimos cambiar la idea predeterminada que se había formado sobre los extranjeros. Así fuimos pasando la velada y la mujer también se sentía más a gusto con nosotros. Lo notamos porqué al principio mostraba una especie de inseguridad o timidez que no le permitía mirarnos directamente a los ojos, pero después se fue relajando e incluso nos permitió gustosa que le hiciéramos unas fotos (eso sí, mirando de reojo a la cámara) las cuales no adjunto por respeto a ella.


Cuando ya nos despedíamos nos ofreció una caja de cartón, tipo caja de zapatos, envuelta en un brillante papel y un gran lazo. Ahmed me dijo que su madre había comprado unos regalos para nuestra hija. La niña tenía entonces 3 añitos y la habíamos dejado en casa con los abuelos. Por lo visto, le contó que teníamos una pequeña y su madre tuvo un precioso detalle que me emocionó. Dentro de la caja había varios regalos: una muñeca de plástico, un paquetito de galletas, caramelos y diferentes "artilugios" parecidos a los que regalan en Mc Donald's con el Happy Meal (aunque entonces en el Yemen seguro que no había ningún Mc Donald's). La generosidad de aquella mujer me hizo sentir mal, dentro de su humildad y sus escasos recursos nos ofreció todo lo que tenía... y más. ¡Cuánto se aprende de la gente!.



2 comentarios:

  1. Ya te digo que si se aprende de la gente... Y bien podrían aprender muchos que conozco yo con prejuicios como el de esta señora, pero que ni con 100 invitaciones así cambiarían de opinión.

    Una bonita historia.... Me muero de ganas por ir a Yemen.

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  2. Pues sí Víctor, viajar te da la posibilidad de conocer gente magnífica y de superar muchos prejuicios.
    Gracias por tu comentario.

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