En octubre de 1992 – y
parece que fue ayer – realizamos nuestro primer viaje a África subsahariana y
Kenia fue el destino escogido. Visitamos Amboseli, Lago Nakuru, Masai Mara,
Aberdares, Monte Kenya, Samburu y acabamos el recorrido en la ciudad costera de
Mombasa.
Nos
alojamos una noche en el exclusivo Mount Kenya Safari Club, situado a
los pies del Monte Kenia y que con sus 5199 metros es la
montaña más alta del país y la segunda del continente africano, tras el
Kilimanjaro. De las siete cumbres de la mítica montaña, Batian (5199m) es la
más alta. La siguen Nelson (5188m) y Lenana (4985m). Se trata de un volcán
inactivo y los kikuyu – etnia mayoritaria de la zona – la consideran una
montaña sagrada pues creen que el ser supremo Ngai, creador del primer hombre,
tiene allí su morada.
El
misionero Johann Ludwig Krapf fue el primer europeo que, en 1849, afirmó haber
visto el Monte Kenia.
El
resort Mount Kenya Safari Club se encuentra en este lugar privilegiado. Un
cartel de madera donde se puede leer que nos encontramos a 0º de latitud, nos
recuerda que estamos en el ecuador a pesar de poder intuir los picos nevados en
medio de la bruma que impide ver la montaña con claridad.
Sin
embargo, el prestigio del lugar no se debe a su emplazamiento sino a su
historia y a lo que representa.
Fue
hacia los años 20 cuando se pusieron de moda los safaris y comenzaron a llegar
a Kenia millonarios aristócratas blancos atraídos por la naturaleza salvaje y
abundancia de caza y ávidos de pieles, marfil y otras exóticas piezas.
En
1938, una rica americana llamada Rhoda y su amante francés, compraron en
subasta aquellas tierras a 190km al norte de Nairobi. Allí construyeron una
lujosa mansión que llenaron de trofeos de caza, antigüedades, pieles de tigre y
demás excentricidades. Se dice que Rhoda recibía a las visitas con dos
guepardos amaestrados que lucían collares de brillantes. Después, la mansión se
convirtió en un hotel llamado Mawingo donde se alojaban algunos cazadores. Fue
en 1959 cuando el actor William Holden quedó prendado de aquel entorno y junto
al millonario texano Ray Ryan y al financiero suizo Carl Hirschmann
transformaron el lugar en un selecto club de caza llamado tal como lo conocemos
hoy en día. Desde entonces, políticos, actores y otros personajes célebres han
ido desfilando por sus instalaciones. Sir Wilson Churchill fue uno de los
miembros fundadores, pero también pasaron por el club Lord Delamere, Onassis,
el Aga Khan y miembros de la realeza de varios países. La presencia de William
Holden, uno de los actores más famosos de aquella época, atrajo a muchos
personajes del mundo del celuloide como Frank Sinatra y Ava Gadner. También
Deborah Kerr y Stewart Granger se alojaron en sus habitaciones durante el
rodaje de la película “Las minas del rey Salomón”, o el mismo Robert Redford
cuando rodó “Memorias de África” junto a Meryl Streep.
Al
llegar, me impresionaron los cuidados jardines llenos de aves exóticas campando
a sus anchas. Un grupo de kikuyu nos dieron la bienvenida con unas animadas
danzas.
La habitación era espléndida, con todo lujo de detalles y una gran
chimenea encendida. Encima de la cama nos encontramos dos detalles muy
representativos del lugar que todavía guardo: Una figurita de madera representando
a Ngai, el ser supremo que habita en el Monte Kenia y un pequeño trozo de
piedra negra de la misma montaña, que según dice la leyenda nos traería 10 años
de fortuna. Un paseo por las instalaciones del hotel te trasladan a la época
colonial, cuando Kenia era conocida con el nombre de "África Oriental
Británica". En el hall cuelgan diversas fotografías de Karen Blixen cuando
llegó a Kenia en 1913. En una de ellas aparece frente a su granja que
inspiraría su famoso libro y en otra junto a su esposo, el barón Bror von
Blixen.
Entre
tanto lujo, se suponía que debíamos cumplir algunas normas en cuanto a la vestimenta.
Habíamos leído que los caballeros tenían que vestir americana y corbata para la
cena, pero lo tomamos un poco a broma. Lo único que teníamos más que claro es
que no cargaríamos con una americana durante todo el safari. Una camisa limpia
y una corbata serán suficientes, pensamos. Además ¡oh salvación! leí en la guía
que el hotel tenía un servicio - previo pago, evidentemente – de alquiler de
americanas.
A
media tarde y después de dar un agradable paseo por los jardines nos acercamos
a la oficina de alquiler. Supongo que igual que nosotros, el resto de clientes
del hotel habían tenido la misma idea; la cuestión es que sólo quedaba una
americana, pero no cualquiera. Una americana a cuadros, unos cuadros enormes de
colores chillones y encima unas cinco
tallas más grande de la que necesitaba. Evidentemente después de reírnos un
buen rato, salimos de allí sin la americana. Con la corbata y la camisa limpia
y planchada (antes acostumbraba a llevar una pequeña plancha de viaje) y yo más
o menos arreglada seguro que no daríamos la nota. Pero ¡lo qué faltaba! una
tormenta a última hora de la tarde dejó todo el recinto sin corriente
eléctrica, con lo que nos tuvimos que vestir a la luz de una vela y de la llama
de la hoguera y la camisa se quedó sin planchar.
Fuimos
directamente al comedor pensando en la suculenta cena que nos estaba esperando.
Los comensales iban entrando y los caballeros lucían las americanas que seguro
habían ido a alquilar unos minutos antes que nosotros. Cuando llegó nuestro
turno, un señor muy amablemente nos dijo que sin americana no se podía entrar
al comedor. En aquel momento no supimos como reaccionar. Resignados y en plan
cenicienta pregunté si nos podían servir la cena en la habitación. Hablaron
entre ellos y al final nos adjudicaron una mesa en un rinconcito del comedor.
Todavía no había vuelto la luz y el comedor estaba medio a oscuras, sólo con la
iluminación de las velas, con lo que pasamos bastante desapercibidos y no
desentonamos entre tanta tontería. Aquella noche nos sentimos totalmente fuera
de lugar. Seguro que la cena servida en la habitación, con el pijama como traje
de gala y el calorcito de la chimenea nos hubiera sentado mucho mejor.








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