Como de costumbre, me
levanté muy temprano, cuando apenas empezaba a clarear el día. Con el libro
bajo el brazo y procurando no hacer ruido, cerré la puerta de la habitación y
me dirigí al pequeño embarcadero que el propio hotel Kadiandoumagne tiene junto
al río Casamance. Estábamos pasando unos días en Zinguinchor antes de
dirigirnos a la isla de Carabane. Zinguinchor es la capital de la región de la
Casamance situada al sur del Senegal; tierra de los diola, gente de una extrema
amabilidad que tienen siempre a punto una amplia sonrisa y un “kassoumaye” por saludo. El hotel
Kadiandoumagne es una maravilla, no abundan los lujos, pero la simpatía y
profesionalidad del personal, sus cuidados jardines, su impecable limpieza y
sobretodo su espléndida situación, lo hacen un lugar muy especial. Esta palabra
tan larga y extraña “kadiandoumagne”
que me costó lo suyo memorizar, en diola significa el nombre de una herramienta
que se utiliza para trabajar el campo. Las llaves de las habitaciones del hotel
van en unos bonitos llaveros de madera que lo reproducen.
Fui con la intención
de leer un rato a orillas del río. A esa hora reinaba una tranquilidad absoluta
y como todavía no apretaba el calor, se estaba de maravilla. Cuando voy de viaje es cuando más aprovecho
para leer; en aquellos momentos tenía entre manos “L’ombra del vent” (La sombra
del viento) de Carlos Ruiz Zafón al que estaba totalmente enganchada. De vez en
cuando y sin perder el punto, cerraba el libro para contemplar la majestuosidad
del río.
Cuando vi que ya
empezaban a preparar las mesas para el desayuno me dirigí a la habitación a
buscar a la familia.
Teníamos previsto
hacer una excursión a la isla de los pájaros y a Djilapao y nos pusimos en marcha sin perder
tiempo.
Patrícia no se había
levantado demasiado bien; ya llevábamos bastantes días en Senegal y aunque,
como siempre habíamos tenido mucha precaución con la comida y sobretodo con el
agua, es casi inevitable que en algún momento del viaje aparezcan algunos
pequeños problemas. Decidió quedarse en la habitación para recuperarse un poco
con la valiosa ayuda del aparato de aire acondicionado, mientras devoraba
páginas de su inseparable Harry Potter.
Nosotros salimos desde
el mismo embarcadero del hotel en una “pirogue”,
la embarcación tradicional africana. No sé realmente cual es la traducción que
mejor se ajusta a este tipo de embarcaciones, quizás canoa o cayuco, ya que no
tiene nada que ver con la imagen que yo tengo de una piragua.
Una de las cosas que
más me sorprendieron de Senegal fueron sus ríos. Unos ríos inmensos y
caudalosos, fuente de vida del país de la Teranga (que en idioma wolof significa
hospitalidad):
El río
Senegal al Norte,
que forma la frontera con Mauritania; el río Gambia en el centro, rodeado por el país del
mismo nombre a excepción de su extremo más oriental y el río Casamance al Sur, que da el nombre a la región,
así como su sorprendente fertilidad, sin olvidarnos del río
Saloum y su
principal afluente Sine que en su desembocadura, el delta del
Sine Saloum es un magnífico Parque Nacional y uno de los más bellos lugares del
país.
Navegamos por el río
Casamance, una especie de brazo de mar, con mareas altas, que se encuentra
incluso bajo el nivel del mar lo que permite al océano de avanzar en él. El
recorrido hasta la isla de los pájaros resultó muy placentero, deslizándonos
entre manglares repletos de ostras en su sistema reticular. Ya en la isla de
los pájaros, que en realidad no es una isla porque no es tierra firme, paramos
el motor de la embarcación y nos fuimos adentrando entre la vegetación para
poder observar la gran variedad de especies de pájaros que allí se acumulan: flamencos,
pelícanos, águilas, cigüeñas, martines pescadores… que hacen parada antes de
seguir su ruta migratoria.
Muchas veces me
pregunto como es posible que algunos lugares del Planeta tan increíblemente
bellos sean tan poco conocidos.
Continuamos hasta
Djilapao, poblado característico de esta parte de la Casamance, donde por sus
condiciones de falta de luz y de agua la vida allí parece bastante
difícil.
Volvimos al hotel a la
hora de comer soñando en el magnífico plato de gambas que nos estaba esperando.
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