viernes, 21 de noviembre de 2008

A orillas del Lago Balatón

El avión aterrizó con más de media hora de retraso. No hacía ni diez minutos que habíamos llegado al hotel de Budapest y nuestro amigo Esteban ya nos estaba esperando en recepción.
Esteban, es una de aquellas personas con las cuales es un auténtico placer poder compartir unas horas. Húngaro de nacimiento, se vio obligado a exiliar a Francia durante la 2ª Guerra Mundial y posteriormente se afincó en España donde echó raíces. Cuando cayó el muro de Berlín y los países comunistas se abrieron al mundo, volvió a su querida Hungría donde pasa largas temporadas.
Un poco triste nos comentaba que se siente un apátrida. En España siempre ha sido un extranjero y cuando pudo volver a Budapest después de tantos años lejos de casa, también lo consideran un foráneo. Sin embargo, se siente muy orgulloso de la tierra que le vio nacer y se emocionó cuando nos llevó al Museo Nacional y nos mostró la corona de San Esteban, un auténtico símbolo nacional. Esteban I o San Esteban, fue rey de Hungría entre el año 1000 y 1038 y su figura ha sido siempre un referente de carácter político, primero para los monarcas húngaros y posteriormente para el movimiento nacionalista desde el siglo XIX.
Pero volviendo al principio, Esteban pasó a recogernos por el hotel con la idea de llevarnos al Lago Balatón para conocer a una parte de su familia. Sin dejarnos siquiera tiempo a reaccionar, nos montamos en su coche y emprendimos el trayecto hacia el Lago.



El Lago Balatón se encuentra a unos 100 km de Budapest y es el lago más grande de la Europa occidental, con una costa de 200km y un área de 595 km2. Su parte más profunda sólo tiene 2 ó 3 metros, con lo cual sus aguas se calientan rápidamente haciéndolas ideales para el baño. En invierno, el lago se hiela y es el lugar favorito de los patinadores.
El lago se formó a finales de la época terciaria cuando toda la superficie de Hungría estaba ocupada por el mar. Su costa fue habitada por eslavos, turcos y, finalmente los Habsburgo. Durante la 2ª Guerra Mundial, los alemanes tuvieron allí su última línea defensiva.
Actualmente es un lugar de veraneo muy frecuentado por los habitantes del país, que acuden a los múltiples balnearios famosos desde los siglos XV y XVI, a navegar, practicar windsurf, nadar en sus cálidas aguas, o simplemente a relajarse.
La costa norte es la más atractiva, por lo que cruzamos en ferry desde Balatonföldvár hasta la otra orilla para dirigirnos a Tihany, un bonito pueblo rico en historia. Esteban es un hombre de cultura extensa y nos iba explicando todos los detalles de los lugares que visitábamos. En realidad, Tihany es una pequeña península del lago que lo divide en dos partes, entrando 5 km al interior del mismo. Tiene una extensión de 12km2 y en 1952 se declaró reserva ecológica. Las primeras noticias de su existencia llegan con la construcción de la abadía (siglo XI) por orden de András I. Durante el período de los Habsburgo fue destruida y en el siglo XVIII se reconstruyó la iglesia de la abadía en estilo barroco.



Desde Tihany se observan unas bonitas vistas del lago y de su costa.
Seguimos hacia Balatonfüred, pueblo donde se encuentra uno de los balnearios más conocidos en toda Europa. Sus aguas proceden de once manantiales y están particularmente indicadas para el tratamiento de afecciones gástricas y dolencias del corazón. El primer balneario se abrió en el siglo XVIII y Balatonfüred se convirtió en el lugar favorito de la nobleza y gente rica del país que acudían a “tomar las aguas”. Muchos enfermos cardíacos recobraron aquí su salud, entre ellos el poeta premio Nobel, Rabindranath Tagore.
Era el momento ideal para descansar y Esteban como un auténtico anfitrión nos invitó a uno de los mejores restaurantes de la zona, el Baricska Csárda, una antigua venta, con diferentes salones decorados con objetos del campo y artesanía tradicional. Se tiene conocimiento de este lugar desde el siglo XIV y en la carta abundan platos de la cocina húngara, recuperados después de siglos de olvido. Nos sentamos en una de las mesas exteriores desde donde pudimos disfrutar de un espléndido panorama del lago, la abadía de Tihany y los famosos viñedos de la región.



Nos acompañó un magnífico repertorio de música zíngara. Es impresionante el dominio que tienen los gitanos sobre el violín que consiguen como nadie que una caja y cuatro cuerdas cobren vida propia.
Al salir del restaurante nos dirigimos a casa de la familia de Esteban, gente hospitalaria y amable. Aunque la comunicación con ellos resultó algo complicada, consiguieron que nos sintiéramos cómodos y pasáramos un rato muy agradable.
Llegamos al hotel de Budapest pasada la media noche, después de un bien aprovechado día en tierras húngaras y con la ilusión de todo lo que nos quedaba por delante.

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