sábado, 31 de mayo de 2008

The Bad Ass Café. Dublín


Este restaurante abrió sus puertas en 1983, antes de la gran transformación de la zona de Temple Bar. Es un sitio para ir a comer en plan informal, pero es original y apropiado para todo tipo de público. Es una institución para estudiantes y presupuestos reducidos, pero también acuden familias, gente de negocios y últimamente muchos turistas que visitan la zona de Temple Bar.
El restaurante es conocido porque la polémica cantante Sinéad O’Connor trabajó en este lugar como camarera, pero otros famosos como U2, Bruce Springstein, Paul Young o Westlife se han dejado ver por The Bad Ass Café.



Sinéad O’Connor


La comida se basa principalmente en pizzas, ensaladas, hamburguesas y pastas y en la carta también se pueden encontrar diferentes menús temáticos: mexicano, italiano o cowboy.
Tienen "merchandising" propio y venden camisetas, polos, gorras o postales con el dibujo del simpático asno, el emblema del local.

Puntos fuertes: personal muy agradable y buenos precios. Menús muy económicos al mediodía (lunch time special entre 11:30 y 16:30). Una buena página web con todos los detalles de los menús.
Lugar para mitómanos o fans de Sinéad O'Connor.

Puntos débiles: normalmente hay mucha gente y si no se tiene reservado hay que esperar un buen rato.
No es un restaurante para ir a degustar una excelente cocina.

Si no sabéis donde comer y os interesa hacerlo por la zona de Temple Bar, ésta es una buena opción.
Su dirección es: 9-11 Crown Alley- Temple bar

jueves, 29 de mayo de 2008

Reus, ciudad modernista




Muchas veces la fascinación por conocer lejanas culturas hace que nos olvidemos de los interesantes lugares que tenemos a nuestro alcance y a los que más fácilmente podemos acceder.
Si caminamos por las calles de nuestras ciudades con los ojos bien abiertos, seguro que descubriremos infinidad de lugares que hasta entonces nos habían pasado desapercibidos.
De vez en cuando me gusta ponerlo en práctica y sinceramente, es una experiencia muy enriquecedora el hecho de "hacer turismo” en tu ciudad y
Reus se presta a ello. El centro histórico acumula un patrimonio en el que destacan principalmente los edificios modernistas, heredados de la pujanza industrial de finales del siglo XIX cuando se desarrolló un importante comercio textil y del aguardiente. Referente al aguardiente, Reus era el primer centro de cotización europeo junto con París y Londres, de donde procede el dicho “Reus, París y Londres”.




Entre finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX, Reus vivía unos momentos de grandeza económica que permitieron la construcción de edificios siguiendo la estética europea más vanguardista del momento: el Modernismo (conocido también como Art Nouveau en Bélgica y Francia, Liberty en Inglaterra, Jugendstil en Alemania…) convirtiendo la ciudad en la segunda capital del modernismo en Cataluña. El Modernismo era una corriente que se manifestó en todos los ámbitos: literatura, publicidad, arte, mobiliario, pero especialmente en la arquitectura.
La nueva burguesía enriquecida con la industria y el comercio empezó a construir lujosas viviendas, masías, fábricas, almacenes… con las líneas y motivos decorativos propios de aquella tendencia.
Es una lástima que el universal arquitecto modernista Antoni Gaudí (1852-1926) nacido en Reus, no dejara ninguna de sus obras en la ciudad que le vio crecer. Ya dicen que nadie es profeta en su tierra.
Aquellos nuevos ricos fueron en busca de uno de los arquitectos de más prestigio entre la burguesía de Barcelona, Lluís Domènech i Montaner (1850-1923) autor del Palau de la Música Catalana, del Hospital de Sant Pau o de la Casa Lleó Morera en Barcelona y de la Universidad Pontificia en Comillas (Cantabria)  entre otros.
En Reus, Lluís Domènech i Montaner dejó cuatro ejemplos magníficos de su talento: Casa Gasull y Casa Rull con espléndidas fachadas, el Instituto psiquiátrico Pere Mata y Casa Navás, la joya modernista de la ciudad. La familia Navás se había enriquecido enormemente con una tienda de tejidos que todavía sigue manteniendo las dimensiones y decoración originales, a pesar de la bomba que dañó gravemente el edificio durante la Guerra Civil. Si la visita de la tienda nos permite conocer como era un comercio de principios del siglo XX, poder admirar la casa es un verdadero placer para los amantes del Modernismo.






En la fachada principal destacan las cinco columnas que la sostienen, así como distintos motivos florales y rostros estilizados. En el interior de la casa, la naturaleza y el color son los principales protagonistas: mosaicos en la pared en forma de surtidores o de almendros floridos y motivos florales en el suelo. Rosales y hojas en las vidrieras y un cielo donde vuelan los pájaros en el segundo piso. Los mejores artesanos se encargaron de la cerámica, del mobiliario, de las pinturas, de la forja y de la piedra, con un resultado magnífico.
El Instituto psiquiátrico Pere Mata está situado a las afueras de la ciudad pero se organizan las visitas desde la Oficina de Turismo. Cuando se empezó a construir en 1897, Domènech i Montaner ya era un arquitecto de renombre. De los seis edificios de la época, destaca el llamado “pabellón de los nobles” que se acabó en 1908. Aquí se internaba a los enfermos – sólo hombres - cuyas familias disponían de recursos económicos. Durante el tour, los guías cuentan como anécdota que uno de los internos recibía cada seis meses la visita de su sastre desde Londres para confeccionarle los trajes a medida y que una orquesta amenizaba las tardes de los domingos. Aquí también se van repitiendo los motivos decorativos del Modernismo, formas florales y vegetales en general. Las salas comunes – comedor, sala de billar, salón – son más propias de un hotel de lujo que de un centro hospitalario.






Domènech i Montaner además de un gran arquitecto fue un gran decorador y todo está diseñado por él mismo, desde las lámparas (que en un principio eran de gas) hasta el mobiliario y la distribución del jardín.
También hay una parte de sentimentalismo en esta visita, puesto que un bisabuelo de mi marido fue uno de los escultores que trabajó en la decoración de este magnífico edificio. Teniendo en cuenta que no escatimaron en recursos y que se contrataron a los mejores artesanos de cada disciplina, no es para menos que este hecho nos llene de satisfacción.
Además de estas construcciones emblemáticas, el centro de Reus tiene otros interesantes edificios modernistas. Entre ellos: La Estación Enológica, Casa Sardà, Casa Grau, Casa Laguna, Casa Munné, Casa Homdedéu o Casa Punyed entre otras.

Es evidente que en la actualidad la ciudad ha perdido importancia en el conjunto de la Vieja Europa, pero no se puede negar que continúa siendo una ciudad comercialmente muy activa y con una oferta cultural rica y variada.
Animo a todos los amantes del Modernismo a visitar la ciudad de Reus, no os decepcionará. Os recomiendo mantener los ojos bien abiertos para no perder detalle y seguro que podréis captar la esencia de aquellos años de esplendor.


Aunque son muchas las veces que he "turisteado" por las calles, edificios y museos de la ciudad, nunca he tomado fotografías. Por ese motivo, las fotos que adjunto de Casa Navás y del Instituto Pere Mata, están copiadas de la web http://www.reus.cat


domingo, 25 de mayo de 2008

Brujas: Por arte de magia


Hacía tiempo que teníamos ganas de visitar la región belga de Flandes y en especial la ciudad de Brujas. Así pues, coincidiendo con el puente del uno de mayo, decidimos por fin realizar la escapada. Fueron sólo cinco días pero muy bien aprovechados y además de Brujas visitamos Gante, Amberes y Bruselas.
No hay ninguna duda en que Brujas tiene un encanto muy especial pero quizás había idealizado tanto esta ciudad que no fue un “amor a primera vista”.


Es cuando empieza a oscurecer y las multitudes de turistas desaparecen como por arte de magia, que es imposible rendirse a sus encantos. Paseando tranquilamente por sus callejuelas estrechas, de casitas de miniatura con encaje en las ventanas, sin rumbo, siguiendo los canales y cruzando sus puentes, contemplando el reflejo de los edificios iluminados en el espejo de sus quietas aguas y dejándose llevar por su embrujo es de la manera como Brujas te va atrapando en sus redes.



Ganada al mar y contenida por un poderoso sistema de diques, el triunfo de esta ciudad flamenca sobre el agua, su dominio comercial sobre el resto de la Europa del siglo XIII, su arquitectura peculiar y su magnífico estado de conservación parecen cosa de hechizo como bien alude su propio nombre, aunque en realidad Brujas debe su nombre a un puente (brug) o a un fuerte (burg).
A pesar de que el turismo es su principal fuente de ingresos, una excelente gestión de su propia historia, ha evitado el peligro de convertirse en una ciudad-museo. Brujas no se ha limitado a restaurar edificios y limpiar canales, sino que un esfuerzo de rehabilitación urbanística ha hecho del centro histórico una ciudad viva y moderna.
Ya en plena Edad Media y a pesar de las turbulencias políticas y varias revueltas, el gobierno municipal incentivaba las reformas urbanísticas. Hasta mediados del siglo XIV la mayoría de casas eran de madera con techos de paja. Para combatir los incendios que ello ocasionaba, las autoridades otorgaron el llamado “subsidio de la tercera teja” con la finalidad de cambiar los techos de paja. Tres siglos después desaparecían por igual motivo las fachadas de madera, de las que quedan muy pocos ejemplos.
Así pues, se desarrolló un original y propio estilo de arquitectura civil principalmente, en que los grandes burgueses rivalizaban en el lujo de sus mansiones y lugares de reunión, a la vez que financiaban iglesias, monasterios y hospitales dando lugar a un espléndido conjunto que podemos admirar hoy en día.



Un ejemplo de este brillante período es la Atalaya, en la Grote Markt o plaza Mayor, el centro neurálgico de la ciudad. La subida de los 366 escalones se ve premiada por una imponente vista sobre los tejados de la ciudad y sobre la llanura flamenca, aunque el frío, viento y lluvia no nos permitió disfrutar del momento tal como nos hubiera gustado. La antigua plaza del mercado también conserva unos magníficos edificios, destacando entre ellos el Palacio Provincial.
La calle que une la Grote Markt con la Plaza Burg está llena de tiendas que exponen en sus escaparates los típicos encajes de Brujas. En la Plaza Burg se encuentran algunos de los edificios que bien merecen una visita. Entre ellos está el Ayuntamiento, uno de los primeros ejemplos del estilo flamenco (siglo XIV). Visitar la impresionante sala gótica es imprescindible, así como la Basílica de la Santa Sangre. Este santuario de dos pisos de estilo románico con fachada renacentista fue mandado construir por Thierry de Alsacia a su regreso de la II Cruzada para alojar unas gotas de la sangre de Cristo traídas de Jerusalén. La reliquia se exhibe cada año el día de la Ascensión, coincidiendo casualmente con el jueves 1 de mayo.




Otra visita interesante es la Iglesia de Nuestra Señora, con su elevada torre de ladrillo de 122 metros y que acoge la Madonna de Nuestra Señora, una escultura de Miguel Ángel en mármol blanco, una de las pocas obras del artista que se encuentran fuera de Italia.
La Catedral de San Salvador, el Kantcentrum (centro del encaje), la contigua Iglesia de Jerusalén o el Beaterio son otras de las visitas que permiten conocer un poco mejor la historia de la ciudad. Sin olvidar un paseo por el bucólico Minnewater o Lago del Amor o un trayecto en barca por los canales. Tampoco se puede abandonar la ciudad sin antes haber probado el delicioso chocolate belga y la suave cerveza local Brugse Zot.
De todas formas, más que un monumento o un edificio en concreto, el encanto de Brujas radica en su conjunto, un centro histórico que ha sabido conservar su patrimonio y ha convertido a la ciudad en una de las más bonitas de Europa.




viernes, 16 de mayo de 2008

Hotel Plaza La Habana


Dedicar una parte de mi tiempo libre, que no es mucho, a mantener el blog no me supone demasiado sacrificio ya que me compensa con creces el hecho de revivir los viajes y recordar situaciones y lugares que ya tenía medio olvidados. Con la perspectiva del tiempo, muchas cosas se recuerdan diferentes a como sucedieron en realidad pero tenemos la sabia habilidad de ir diluyendo los malos recuerdos y magnificando los buenos que, afortunadamente, son la gran mayoría. Hace algunos días escribí en este blog sobre el viaje que realizamos a Cuba en el año 1999 y me vino a la memoria el Hotel Plaza de La Habana.




Decidimos hospedarnos en algún hotel de La Habana vieja, el centro histórico de la capital y donde se respiran los aires de la época colonial. Precisamente esa zona fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 y es donde están situados gran parte de los edificios construidos durante los siglos XVIII y XIX.
Entre estos edificios históricos se encuentran varios hoteles. Algunos construidos para tal fin y otros, antiguos palacios o propiedades coloniales carismáticas que se han reconvertido. A pesar del grave deterioro de la ciudad con muchos de sus edificios en mal estado, estos hoteles lucen espléndidos, como en sus mejores tiempos.
Para descubrir el encanto decadente de La Habana, una buena opción es alojarse en uno de estos edificios históricos, olvidarse de prejuicios, perderse entre sus calles y dejarse llevar sin rumbo fijo por uno de los más bellos conjuntos coloniales de América Latina.
Algunos de estos míticos hoteles son: el Hotel Plaza (inaugurado en 1909), el Hotel Sevilla (1908), el magnífico Hotel Santa Isabel (antigua mansión del conde de Santovenia, 1867), el Hotel Florida (casa de 1836 que en 1885 empezó a trabajar como hotel), el Hotel Inglaterra (con su magnífica fachada neoclásica,1875) o el Hotel Ambos Mundos construido a finales de los años 20 y el que fuera el primer hogar de Ernest Hemingway en Cuba.




El Hotel Plaza está situado frente al Parque Central y es un claro ejemplo de la arquitectura colonial de la ciudad. En 1895 se ubicaba en ese lugar la mansión de los condes de Casa Pedroso y posteriormente el edificio fue la sede del “ Diario de la Marina” tan activo durante la guerra de Cuba. En 1901 el americano Fletcher Smith, compró la propiedad para construir un hotel, pero en 1906 pasó a manos de Leopoldo Carvajal, marqués de Pinar del Río. Fue en enero de 1909 cuando tuvo lugar la inauguración oficial.
Durante años fue una plaza fuerte de la hotelería cubana, y en sus estancias se alojaron algunas personalidades. Las creencias populares aseguran la presencia en sus corredores de Isadora Duncan, una de las figuras cumbres de la danza mundial que vivió en el Plaza. La bailarina rusa Ana Pavlova también se alojó en el hotel (en 1915 y 1917) y Albert Einstein se alojó allí durante un invierno, cuando fue homenajeado por la Academia de Ciencias Físicas y Naturales y la Sociedad Geográfica de Cuba.
Desde 1985 a 1991 el hotel estuvo cerrado por reformas y actualmente pertenece a la cadena hotelera Gran Caribe.




Su fachada neoclásica llama la atención y al atravesar la puerta principal te encuentras unos altos techos y un suelo de pequeños mosaicos franceses trabajados de forma manual. Un bonito patio colonial con una fuente en el centro, plantas, esculturas y unas vidrieras de vivos colores que dejan pasar la luz natural.
Dispone de 188 habitaciones acondicionadas y climatizadas, con muebles de estilo colonial. Correctas, amplias, pero sin ningún lujo y bastante austeras, con un mantenimiento regular.

Puntos fuertes:

. Sin duda, la situación. En sus alrededores se localiza el Capitolio, el Palacio Presidencial, el Gran Teatro de La Habana, la calle Obispo, museos
· La amabilidad del personal, aunque no creo que sea exclusividad de este hotel.
· El espléndido bar Fausto situado en la terraza, para poder contemplar unas magníficas vistas de la ciudad mientras se toma el desayuno.

Puntos débiles:

· Aunque no fue nuestro caso, he leído en algunas críticas que el ruido por las noches les impidió descansar.
· Los que agradecen un baño en la piscina después de un caluroso día, no lo podrán hacer en el Plaza.

Hay que decir que si alguien espera encontrar un hotel lujoso tal como se entiende normalmente para un 4 estrellas, que no vaya al Plaza porque le decepcionará.
Si por el contrario, el concepto de lujo se entiende como el privilegio de poder alojarse en un edificio histórico y situado en el centro colonial de La Habana, el Hotel Plaza es una de las muchas opciones interesantes que se pueden encontrar en la ciudad.

sábado, 10 de mayo de 2008

Viaje a Cuba. Buscando una pista en Trinidad



Durante las horas que duró el vuelo hasta llegar a La Habana, varias veces intenté imaginarme como habría sido el largo viaje en barco que mi bisabuelo y tatarabuelo emprendieron hacia Cuba a finales del siglo XIX. Durante aquellos años en que la isla caribeña pertenecía a la Corona Española, fueron muchos los catalanes que se lanzaron a la aventura en busca de prosperidad. Algunos de ellos amasaron grandes fortunas gracias al negocio de la caña de azúcar o del ron y regresaron posteriormente a su tierra; estos indianos acaudalados se hicieron construir magníficos palacetes que han permanecido como testimonio de aquella época.




Sobre lo que hicieron mis antepasados en Cuba no conozco demasiados detalles, aunque me gustaría poder profundizar un poco más en ello. Lo que si se ha ido transmitiendo en la familia de generación en generación es el motivo inicial que indujo a mi tatarabuelo a emprender el largo viaje. Siempre me han explicado que en su primer viaje no fue en busca de fortuna como podría parecer, sino a comprar tabaco. No sé qué parte de leyenda puede tener esa historia, pero la verdad es que siempre me ha parecido muy simpática. Según cuentan, su padre era un fumador empedernido y en un período en que hubo una gran escasez de tabaco, el hombre mandó al joven muchacho a buscar tabaco donde fuera: “¡Vete a Cuba si quieres, pero tráeme tabaco!”. Y así fue como el joven emprendió la aventura, regresando algunos meses después cargado de puros habanos.
Al cabo de los años, aquel joven se convirtió en padre de familia y decidió embarcarse de nuevo hacia la isla caribeña con su hijo, es decir, con mi bisabuelo.
Cuentan que trabajaron en los ingenios azucareros y que posteriormente partieron hacia Puerto Rico. Debido a la Guerra la situación se les complicó y regresaron a casa sin dinero pero con muchas experiencias vividas y muchas cosas que contar.
La guerra concluyó con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, el 10 de diciembre de 1898, por el cual Norteamérica recibió el control absoluto de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Como única herencia de aquella aventura están las coplas que memorizaron en Puerto Rico y que luego enseñaron a los demás jóvenes del pueblo. Parece ser que en aquella época, los puertorriqueños no demostraban demasiada simpatía hacia los españoles. Una de las estrofas dice así:
" Puerto Rico, Patria mía,
tu libertad se proclama.
Ya la inquisidora España
perdió el poder que tenía.
Con su infame tiranía
nos tenía esclavizados,
mal queridos, mal tratados.
Y, sin derecho a la defensa,
que coja la recompensa:
Viva el coronel Fajardo".






Mi madre me había explicado tantas veces esta historia, que caminando por las calles adoquinadas de Trinidad tenía una extraña sensación, como si allí tuviera que descubrir una parte de mi pasado.
La ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios se encuentran al sur de la provincia de Sancti-Spíritus, en la región central de Cuba y constituyen un testimonio de inestimable valor de lo que fueron las antiguas fundaciones españolas en Las Antillas.
La ciudad fue fundada en 1514, bajo el nombre de Villa de la Santísima Trinidad y nació gracias a la industria azucarera.
Cerca de la ciudad se encuentra el Valle de los Ingenios o Valle de San Luís, donde se conservan numerosas ruinas de las instalaciones relacionadas con la fabricación del azúcar, como los ingenios, los barracones, las casas de verano, etc. Desde 1988, Trinidad y el Valle de los Ingenios están considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.




Estuvimos en el año 1999 y no sé si habrá mejorado desde entonces el tema del transporte. Moverse por Cuba en coche resultaba bastante complicado; las tarifas de alquiler de vehículos eran elevadas y las señalizaciones en la carretera muy escasas. Conducir de noche era un suicidio y nada recomendable porque muchos vehículos circulaban sin luces y esto creaba un gran estado de tensión. A pesar de todo, el trayecto hasta Trinidad fue una experiencia positiva. Casi en ningún momento viajamos solos, ya que íbamos recogiendo a los que hacían autostop, una práctica muy habitual. Los asientos traseros del flamante Hyundai Elantra de color rojo fueron ocupados por soldados, estudiantes, familias enteras... cuando bajaban los unos ya subían los otros. Conocimos a Augusto, todo un personaje. Para acompañarle hasta su casa en Los Arabos, un pueblo de la provincia de Matanzas, nos tuvimos que desviar de la ruta, por lo que quedó enormemente agradecido. La relación con Augusto continuó hasta varios meses después del viaje. Duró hasta que las llamadas a cobro revertido se convirtieron en una pesadilla. Cada vez que sonaba el teléfono, nuestra hija que tenía entonces 6 años, ya se había aprendido el sonsonete e imitando la voz de la operadora soltaba un "Llamada de Cuuuuuuba, ¿aceptan la llamada?".
Finalmente llegamos a Trinidad. En la ciudad se respira un aire de tiempos pasados y algunas de sus casas y palacios reflejan el esplendor de antaño. La ciudad corre despacio, sin ninguna prisa… allí me hubiera gustado quedarme algunos días.
Después de cuatro generaciones ya poco me importa que mis antepasados regresaran con los bolsillos vacíos, pero si me gustaría haber heredado, aunque sea en una pequeña parte, el espíritu aventurero de aquellos jóvenes. Espero volver a Cuba algún día.