Durante las horas que
duró el vuelo hasta llegar a La Habana, varias veces intenté imaginarme como
habría sido el largo viaje en barco que mi bisabuelo y tatarabuelo emprendieron
hacia Cuba a finales del siglo XIX. Durante aquellos años en que la isla
caribeña pertenecía a la Corona Española, fueron muchos los catalanes que se
lanzaron a la aventura en busca de prosperidad. Algunos de ellos amasaron
grandes fortunas gracias al negocio de la caña de azúcar o del ron y regresaron
posteriormente a su tierra; estos indianos acaudalados se hicieron construir
magníficos palacetes que han permanecido como testimonio de aquella época.



Sobre
lo que hicieron mis antepasados en Cuba no conozco demasiados detalles, aunque
me gustaría poder profundizar un poco más en ello. Lo que si se ha ido
transmitiendo en la familia de generación en generación es el motivo inicial
que indujo a mi tatarabuelo a emprender el largo viaje. Siempre me han
explicado que en su primer viaje no fue en busca de fortuna como podría
parecer, sino a comprar tabaco. No sé qué parte de leyenda puede tener esa
historia, pero la verdad es que siempre me ha parecido muy simpática. Según
cuentan, su padre era un fumador empedernido y en un período en que hubo una
gran escasez de tabaco, el hombre mandó al joven muchacho a buscar tabaco donde
fuera: “¡Vete a Cuba si quieres, pero tráeme tabaco!”. Y así fue como el joven
emprendió la aventura, regresando algunos meses después cargado de puros
habanos.
Al
cabo de los años, aquel joven se convirtió en padre de familia y decidió
embarcarse de nuevo hacia la isla caribeña con su hijo, es decir, con mi
bisabuelo.
Cuentan
que trabajaron en los ingenios azucareros y que posteriormente partieron hacia
Puerto Rico. Debido a la Guerra la situación se les complicó y regresaron a
casa sin dinero pero con muchas experiencias vividas y muchas cosas que contar.
La
guerra concluyó con la firma del Tratado de París entre España y Estados
Unidos, el 10 de diciembre de 1898, por el cual Norteamérica recibió el control
absoluto de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Como
única herencia de aquella aventura están las coplas que memorizaron en Puerto
Rico y que luego enseñaron a los demás jóvenes del pueblo. Parece ser que en
aquella época, los puertorriqueños no demostraban demasiada simpatía hacia los
españoles. Una de las estrofas dice así:
" Puerto Rico,
Patria mía,
tu libertad se
proclama.
Ya la inquisidora
España
perdió el poder que
tenía.
Con su infame tiranía
nos tenía
esclavizados,
mal queridos, mal
tratados.
Y, sin derecho a la
defensa,
que coja la
recompensa:
Viva el coronel
Fajardo".
Mi
madre me había explicado tantas veces esta historia, que caminando por las
calles adoquinadas de Trinidad tenía una extraña sensación, como si allí
tuviera que descubrir una parte de mi pasado.
La
ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios se encuentran al sur de la
provincia de Sancti-Spíritus, en la región central de Cuba y constituyen un
testimonio de inestimable valor de lo que fueron las antiguas fundaciones
españolas en Las Antillas.
La
ciudad fue fundada en 1514, bajo el nombre de Villa de la Santísima Trinidad y
nació gracias a la industria azucarera.
Cerca
de la ciudad se encuentra el Valle de los Ingenios o Valle de San Luís, donde
se conservan numerosas ruinas de las instalaciones relacionadas con la
fabricación del azúcar, como los ingenios, los barracones, las casas de verano,
etc. Desde 1988, Trinidad y el Valle de los Ingenios están considerados
Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.



Estuvimos
en el año 1999 y no sé si habrá mejorado desde entonces el tema del transporte.
Moverse por Cuba en coche resultaba bastante complicado; las tarifas de
alquiler de vehículos eran elevadas y las señalizaciones en la carretera muy
escasas. Conducir de noche era un suicidio y nada recomendable porque muchos
vehículos circulaban sin luces y esto creaba un gran estado de tensión. A pesar
de todo, el trayecto hasta Trinidad fue una experiencia positiva. Casi en
ningún momento viajamos solos, ya que íbamos recogiendo a los que hacían
autostop, una práctica muy habitual. Los asientos traseros del flamante Hyundai
Elantra de color rojo fueron ocupados por soldados, estudiantes, familias enteras... cuando bajaban los unos ya
subían los otros. Conocimos a Augusto, todo un personaje. Para acompañarle
hasta su casa en Los Arabos, un pueblo de la provincia de Matanzas, nos tuvimos
que desviar de la ruta, por lo que quedó enormemente agradecido. La relación
con Augusto continuó hasta varios meses después del viaje. Duró hasta que las llamadas a cobro
revertido se
convirtieron en una pesadilla. Cada vez que sonaba el teléfono, nuestra hija
que tenía entonces 6 años, ya se había aprendido el sonsonete e imitando la voz
de la operadora soltaba un "Llamada
de Cuuuuuuba, ¿aceptan la llamada?".
Finalmente
llegamos a Trinidad. En la ciudad se respira un aire de tiempos pasados y algunas
de sus casas y palacios reflejan el esplendor de antaño. La ciudad corre
despacio, sin ninguna prisa… allí me hubiera gustado quedarme algunos días.
Después
de cuatro generaciones ya poco me importa que mis antepasados regresaran con
los bolsillos vacíos, pero si me gustaría haber heredado, aunque sea en una
pequeña parte, el espíritu aventurero de aquellos jóvenes. Espero volver a Cuba
algún día.