viernes, 6 de marzo de 2009

Gibraltar - Un paseo por la Roca

Una ya tiene sus añitos y mientras que algunos recuerdos de infancia se van diluyendo hasta casi desaparecer, otros los tengo tan presentes que me parece que sucedió ayer. El 6 de abril de 1968 era un día grande, un gran día que se repetía año tras año y que paralizaba a todo el país.
Eran aquellos tiempos gloriosos de la TVE, cuando sólo existía un canal (en blanco y negro, claro!) y todo el mundo se sentaba delante de aquella mágica caja que transmitía ilusión y que hacía soñar. Cada vez que echo la vista atrás me doy cuenta de que los años van pasando demasiado rápido, pero me siento también una privilegiada por haber vivido una época fascinante. A lo que iba… ese primaveral día celebraba el XIII Festival de Eurovisión, todo un acontecimiento de la época. Me faltaban 20 días para cumplir los 7 años y con el grupo de amigas hacíamos apuestas sobre qué canción se llevaría el primer puesto. En un principio, España iba a enviar a Joan Manuel Serrat para que cantara “La, la, la”, pero se le prohibió cantarla en catalán, por lo que fue substituido por Massiel. Aquella edición se celebró en el Royal Albert Hall de Londres y después de una disputada carrera de votos entre Massiel y Cliff Richard, el representante británico, la española se llevó el triunfo con 29 de los puntos. Reino Unido hizo repetir la votación al perder por un solo punto de diferencia, pero una vez repetida, volvió a ganar España.

Aunque aquel pegadizo Congratulations de Cliff Richard quedó en un segundo puesto, fue la canción del verano de 1968.

“Congratulations and celebrations
When I tell everyone
that you're in love with me
Congratulations
and jubilations
I want the world to know
I'm happy as can be”

Como aquello de cantar en inglés era demasiado complicado, algún iluminado pronto le sacó la traducción “made in Spain”, que aquel verano me cansé de canturrear sin tener ni la remota idea de qué era aquello del Peñón de Gibraltar.

“Congratulations me gusta el queso
también me gusta
la canción de La, la, la
y a los ingleses
de Inglaterra
que nos devuelvan
el Peñón de Gibraltar”

Todos estos nostálgicos recuerdos iban bailando por mi cabeza durante el trayecto en coche desde Jerez de La Frontera, donde estábamos pasando aquellos días de fin de año, hasta Gibraltar.
Tan cerca de España y a la vez tan lejos, Gibraltar es un territorio Británico situado en el peñón que domina la zona norte del estrecho de Gibraltar, donde se funden las aguas del Mar Mediterráneo y del Océano Atlántico. El Peñón de Gibraltar (en inglés The Rock) es una gran montaña rocosa convertida en fortaleza que pertenece a los británicos desde el año 1704.
Llegamos sin tener muy claro qué nos íbamos a encontrar y la primera impresión es un tanto confusa: una desordenada mezcla de antiguas construcciones portuarias, fortificaciones centenarias y edificios grises de nueva construcción.









Nuestro principal objetivo era subir a la Roca, pero el teleférico estaba fuera de funcionamiento, según nos dijeron por el viento. No lo acabamos de entender porqué, por lo menos abajo no se movía ni una hoja. Al no poder subir en coches particulares, no tuvimos otro remedio que contratar un guía oficial con vanette incluida que nos acompañaría durante todo el recorrido. Primero nos dirigimos hasta la llamada Punta Europa, al extremo sur de la Roca, desde donde se divisa el perfil recortado de la costa de África, desde Ceuta hasta Tánger. Punta Europa es también un lugar mítico donde acuden los marineros a rendir culto a la Virgen de Europa. También es un paraíso para los ornitólogos que no quieren perderse el paso de cientos de aves migratorias que cruzan el Estrecho a finales de verano.




Seguimos hasta la gruta de San Miguel. Según comentan, la Roca es como un gigantesco queso Gruyères, lleno de agujeros y atravesado por más de 50km de cuevas, túneles y galerías. Dentro del Peñón se han llegado a descubrir más de 140, la mayor parte en terreno militar. La gruta de San Miguel es la única abierta al público y su fascinante interior, con gigantescas estalactitas y estalagmitas es el escenario para un deslumbrante espectáculo de luz y sonido.
En el año 1782, el sargento mayor Ince tuvo la idea de abrir unos ojos en la Roca que sirvieran como punto de mira de sus cañones. Así se abrieron las famosas galerías perforando la roca caliza para convertir Gibraltar en un bastión inexpugnable. Con muñecos de cera se puede ver una recreación del sistema utilizado para defender la Roca durante el Gran Sitio de 1782, cuando los españoles intentaron reconquistarla.





El siguiente objetivo era poder ver la colonia de monos sin rabo que habitan estos parajes desde hace cientos de años. Hay varias teorías sobre cómo llegaron los simios hasta Gibraltar. Algunos dicen que llegaron desde el norte de África a través de un túnel subterráneo bajo el estrecho, otros que llegaron con los primeros invasores árabes o incluso que son los herederos de aquellos monos que poblaron los bosques de Europa. Viven en dos colonias, una doméstica y otra asilvestrada y son frecuentes las disputas entre ellos. En total son unos 200 ejemplares, todos ellos identificados y bien cuidados.




De nuevo en la parte baja, paseamos por Main Street, la más concurrida calle gibraltareña. Autobuses rojos de dos pisos, las cabinas de teléfono típicas inglesas, los pubs y todas las indicaciones escritas en inglés, nos muestran que los gibraltareños laten a ritmo de big ben. Main Street es la calle comercial por excelencia, donde los turistas compran tabaco, perfumes, licores y buscan las ofertas y los precios de saldo.
No soy demasiado asidua al shopping, pero no encontré nada que mereciera la pena, muchas baratijas a precios que ni fu ni fa.
En la misma calle de Main Street y alrededores se pueden visitar la catedral católica de St Mary The Crowned, el barrio de Irish Town, la Casa del Parlamento, la King’s Chapel, la sinagoga o la casa del Gobernador. La calle finaliza con la puerta de Southport, con los escudos de armas británico y español, dejando paso al cementerio de Trafalgar, los jardines de la Alameda y la zona militar de la ciudad, de escaso interés turístico.
A pesar de tratarse de un 31 de diciembre, comimos al aire libre, en una terraza de la Grand Casemates Square, donde se estaban ultimando los preparativos para la celebración del fin de año 2003 y recibimiento de 2004.

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