jueves, 27 de mayo de 2010

Palma de Mallorca, la perla del Mediterráneo

La Ciutat, como la llaman los mallorquines, aparece magnífica vista desde el puerto. La bien lograda iluminación del conjunto de la Catedral y el Palacio de la Almudaina compite con la infinidad de bombillas que adornan los barcos de cruceros turísticos que pernoctan en el puerto de Palma.
Llegamos de noche y sólo tuvimos una fugaz panorámica de la ciudad iluminada con la intención de dedicarle unas horas al día siguiente. También aquí mi memoria me traicionaba. Recordaba una ciudad sin demasiado atractivo aunque, para ser sincera, las pocas imágenes que me venían a la mente eran los locales y discotecas de la Plaza Gomila.
Y estaba muy equivocada. A primera vista quizás dé la impresión de una ciudad más pequeña pero Palma, donde viven prácticamente la mitad de los pobladores de la isla, ofrece muchas posibilidades, creando una armónica combinación de historia y modernidad, con el Mediterráneo de fondo siempre presente.
Palma de Mallorca fue fundada hacia el año 123 a.C. por el cónsul romano Quinto Cecilio Metelo, con el nombre de Palmaria. Su estratégica posición en el Mediterráneo occidental la convirtieron en una pieza muy codiciada por todos los pueblos y civilizaciones, desde los fenicios, griegos, cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos, árabes y judíos. Después de un amplio período de dominación bizantina, las tropas del emirato de Córdoba lideraron la conquista árabe de la isla hacia el 903. Los musulmanes llamaron a la ciudad Medina Mayurka y aunque todos los pueblos dejaron huellas en su registro arqueológico y cultural, fue el musulmán el que tras más de 300 años dejó la huella más profunda, especialmente en lo que se refiere a las técnicas agrícolas.
En 1229, Jaume I de Aragón y su flota financiada por la nobleza, salieron desde las playas de Salou a la conquista de Mallorca. Reinaba entonces Abu Yahya que pronto cayó rendido ante la gran agresividad de los ataques empezando rápidamente la cristianización de la ciudad. En esa época comienza la construcción de la catedral además de otras iglesias, palacios y casas señoriales. Para prevenir el ataque de los piratas se edifican también atalayas y torres de vigilancia.



La primera impresión sobre Palma no podía ser mejor. No me imaginaba una ciudad tan señorial y bien cuidada y empezar la visita por el Paseo Marítimo es un buen principio teniendo en cuenta que es una ciudad de pequeñas dimensiones ideal para callejear. Aquí se levantan dos imponentes edificios que recuerdan el pasado de la ciudad como importante puerto de mar. El primero es el Consolat de Mar, uno de los pocos edificios renacentistas de la ciudad. Se fundó en 1326 como tribunal marítimo y se acabó en 1669. En la actualidad se encuentra la sede de la presidencia del Gobierno Autonómico de las Islas Baleares. Al lado encontramos Sa Llotja, otro de los edificios emblemáticos de Palma. Está en restauración y sólo podemos intuir unos magníficos ventanales góticos detrás de los andamios. Lo que fuera la bolsa de los mercaderes es actualmente una sala que acoge exposiciones temporales.



A muy pocos pasos se levanta el imponente conjunto monumental formado por la Catedral y el Palacio de la Almudaina, los dos edificios más representativos de la ciudad.
Visitamos el Palacio de la Almudaina, castillo real edificado después de la conquista catalana del siglo XIII sobre el antiguo alcázar musulmán aunque sus orígenes sean unos asentamientos megalíticos. Durante los siglos XIII y XIV fue residencia de los reyes de Mallorca aunque, debido a su privilegiada situación siempre ha sido sede del poder político de la isla por su dominio sobre la bahía y la ciudad. Destacan la Sala Mayor o Tinell y la Capilla de Santa Ana que, a pesar de ser gótica tiene un pórtico muy excepcional de románico tardío mallorquín en mármol blanco y rosa.

En el Patio de Armas, una sencilla fuente con un león es uno de los pocos restos árabes que quedan en el palacio.
Actualmente pertenece al Patrimonio Nacional y es utilizado para ceremonias de estado y recepciones veraniegas. De hecho, desde la muerte del rey Jaume III en 1349 ningún otro rey ha vivido aquí de forma permanente.

Justo enfrente de Palacio se levanta la Catedral. Después de pasar por taquilla y pagar los 4€ por persona, se accede al museo donde se expone material religioso, entre ello un antiquísimo altar portátil que se dice perteneció al mismísimo rey Jaume I. Cuando se entra a la nave del templo, lo primero que llama la atención es la luz que se filtra por sus coloridos vitrales. En ese mismo lugar se levantaba la mezquita central de Medina Mayurka, capital de la Mallorca musulmana durante tres siglos. Las obras de la Catedral comenzaron en el año 1300 pero desde la conquista de Jaume I, y como fue habitual en los territorios reconquistados, la mezquita fue consagrada a la Virgen María y se utilizó como iglesia. Hasta 1601 no se acabaron las obras. Es mayoritariamente de estilo gótico y la nave central de estilizadas columnas tiene 5 magníficos rosetones. Sin embargo, las dos obras que centran todas las miradas y las que despiertan más comentarios son el baldaquín de Antoni Gaudí y la Capilla del Santísimo Sacramento obra del mallorquín Miquel Barceló que con sus 15 toneladas de cerámica representa el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Seguimos nuestra ruta por la bien llamada perla del mediterráneo. Tras las murallas que ahuyentaron a piratas y corsarios se esconde el casco viejo. Caminamos por las estrechas callejuelas donde se pueden ver espléndidas fachadas de algunos palacios: Can Espanta-Serra, Ca la Gran Cristina o Palacio Aimans que acoge el actual Museo de Mallorca, Casa-Museo de Joaquim Torrents Lladó… la mayoría de ellos con interesantes patios interiores que pueden entreverse desde la calle.


Llegamos a nuestro siguiente objetivo situado en la calle de Serra. Se trata de un lugar que para la mayoría pasa desapercibido pero personalmente es el rincón de la ciudad con más encanto: Los Baños árabes. Una sencilla placa de cerámica en la fachada nos lo indica. Se trata del monumento más importante que queda en la isla de la época de dominio musulmán. Se conservan tan sólo dos pequeñas salas, una de las cuales – supuestamente el caldarium – tiene un techo de vuelta sostenido por doce columnas. Quizás lo que hace tan encantador ese lugar sea la tranquilidad que se respira en el pequeño jardín donde incluso alguna sargantana (lagartija) se atreve a asomar la cabeza entre las macetas. Un lugar ideal para sentarse, respirar hondo y dejarse transportar a otras épocas.

Seguimos con el Convento de Santa Clara y la Plaça de Santa Eulalia hasta llegar a la Plaça de la Cort donde está el Ayuntamiento de trabajada fachada barroca. Solamente se puede acceder al vestíbulo donde admiramos la gran escalinata y una colección de gegants (gigantes).
Continuando por la calle del Palau Reial y anexo al Ayuntamiento nos encontramos con otro importante edificio: el Consejo Insular. Tampoco podemos ir más allá del vestíbulo donde tras un pequeño mostrador se recogen firmas para dar soporte a la candidatura de la Serra de Tramuntana para entrar a formar parte de la lista de Patrimonio de la UNESCO.
Nos detenemos en el cruce del misma calle Palau Reial con calle Victoria. Nada, ninguna señal hace pensar que aquí se levantaba la Porta dels jueus (Puerta de los judíos) que daba entrada al Call Major (Judería Mayor). Muy cerca de aquí se encuentran las calles del Call y del Monti-Sion, que habrían sido el centro de esta gran judería.
De aquí seguimos hacia las animadas calles peatonales de Santo Domingo y Jaume II donde hacemos una merecida parada para comer.


Cerca de aquí se encuentra la Plaça Major, una típica plaza porticada que aparece entre callejuelas estrechas como si la ciudad necesitara abrirse al cielo para respirar. Atravesamos la plaza que continua por la Calle de Sant Miquel donde cada portal es una tienda, básicamente ropa y calzado. También en esta zona merece la pena detenerse para contemplar interesantes fachadas modernistas y algunos palacios, entre ellos el que acoge el Museo de Arte Español Contemporáneo. En exhibición permanente se pueden ver unas setenta obras que pertenecen a la Fundación Juan March. Se encuentran obras de Dalí, Picasso, Miró, Barceló, Juan Gris… en un edificio que merece la pena por sí solo. La visita es gratuita y el lugar muy tranquilo y agradable. Lo recomiendo.

En la Iglesia de San Miguel que da nombre a la calle, es el lugar donde se celebró la primera misa en la isla poco después de la conquista de Jaume I. Continuando por la misma calle, a mano derecha y tras una puerta, se puede ver el diminuto y original claustro ovalado de dos plantas llamado de Sant Antoniet. Es de estilo barroco y actualmente pertenece al BBVA que lo utiliza para exposiciones. Al final de la calle se abre otra gran plaza, la Plaza de España con estatua ecuestre del rey Jaume I el Conquistador que se levanta sobre un bloque de piedra robado a la antigua muralla.
Tampoco nos queremos perder la Basílica de Sant Francesc. El convento funciona como escuela religiosa y cuando aterrizamos por allí, sobre las cinco, es la hora de salida de las aulas. Cobran 1€ para poder visitar el claustro y la basílica pero merece realmente la pena. Como en otras ocasiones ya he manifestado, siento una auténtica devoción por los claustros. Me transmiten una serenidad que pocos lugares consiguen y el claustro de Sant Francesc no podía ser de otra manera. Sólo rompen el silencio un grupo de tres o cuatro alumnas rezagadas que no tienen prisa en abandonar el colegio. Al cabo de pocos minutos nos quedamos solos disfrutando de esta maravilla de claustro gótico. También estamos completamente solos en la iglesia que a pesar de tener poca luz se ve muy rica en decoración, especialmente el altar barroco. En un altar lateral está el sepulcro del mallorquín más famoso de todos los tiempos: El filósofo, poeta y teólogo Ramon Llull.

Nuestra idea inicial era acabar de pasar la tarde paseando por el puerto pero la 27ª edición del Salón Náutico Internacional ocupa toda la parte del muelle viejo con lo que nos sentamos en una deliciosa terraza a contemplar el va y ven de la gente.
A las 7 volvemos de nuevo a la Catedral para asistir al concierto del Coro Real de Copenhague. Una manera diferente de admirar, sin prisas, el genial templo bajo las armoniosas voces de un coro.

jueves, 20 de mayo de 2010

Serra de Tramuntana (II parte). De Valldemossa a Andratx

Amanece un día espléndido. Desde la pequeña terraza de la habitación nos deleitamos contemplando el paisaje en el que destaca la roca de Sa Foradada. Se encuentra en la finca de Son Masrroig, que en su día fue adquirida por el Archiduque Luís Salvador de Austria el cual afirmó que Sa Foradada valía más que todo lo que había pagado por sus propiedades en la isla. Realmente se intuye un lugar muy bello, pero la excursión hasta la roca la dejamos pendiente para un próximo viaje a la isla.


Después de un buen desayuno de domingo, continuamos nuestra ruta por la Serra de Tramuntana. Dedicaremos al pueblo de Valldemossa el tiempo que se merece y seguiremos camino hasta Andratx.

Valldemossa es un pueblo encantador y en muchas guías lo califican como uno de los más bonitos de Mallorca. Y claro está, eso lo sabe todo el mundo, haciendo de Valldemossa una parada obligada para todo aquel que visita la isla. Los autocares y grupos organizados le roban una gran parte de ese encanto pero a pesar de ello es un pueblo agradable, alegre y muy bien cuidado. Como en la mayoría de pueblos de la zona, sus calles son todo color y olor y la primavera se respira en cada rincón.



Decidimos visitar la Cartuja a primera hora para evitar los grupos, pero ni así nos libramos de guardar turno para entrar en alguna de las estancias más pequeñas.
La Cartuja de Valldemossa no sería tan famosa si no hubieran vivido allí el célebre músico Frédéric Chopin y su pareja, Amandine Aurore Lucile Dupin - más conocida por su seudónimo George Sand - durante el invierno de 1838 a 1839. En su novela “Un invierno en Mallorca” delata que su estancia en la isla no fue del todo agradable, en gran parte debido al carácter cerrado de los isleños que los miraban con recelo. A pesar de que los mallorquines no salen demasiado bien parados en el libro, los descendientes de aquellos que conocieron a la extravagante pareja han sabido sacar un buen provecho de su paso por allí.




Después de la desamortización de Mendizábal, la Cartuja pasó a manos privadas y fue lugar de vacaciones, especialmente para los habitantes de Palma. El monasterio es un interesante edificio rodeado de jardines y con un interesante legado. Alrededor del claustro se distribuyen las diferentes celdas, abiertas al visitante. En algunas de ellas se muestra como vivían los monjes y me ha recordado la reconstrucción de la celda de la Cartuja de Scala Dei, en el Priorat. Cuesta imaginar esa forma de vida, principalmente por el voto de silencio que hacían los cartujos y que sólo podían romper durante media hora a la semana en la biblioteca.
En el resto de celdas se exponen los pianos de Chopin y algunos manuscritos de George Sand. Otras estancias que me han parecido muy interesantes son la antigua farmacia y la biblioteca.
En una planta superior se encuentra ubicado el pequeño Museo de Arte Moderno con una importante colección de obras de Joan Miró quien vivió muchas temporadas en la isla.




A continuación, visitamos el contiguo Palacio del Rey Sancho, construido en el siglo XIV por el rey Jaume II. El edificio no es demasiado grande comparado con la idea que podemos tener de otros palacios. Consiste en una serie de salas distribuidas alrededor de un pequeño claustro. Conserva objetos y mobiliario de la época y se hace mención de dos ilustres personajes que allí vivieron: Rubén Darío y Jovellanos. El escritor nicaragüense vivió en Valldemossa en 1906 y en 1913 durante la etapa privada de la casa, invitado por sus propietarios, los Sureda. Cautivado por el ambiente monacal que aun se respiraba, escribió algunas de sus mejores obras. Aproximadamente un siglo antes (1801) había estado allí Jovellanos por un motivo bien distinto: el destierro. El que fuera Ministro de Justicia del Rey Carlos IV, fue desterrado por Godoy a la Cartuja de Valldemossa.
Para finalizar la visita, un mini concierto de piano interpretando música de Chopin, como no podría ser de otra manera.

A pocos pasos se encuentra el Mirador dels Lledoners desde donde se obtiene una bonita panorámica de los campos que rodean el pueblo.



Seguimos hasta la plaza de la iglesia, dedicada a Sant Bartomeu y justo en la calle contigua está la casa natal de Santa Catalina Thomàs, a quien los vecinos de Valldemossa tienen una auténtica devoción. Tanto es así, que casi todas las fachadas de las casas del pueblo lucen un azulejo con la imagen de su “santita” y una inscripción que dice “Santa Catalina Thomàs, pregau per nosaltres”, es decir, Santa Catalina Thomàs, rogad por nosotros. La entrada de la casa se ha adaptado como una pequeña capilla con la imagen de la venerada santa y donde se expone una copia del documento de beatificación.



Dejamos Valldemossa y una estrecha carretera trazada entre la Serra y el mar nos conduce al pequeño Puerto de Valldemossa. Son 6 kilómetros para disfrutarlos … si se puede ya que encontrarse con otro coche de cara puede suponer un pequeño apuro. La abrupta pendiente discurre por el llamado Pla del Rei, antiguamente también propiedad del archiduque Luís Salvador de Austria. La accidentada costa mallorquina esconde alguna que otra joya y el Puerto de Valldemossa es una de ellas.



La siguiente parada será Banyalbufar, que etimológicamente significa “construido al lado del mar”. Nos sorprenden los cultivos en terraza que ocupan una tercera parte del territorio ofreciendo una imagen de postal. El color piedra de los bancales, las “marjades”, contrasta con el intenso azul del Mediterráneo. Pequeñas balsas de forma triangular, adaptadas al terreno, almacenan el agua de los pozos. Banyalbufar siempre se ha dedicado a la agricultura y su malvasía es conocida en toda la isla. La mayor parte de viñas que regalaban ese delicioso elixir se fueron perdiendo pero gracias a la ilusión de unos pocos, concretamente cinco socios, se está recuperando la sabiduría de sus antepasados como ellos mismos reconocen.
Nos quedamos a comer en el pueblo y nos llama la atención el nombre de un restaurante:
“ Pegasón y el pajarito enmascarado”. Es uno de los restaurantes que se ha acogido a la XXVI muestra de cocina mallorquina y que, casualmente finaliza ese día. Diferentes restaurantes repartidos por toda la isla ofrecen auténticos platos de cocina mallorquina por el precio de 14€ por persona. Así pues, comemos de maravilla por un módico precio. Platos bien elaborados con ingredientes de calidad que nos permiten degustar esa rica gastronomía. Un 10 para el chef, en cuyo currículum consta El Celler de Can Roca.



Seguimos en dirección a Estellencs y nos encontramos la Torre des Verger, conocida también por la Torre de Ses Ànimes, una torre de vigilancia construida en 1579 y ubicada en un lugar estratégico desde donde se avistaba la llegada de los corsarios. Se puede acceder a la torre y es una buena oportunidad para conocer ese tipo de construcciones además de poder gozar de una de las mejores vistas de esta parte de la costa.



Llegamos a Estellencs, pero el calor a esa hora nos aplaca y no nos apetece pasear por las desérticas calles. Es mejor idea conducir unos pocos kilómetros hasta la Cala Estellencs donde desemboca el torrente de Son Fortuna, formando una pequeña cascada antes de llegar al mar.



Ya recuperados, emprendemos de nuevo ruta siguiendo la Ma10 en dirección a Andratx. Nos encontramos la carretera cortada y nos vemos obligados a volver a Banyalbufar y continuar por Esporles. Seguimos hasta Port d’Andratx pero esto ya nada tiene que ver con el ambiente de la Serra de Tramuntana, sus pequeñas calas y las cuestas empedradas. Aquí se respira un ambiente muy fashion, básicamente turista alemán. Port d’Andratx no tiene playa y por tanto no tiene grandes hoteles pero las montañas que lo rodean están tapizadas de mansiones. Es uno de los puertos más exclusivos de la isla y las embarcaciones de lujo compiten en belleza con las barcas de los pescadores. Yo me quedo con esas últimas. Paseamos sorteando las redes que nos recuerdan lo que un día debió ser.