miércoles, 25 de agosto de 2010

Kuching, la ciudad del gato

Nos despedimos de Kuala Lumpur y en apenas una hora y media de vuelo aterrizamos en Kuching, capital del estado de Sarawak, en la isla de Borneo.
Aunque el vuelo fue corto los minutos nunca me habían parecido tan infinitamente largos. Atravesamos una aparatosa tormenta eléctrica y daba la sensación de que íbamos esquivando los relámpagos hasta que una descarga provocó un fuerte coletazo al avión que dejó a todo el pasaje mudo de golpe. No tengo miedo a volar y acostumbro a viajar muy relajada pero en esas décimas de segundo pasaron mil cosas por mi cabeza y, a decir verdad, ninguna de buena. Cuando lo peor ya había pasado y el cielo empezó a despejar tímidamente, entre las nubes pudimos intuir la primera imagen de la isla.
El nombre de Borneo me evoca tierra de junglas interminables, ríos caudalosos, historias de cortadores de cabezas, bosques de manglares, islas de ensueño y zonas impenetrables, pero desgraciadamente la mano del hombre se ha dejado notar y de qué manera. La deforestación de la isla es un hecho y muchas hectáreas de selva se han convertido en muebles de maderas tropicales o, más recientemente, en plantaciones de palma aceitera. La primera sensación es de rabia contenida pero … ay que fácil es criticar y tener en la terraza una mesa de teka comprada por una miseria o maldecir mil veces a los que tienen poder, por permitir la tala indiscriminada cuando la palma aceitera es el único modus vivendi de una parte importante de la población. Y es que nosotros cuando viajamos queremos encontrarnos un Planeta virgen, salvaje, impoluto, de postal, porqué sólo tenemos derecho los occidentales a contaminar, arrasar nuestros bosques y a destrozar nuestro litoral.
Y por descontado que no apruebo esta política pero no me siento con ninguna autoridad moral para juzgar unos hechos que al fin y al cabo es lo que ha practicado a destajo el mal llamado mundo desarrollado durante décadas.
Paréntesis aparte y a pesar de esa realidad, Borneo tiene aun muchas cosas para mostrarnos y nosotros dispuestos a conocer algunas de ellas.




viernes, 20 de agosto de 2010

Kuala Lumpur y Cuevas Batu

Las 10 horas de vuelo de El Cairo a Kuala Lumpur pasan sin apenas enterarme. Últimamente, no sé por qué soporto bastante mejor los vuelos largos y, nunca mejor dicho, me pasan las horas volando. Y eso que el Airbus 330 de Egyptair que nos llevó hasta Kuala Lumpur tenía bastante que desear: Viejo, pantallas pésimas y el personal tampoco destacaba por su simpatía. La verdad es que poco me importa porqué me dejo caer en los brazos de Morfeo y cuando me despierto ya queda poco para el aterrizaje. Volar de noche tiene esa gran ventaja, al menos para mí.
El aeropuerto de Kuala Lumpur es impresionante, de diseño vanguardista, buenos servicios e instalaciones inmaculadas. Es bien cierto que un aeropuerto es la primera impresión de cualquier país y está claro que Malasia quiere gritar al mundo que está ahí, que es un país moderno, con un gran potencial y una capacidad de crecimiento enorme, en línea con sus vecinos del Sureste asiático. Después de pasar el tedioso control de pasaporte vamos en dirección al mostrador de reserva de taxis. Es una práctica común en Malasia, tanto en Malasia peninsular como en Borneo, que los taxis del aeropuerto cobren un precio fijo. Sólo hace falta acercarse al mostrador donde te preguntan el destino y el número de pasajeros y después de pagar la correspondiente tarifa te entregan un ticket con copia para el taxista. Hay varias opciones para desplazarse del aeropuerto al centro de la ciudad, tanto autobuses como el rápido, y también caro, KLIA Ekspres pero viajando tres personas el taxi sale a cuenta.
El trayecto del aeropuerto KLIA Internacional al centro de la ciudad tarda unos 45 minutos. Desde lejos ya se divisan las Torres Petronas, el emblema de la moderna Kuala Lumpur y seguramente la imagen más fotografiada.
Y hacia allí nos vamos sin entretenernos demasiado tiempo en el hotel. A pesar de que ya se ha puesto el sol, la primera sensación al salir a la calle es una bofetada de calor y humedad asfixiante que nos acompañará las próximas tres semanas. Pero ¡que bien aguanto el calor cuando estoy de vacaciones!. Desde el hotel hasta las Torres Petronas tenemos apenas 20 minutos andando y es muy fácil llegar hasta ellas porqué no las perdemos de vista en ningún momento.
Con sus 452 metros en 88 pisos fue el edificio más alto desde 1998 hasta finales de 2003, superado por el Taipei 101 en Taiwán, a pesar de que continúan siendo las torres gemelas más altas del mundo. Su increíble diseño es obra del arquitecto argentino César Pelli que supo evocar las tradiciones del arte islámico para rendir homenaje a la herencia musulmana del país. Entre los pisos 41 y 42 están unidas por una pasarela de doble altura conocida como Skybridge.



viernes, 13 de agosto de 2010

Mercados de Borneo, mil sensaciones

Antes de meterme de lleno con el relato del viaje, me apetecía hacer un pequeño paréntesis y dedicar un capítulo a una actividad -si puede llamarse así- que me encanta hacer en cualquier parte del mundo y además no cuesta dinero: visitar mercados (que no es lo mismo que mercadear, sinónimo de comerciar).
Los mercados son libros abiertos, museos vivientes, que nos ofrecen la posibilidad de conocer infinitos detalles sobre la manera de vida en una determinada población. Sólo es cuestión de andar con los ojos abiertos y la mente receptiva y seguro que la experiencia será muy enriquecedora.
Casi cualquier tipo de mercado me resulta interesante. Digo casi, porqué en realidad, los mercados o mercadillos de ropa no me entusiasman y acostumbro a dejarlos de lado. Mis favoritos, con diferencia, son los de productos alimentarios, que es donde se acostumbran a ver menos turistas o como mínimo donde acuden los locales a hacer sus compras cotidianas. Bueno, en algunos casos, como en el magnífico mercado de la Boqueria de Barcelona y si tengo que juzgar por el número de cámaras fotográficas que allí se ven, creo que el número de turistas debe superar ya a los locales, por lo menos en los meses de más afluencia de visitantes que coinciden además con los meses en que la mayoría de barceloneses están de vacaciones.
Colores, olores, el griterío de la gente … la vida y el frenesí que se respira en un mercado es difícil de encontrar en cualquier otro lugar de la ciudad. Como es obvio todos ellos tienen muchos puntos en común, pero en cada rincón de mundo tienen personalidad propia.
Me enamoran especialmente los mercados de los países árabes … Marruecos, Yemen, Jordania o Turquía, donde el aroma de especias embriaga y cada puesto es una auténtica filigrana, una obra de arte.
Por vistosidad ganan los mercados de algunos países latinoamericanos donde el color de las mercancías se confunde con el colorido de los vestidos de la población indígenas: Chichicastenango, Sololá, Antigua, San Juan Chamula…entre otros
Los africanos se presentan más desorganizados, más caóticos, pero encontramos en ellos un sinfín de raros artículos y fetiches que despiertan todo tipo de sensaciones: cuernos o cabezas de animales, piel de serpiente o cualquier otro ingrediente necesario para elaborar el fetiche según receta del brujo.
Por supuesto también acostumbramos a pasear por los mercados de cualquier ciudad europea. Algunos están ubicados en preciosos edificios que sólo por ello merecen una visita. Me gusta entrar también en los supermercados o tiendas de barrio y ver qué tipo de productos se consumen, las frutas y verduras, los embutidos y quesos e intento descubrir en las estanterías aceites, vinos y cavas de mi región.
En fin, que me he ido por las ramas y lo que iba a ser un comentario sobre algunos de los mercados visitados durante éste viaje veo que da tema para varios relatos.
Los mercados de los países del Sudeste Asiático, quizás no brillen con los colores de los mercados de Guatemala o Chiapas ni huelan a incienso o mirra como los zocos del Yemen pero se pueden encontrar en ellos productos difíciles de ver en otros lugares. La mezcla de culturas que conviven tanto en Malasia como en Singapur ha dado lugar a una rica y variada gastronomía con influencias chinas, indias o incluso tailandesas. A los asiáticos en general y concretamente a los malayos les encanta comer. Cualquier hora es buena para comerse un plato de arroz, un dim-sum o unos fideos, los deliciosos mee. En Singapur acudimos a las Jornadas Gastronómicas que se celebran anualmente y de las que ya hablaré, una buena ocasión para degustar algunos de los distintos platos.
Para un occidental ciertas especialidades nos resultan un poco extrañas por llamarlo de alguna forma: rollizos gusanos (que al fin y al cabo no se diferencian tanto de las gambas), enormes sapos, pescado seco, huevos negros llamados también huevos centenarios, nidos de vencejo para la elaboración de sopas … en fin, todo un mundo por descubrir y por saborear, aunque para ser sincera, de entrada me quedo con los fideos.

Algunas fotos de distintos mercados y productos de la zona:




viernes, 6 de agosto de 2010

Viaje a Malasia (Borneo), Brunei y Singapur


Tras más de dos meses sin dar señales de vida, aquí estoy de nuevo, con muchas cosas que contar aunque no demasiadas ganas de ponerme al frente del teclado.
Después de tres intensas semanas de viaje, estamos ya inmersos en la rutina. Los primeros días siempre me resultan algo extraños, será porqué el cuerpo está aquí pero los pensamientos y el alma se encuentran a muchos kilómetros. Sin embargo, al regreso de cada viaje ya nada es igual que antes porqué hurgando un poco bajo esa rutina aparente se esconden muchas experiencias vividas, nuevos recuerdos y miles de imágenes que pasan a formar parte de uno mismo.