lunes, 25 de octubre de 2010

Sandakan y Sepilok

Sandakan, esa pequeña ciudad con aires provincianos, fue un lugar próspero gracias a la industria de la madera y a otros productos considerados de lujo, como las perlas o los nidos de aves que se comerciaban desde Filipinas hasta la China.
Antes de la II Guerra Mundial, Sandakan era la capital del protectorado británico de Borneo del Norte, la actual Sabah, pero tras los intensos bombardeos tanto por parte de los aliados como por los japoneses, que la dejaron devastada por completo, la capital se trasladó a Kota Kinabalu -conocida entonces como Jefferson - a pesar de que había quedado también en un deplorable estado.
Tal como sucede con otras ciudades de Borneo como Miri o Kota Kinabalu, el interés turístico de Sandakan no radica en la ciudad por sí misma sino en sus alrededores y es que en la costa este de Sabah se concentran muchas de las riquezas naturales que la isla de Borneo nos puede ofrecer.
Cuando empecé con los preparativos del viaje y leí por primera vez el nombre de Sandakan, me recordó inevitablemente a Sandokán, el personaje de la novela del italiano Emilio Salgari cuya adaptación se ha llevado al cine y a la televisión en varias versiones. Sin embargo, la que mejor recuerdo fue la que protagonizó el interesante actor indio Kabir Bedi, cuya penetrante mirada atravesaba la pequeña pantalla -todavía en blanco y negro- del televisor. 

El llamado “Tigre de Malasia” era un príncipe de Borneo al que los británicos habían arrebatado el trono y asesinado a su familia y por ello había jurado venganza.
Parece ser que dicho personaje habría podido existir más allá de las pantallas. Hijo de una familia noble de Borneo que se enriqueció gracias al comercio de nidos de vencejo en la zona de las cuevas de Gomatong, altamente valorados en el mercado chino. Según la alemana Bianca Gerich que ha realizado varios viajes a Borneo intentando seguir el hilo, Sandokán vivió en el siglo XIX en la zona del río Kinabatangan y no es casualidad que la ciudad de Sandakan lleve ese nombre ya que algunos de sus descendientes vivieron allí.
Actualmente Sandakan es una ciudad bulliciosa y su actividad se concentra principalmente en el puerto y calles próximas, configurando un reducido espacio entre una colina recubierta de selva y el mar. Además de callejear se pueden hacer algunas visitas interesantes como la casa-museo de Agnes Keith, la escritora británica que vivió en Sandakan cuando era protectorado británico y su marido desempeñaba el cargo de conservacionista forestal de Borneo del Norte.



La casa está rodeada de vegetación y se encuentra sobre la colina gozando de unas increíbles vistas sobre la bahía. Durante algunos años, el edificio estuvo medio abandonado y llegó a ser sede de drogadictos, okupas, yonkis y prostitutas, pero una acertada restauración ha permitido devolverle el encanto que debió tener en sus mejores tiempos. Es una casa de dos pisos encantadora, donde además de diferentes recuerdos de la escritora se exponen objetos decorativos y mobiliario que, con un poco de imaginación, te trasladan a la época colonial ayudados por las fotografías en blanco y negro que cuelgan de las paredes. Básicamente son imágenes de la ciudad de Sandakan antes de la 2ª Guerra Mundial y muchas fotos familiares. En el primer piso se encuentra el salón – comedor y en el segundo piso el despacho y una gran habitación con la cama en el centro que ella describe en sus libros como un barco en medio del mar. En su libro “Land below the wind” relata sus años en Borneo pero se dio a conocer cuando Twentieth Century-Fox llevó a la gran pantalla su obra “Three came home” donde cuenta los años que pasó en los campos de concentración después de la invasión japonesa.



Dentro del mismo recinto y a poca distancia de la casa se encuentra la “Tea House Agnes Keith”. A pesar de su nombre, no se trata únicamente de una casa de té sino de un restaurante de lujo de la ciudad. Es un lugar encantador que parece más bien un decorado de Alicia en el país de las maravillas, con campo de cricket incluido. En el jardín se disponen unas cuantas mesas adornadas con orquídeas naturales y a pesar de los precios de escándalo, no podemos resistir la tentación de sentarnos en una de ellas frente a la bahía. 





Volvemos al centro y nos dirigimos al paseo marítimo. Las calles de los alrededores están saturadas de comercios de todo tipo, agencias de viajes que organizan tours por la zona, hoteles baratos, puestos de fruta y mucha animación. El paseo marítimo es agradable, lleno de pequeños restaurantes que nos podrían recordar cualquier pueblo del Mediterráneo. Hay mucho movimiento tanto de barcas de pescadores como de ferrys que transportan pasajeros a las islas cercanas a la ciudad o a Filipinas que está a un tiro de piedra.





Nos acercamos al Mercado Central, un edificio de aspecto bastante nuevo, limpio y bien cuidado. En la planta baja están los productos de alimentación y lo primero que se encuentra son las montañas de pescado seco que a pesar de su desagradable olor tanto gusta a los asiáticos. La fruta y verdura, como siempre, es lo que da el toque de color pero la zona donde se vende el pescado fresco no se queda atrás. La gente muestra orgullosa sus capturas y les encanta que saquemos fotos de sus puestos: enormes cangrejos, gambas y muchas especies que desconocemos, como unos peces de colores que parecen de acuario.
Comemos en uno de los restaurantes situados frente al mar y a pesar de que se escapa alguna gota disfrutamos del momento.






Después de comer decidimos visitar el Parque Conmemorativo de Sandakan, lugar donde se encontraba un campo de prisioneros de guerra japonés y punto de partida de las llamadas “marchas de la muerte” hacia Ranau. Se encuentra bastante alejado del centro y cogemos un bus público. Es la hora de salida de los colegios y el autobús nos pasea por diferentes barrios y urbanizaciones. Por lo que parece, van dejando a muchos pasajeros en la puerta de su casa y los 10 ó 12 kilómetros que pensábamos hacer en pocos minutos, los hacemos en más de una hora. El chofer, una agradable persona, está pendiente de nosotros y nos deja justo delante de la entrada del parque donde nos avisa que hemos llegado a nuestro destino. Se trata de un gran parque con un lago donde hay mucha gente practicando deporte y niños jugando a la salida de la escuela. Bajo los árboles se ven algunas máquinas medio oxidadas que corresponden a la época en que aquí se encontraba el campo de prisioneros. Al final de unas escaleras se encuentra el memorial y un monumento recuerda a las víctimas australianas y británicas que murieron y a los únicos 6 supervivientes australianos de los más de 2500 prisioneros que hubo en ese lugar.






En un pequeño edificio se muestra una exposición dedicada a los POW (prisoners of war), la situación de Borneo dentro del contexto de la 2ª Guerra Mundial, las condiciones de vida en el campo de prisioneros y las marchas de la muerte a Ranau, en que la mayoría de prisioneros no llegaron a su destino, debido a las deplorables condiciones de la marcha. Una interesante aunque triste lección de un capítulo gris de la Historia.  




Otra de las visitas que casi todo viajero realiza en esta parte de Sabah, es la del Centro de Rehabilitación de Orangutanes de Sepilok. Para ello nos alojamos en el cercano Sepilok Jungle Resort durante una noche, aunque se puede llegar cómodamente desde Sandakan en bus público después de unos 25 km de trayecto. El Centro está situado en una reserva de selva tropical llamada Kabili-Sepilok y ocupa unos 40km2. Los orangutanes huérfanos o heridos llegan al Centro donde les cuidan y preparan para ser reintroducidos en la selva. Dos veces al día, a las 10am y a las 3pm es el “feeding time” y les dejan fruta en una especie de plataformas de madera donde acuden algunos ejemplares mientras que otros ya no se dejan ver más por los alrededores. Siguen el mismo sistema que en el centro de Semengohh que visitamos cerca de Kuching, en Sarawak, aunque Sepilok es bastante más grande y quizás está más enfocado de cara al turismo. Eso tiene algunas ventajas pero también inconvenientes, como una mayor afluencia de público, ya que se trata de la segunda atracción de Sabah después del Monte Kinabalu, hecho que puede restar un poco de encanto al momento.





Así pues, con ganas de volver a encontrarnos con los grandes simios, poco antes de las 10 nos fuimos caminando hasta el Centro de Sepilok. El precio de la entrada es de 30RM por persona y 15RM para los menores de 18 años, además de 10RM por cámara de fotos o vídeo. Es un poco caro pero la entrada sirve para todo el día, lo que permite visitar el centro mañana y tarde, aumentando así, las probabilidades de ver orangutanes y demás fauna.  Unas pasarelas de madera que se introducen en la selva, conducen hasta el lugar donde se encuentran las plataformas. Esta hora es bastante concurrida y bajo un sol de justicia un numeroso grupo de turistas, al cual nos unimos, esperamos que se acerque alguno de ellos. Se hacen esperar, pero al final llegan unos pocos, especialmente ejemplares jóvenes, a buscar algunos plátanos y leche que les dejan en unos recipientes. Después de pasar una hora embobados con sus juegos y acrobacias seguimos las pasarelas en dirección a la salida. Además de los orangutanes hay posibilidad de ver diferentes especies animales, como ardillas voladoras, serpientes y algún que otro escandaloso cálao (hornbill). Seguidamente vamos a la sala de proyecciones donde vemos un encantador reportaje sobre los orangutanes y los proyectos del Centro de Rescate. En una sala contigua hay una exposición con magníficas fotografías acompañadas de una interesante información. Merece la pena no perderse ninguna de las dos actividades, las cuales complementan el encuentro con los orangutanes.






Volvemos al Sepilok Jungle Resort donde pasamos el resto de la mañana paseando por su bonito entorno. No se trata de un resort de lujo, ni mucho menos, pero sus jardines, su lago y todo lo que le rodea sí que son un verdadero lujo.







Después de comer volvemos al Centro de Rehabilitación de orangutanes y encontramos mucha menos gente que por la mañana, lo que es de agradecer. Cuando caminamos hacia las plataformas, un orangután sale inesperadamente y se acerca a nosotros. Han sido unos momentos para no olvidar y una de las sensaciones más gratificantes del viaje.








Aquí cerramos otra etapa para dirigirnos al este de Sabah, a la zona del río Kinabatangan, conocido como el regalo de Malasia a la Tierra.


miércoles, 6 de octubre de 2010

Kota Kinabalu y Parque Nacional Tunku Abdul Rahman

Dejamos atrás Brunei para pisar de nuevo territorio malayo. Después de un corto vuelo de apenas media hora, aterrizamos en el aeropuerto de Kota Kinabalu (KK) la capital y ciudad más grande del Estado de Sabah, al norte de la isla de Borneo.
Es una ciudad donde orientarse no resulta difícil, y es alrededor de la calle Julan Tun Razak, paralela al muelle, donde se concentra la mayor actividad.
A pesar de que a KK no se le reconocen demasiados atractivos, tiene el privilegio de encontrarse a tan sólo 83 kilómetros del Monte Kinabalu, que con sus 4.095 metros de altitud es la montaña más alta del Sudeste Asiático, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO junto con el Parque Nacional de Kinabalu, del que forma parte. El ascenso no es fácil para quienes no están preparados físicamente, como es nuestro caso, y por ello descartamos la idea de desplazarnos hasta allí.



La palabra “Kinabalu”, proviene de Aki Nabalu que en malayo significa “el lugar sagrado donde moran los muertos”. Ese es el nombre con el que se bautizó a la antigua Jesselton, arrasada dos veces durante la II Guerra Mundial.  
Estuvimos en KK únicamente dos noches y la utilizamos como ciudad de paso camino a Sandakan, Sepilok y posteriormente a la zona del río Kinabatangan y la verdad es que no le dedicamos demasiados esfuerzos. No tiene bellos edificios coloniales como Kuching, ni el encanto de ésta pero es una ciudad donde aparentemente se vive bien y el ambiente está garantizado. Hay infinidad de restaurantes y puestos de comida callejera cerca del muelle, en el llamado waterfront donde se ofrece pescado y marisco a buen precio, aunque sumergirse en la espesa humareda que se origina en las parrillas puede resultar algo incómodo. 


En el callejón Beach Street se respiran unos aires muy diferentes; los restaurantes y cafeterías se suceden uno al lado de otro y comparten la calle como espacio común donde se pueden escuchar grupos de música en vivo que animan la velada. Otro de los lugares ampliamente recomendado por la mayoría de viajeros hartos de fideos y arroz, es el restaurante Little Italy. Pero no sólo los extranjeros acuden al restaurante italiano sino que, como pudimos comprobar por las largas colas que se forman, a los malasios también les va la pizza & pasta.
Definitivamente, en KK se vive bien, la gente sale y se divierte … ésta es la sensación que nos llevamos de la capital de Sabah durante el poco tiempo que allí estuvimos.
Pero no abandonaríamos Sabah sin ver el Monte Kinabalu. Una semana más tarde cuando regresamos del río Kinabatangan, volamos de nuevo a KK para enlazar con el vuelo a Singapur. A pesar de que una neblina acostumbra a cubrir la cima, los dioses estaban de nuestra parte y durante el vuelo de Sandakan a Kota Kinabalu pudimos contemplar la majestuosidad de la montaña sagrada, esa gran masa granítica asomando por encima de la espesa vegetación selvática. ¡Impresionante!


De nuevo en Kota Kinabalu disponíamos tan sólo de cuatro horas antes de embarcar destino a Singapur… una eternidad si las teníamos que malgastar en el aeropuerto. Así que, dejamos el equipaje en consigna por el módico precio de 5RM por paquete y nos aventuramos a conocer alguna cosa más de KK. Cogimos un taxi con destino al Museo de Sabah, un enorme complejo cuya recomendable visita nos ocuparía todo el tiempo del que disponíamos. Es un museo muy completo que recoge variada información sobre el Estado de Sabah, especialmente sobre las distintas etnias que lo habitan, trajes tradicionales, monedas, cerámicas, antigüedades y otros objetos repartidos en dos plantas. Una sección especial llamada túnel del tiempo, recoge las huellas de la Historia de Sabah pasando por la época colonial, por la II Guerra Mundial hasta su independencia y adhesión en 1963 a la Federación de Malasia. En el hall de entrada se exhibe el enorme esqueleto de ballena que se encalló en la cercana isla Pulau Gaya hace algunos años y que está registrado incluso en el libro Guiness de los Récords.  
Una de las zonas más amenas es la llamada Aldea Patrimonial situada en unos grandes jardines a los que se accede cruzando un lago lleno de nenúfares (y también de mosquitos) sobre un puente colgante. Sin ser tan turística como la Aldea Cultural de Sarawak, sigue su mismo estilo: Diferentes modelos de viviendas tribales, como casas de bambú kazadan, una granja china, una casa típica de Brunei, algunas longhouses, cabañas donde se procesaba la caña de azúcar o la resina… un lugar realmente entretenido para dedicarle unas horas.











Una de las excursiones más solicitadas desde Kota Kinabalu, tanto por turistas como por locales es la visita a las islas del Parque Nacional Tunku Abdul Rahman (TAR). El Parque está formado por cinco islas: Manukan, Gaya, Sapi, Mamutik y Sulug y los arrecifes que las separan, en un total de 49 km2. La cercanía a la ciudad hace que sea un buen lugar para ir a pasar el día, por lo que se aconseja evitar el fin de semana si a uno le gusta la tranquilidad.




A pesar de este sabio consejo, era sábado el día que visitamos el Parque Nacional. Varios grupos de amigos, familias con niños y algunos turistas, habíamos tenido la misma idea para aquel caluroso sábado del mes de julio. Dejándonos aconsejar por la recepcionista del hotel, nos decidimos por las dos islas más pequeñas: Pulau Sapi y Pulau Mamutik. Según nos comentó, Pulau Manukan es la más frecuentada al ser la que ofrece una gama más amplia de servicios.
Llegar hasta las islas es muy fácil y está todo bien organizado y montado cara al turismo. Se accede a cualquiera de ellas en lanchas que parten de la terminal de ferries de Jefreys point. En el edificio de la terminal se compra el ticket para visitar las islas de interés y se pagan también las correspondientes tasas. Allí mismo se puede alquilar el equipo de snorkel.



En menos de 15 minutos ya nos encontrábamos en Pulau Sapi, una pequeña isla de tan sólo 0.1km2. Al llegar, pagamos los 10RM por persona por la conservación de los Parques Nacionales (6RM para menores de 18 años) que autorizan el acceso al resto de islas. Es la hermana pequeña de Pulau Gaya a la que se puede llegar caminando cuando baja la marea. Tiene un pequeño restaurante y la posibilidad de realizar bastantes actividades. Después de aposentarnos, nos lanzamos al snorkel sin demasiado éxito. Sus transparentes aguas mostraban un fondo coralino muy deteriorado. Me decepcionó encontrar bastante suciedad, latas vacías, trozos de botellas rotas … una verdadera lástima.
En la pequeña playita cerca del embarcadero es donde se queda la mayoría de la gente pero
el resto de la isla está prácticamente desierta y merece la pena alejarse un poco para gozar de más tranquilidad.











A las 12 quedamos con el chico de la lancha que nos pasaría a recoger por Pulau Sapi para llevarnos a Pulau Mamutik, que con tan sólo 6 hectáreas es la isla más pequeña de las cinco; una vuelta alrededor de la isla no lleva más de 20 minutos.
A pesar de su escaso tamaño, también dispone de algunos servicios. Tiene bonitas playas y según dicen, los mejores arrecifes de coral de la orilla oriental. Era la segunda vez que practicábamos snorkel, la primera fue en Belice y es como comparar un huevo a una castaña, pero en Pulau Mamutik la experiencia resultó mucho mejor que en Pulau Sapi. Otro aliciente era poder ver alguno de los enormes aunque inofensivos varanos que habitan la isla. No fue difícil encontrarnos con ellos ya que se acercan a la playa para buscar restos de comida en los contenedores. Estos grandes reptiles que pueden alcanzar hasta los 3 metros se caracterizan por tener una gran mandíbula y una larga lengua que, como las serpientes la utilizan como medio olfativo para buscar a sus presas o detectar peligros. Se alimentan de insectos e invertebrados pero su insaciable apetito les obliga a comer cualquier cosa. En realidad, varano es el nombre común que se da a ese género de lagartos que comprende 30 especies diferentes, siendo el dragón de Comodo  el lagarto más grande del mundo.





Una inesperada lluvia de media tarde puso fin a nuestro día de playa en el Parque Nacional Tunku Abdul Rahman.