viernes, 25 de marzo de 2011

La Camarga

Nuestro viaje por la Provenza llega a su fin. La última etapa la dedicamos a la Camarga que, a pesar de formar parte de la misma región, sus paisajes desolados, terrenos pantanosos y su personalidad tan específica constituyen un mundo aparte que difiere mucho de la estampa provenzal. Las montañas, bosques de robles y campos de lavanda dan paso a grandes llanuras donde pastan los caballos blancos autóctonos y los toros, ambos símbolos de la Camarga. Situada entre los Departamentos de Bocas del Ródano y del Gard, forma el delta de río más grande de Europa Occidental. Geográficamente está encajada entre los dos brazos del Delta del Ródano y el Mediterráneo, limitando de forma casi triangular al Oeste con el Pequeño Ródano y al Este con el Gran Ródano.
Por su clima y características, acoge una gran cantidad de aves, entre las que destaca el flamenco rosa que pasa los inviernos en sus extensos pantanos. Pero su imagen no tan sólo se asocia a las aves, también al caballo y al toro.



En los pastos cenagosos se crían los caballos y los toros medio salvajes camargueses.
Se dice que los célebres caballos blancos de la Camarga descienden de aquellos caballos salvajes que poblaban la Galia en tiempos prehistóricos y que aparecen en las pinturas rupestres de Lascaux; otros, sin embargo, le atribuyen un origen norteafricano y hay quienes hablan de una procedencia tibetana. Son unos caballos enanos, con un lomo de hasta 145 cm de altura, que se introdujeron principalmente en la agricultura pero actualmente se emplean para realizar paseos turísticos. Sus pezuñas anchas y duras, las cuales no necesitan herraduras, son ideales para los terrenos pantanosos. Es curioso porqué esos caballos nacen con el pelo negro y a los seis meses aproximadamente, su pelaje adopta el color característico gris plateado.


Los toros, con sus cuernos en forma de lira, se crían para las corridas provenzales, llamadas férias o courses camargaises, en las que no se da muerte al animal.
Los vaqueros, gardians, con sus típicos sombreros negros de ala ancha, son unos jinetes excelentes que vigilan los rebaños de toros y equinos, las manades, montados a caballo.




En cuanto a los cultivos, el arroz es el producto que mejor se ha adaptado a las condiciones de la Camarga y se ha convertido en el primer productor europeo de este cereal.
Las dos mayores ciudades de la región son Les Saintes-Maries-de-la-Mer y la preciosa ciudad amurallada de Aigües Mortes.
Se trata de una zona muy turística que ofrece una gran variedad de actividades y largas playas de arena dorada. Aunque la oferta es amplia, en verano cuando los franceses bajan al sur en busca de su tan añorado sol puede ser difícil encontrar alojamiento sin reserva previa.
En invierno es otra historia y se puede disfrutar de sus paisajes con pocos agobios.
Me ha recordado en muchos aspectos el Delta del Ebro, quizás por los pueblos de casas blancas de una sola planta o quizás por las extensiones de terreno donde no se ve ni una triste colina.
A los pocos kilómetros de dejar atrás Arlés el paisaje ya cambia de forma clara y se empiezan a ver las grandes llanuras. Tampoco tardamos mucho en poder ver caballos y toros, muchos más caballos que toros. La carretera está llena de alojamientos tipo gîtes o chambres d’hostes, lo que vendrían a ser los Bed & Breakfast o nuestras casas de turismo rural donde también se ofrece venta de los productos de la región y paseos a caballo.
Llegamos a Saintes-Maries-de-la-Mer y a simple vista parece que el pueblo en sí no tiene demasiados atractivos turísticos, destacando tan sólo el bonito campanario en espadaña de la iglesia parroquial y algunos rincones con esculturas que realzan los elementos de la región: un caballo blanco, un toro, un picador, los flamencos...



No sé si será por el frío o porqué es sábado pero las calles están vacías y los locales aun cerrados. 
Paseamos hasta el pequeño puerto donde se encuentra la plaza de toros. A juzgar por el gran número de restaurantes, cafeterías y bares me hago la idea de como debe estar este puerto en pleno verano, pero a estas horas de la mañana tan sólo vemos un pescador trajinando con sus redes. El puerto continúa con una playa larga. Parece ser que el aire que sopla no es casualidad, pues la playa está llena de paravientos donde resguardarse.







Les-Saintes-Maries-de-la-Mer debe su nombre a María Jacobea, hermana de la Virgen María, María Magdalena y María Salomé, madre de los apóstoles Juan y Santiago. También a la sirviente egipcia Sara se la relaciona con el pueblo. Según la leyenda, en el año 40dC, aquellos cristianos llegaron sanos y salvos a esta costa desde Palestina a bordo de una pequeña embarcación sin vela. En agradecimiento, levantaron una capilla a la Virgen y María Jacobea, María Salomé y Sara se quedaron para evangelizar Camarga. Tras su muerte, las tres mujeres se convirtieron en personajes de culto y se instauró una peregrinación a este lugar. En el siglo IX y ante la amenaza de los sarracenos, se construyó una iglesia fortificada para substituir la humilde capilla original. Se asemeja a un potente bastión debido al adarve que rodea todo el edificio y que se añadió con posterioridad en el siglo XIV.



Desde el siglo XIX alberga los relicarios de las tres Marías que se encuentran en una cripta construida en el coro para tal fin.
La criada Sara es venerada también como patrona de los gitanos ya que según la tradición pertenecía a esta etnia y es objeto de una gran peregrinación anual que dura dos días y dos noches, el 24 y 25 de mayo.
Nos dirigimos hacia Aigües Mortes que se encuentra a poco más de 30 kilómetros. Circulamos por una carretera local muy tranquila que nos permite disfrutar del paisaje e ir haciendo paradas para acercarnos a las manadas de caballos.


Aigües-Mortes está situada en medio de un área de lagunas de sal y canales en los que el Ródano se funde con el mar. Ciudad portuaria en su origen, actualmente se encuentra ubicada tierra adentro, a ocho kilómetros de la costa. El pueblo se fundó en 1241 y se construyó en zona de marismas, salinas y lagunas por lo que su mismo nombre “aguas muertas” hace referencia al lugar.








El rey francés Luís IX el Santo adquirió terrenos a los monjes con la intención de fundar un puerto propio en el Mediterráneo. En 1248, 35.000 hombres embarcaron en 1500 naves camino de la Séptima Cruzada por la liberación de Jerusalén.
Es un pueblo precioso rodeado de murallas que se han mantenido casi intactas. La ciudad se fortificó en 1272 y quedó acabada a finales de siglo bajo el reinado de Felipe IV el Hermoso. Apenas medio siglo más tarde los cauces empezaron a cubrirse de arena y el puerto quedó inutilizado quedando la ciudad prácticamente olvidada. Gracias a ello se ha conservado en perfecto estado el recinto amurallado. Cruzando la entrada se descubren callejuelas entrelazadas que llegan a la plaza central presidida por la estatua de San Luís, patrón de la ciudad. Encontramos bastante más ambiente que en Saintes Maries y sus calles están llenas de tiendas de recuerdos y productos provenzales, lavandas y jabón de Marsella, aceite de oliva, vino y artesanía.







Perviven algunos ejemplos del donjón francés, es decir, de la torre habitable. Por un lado se trata de una fortificación, mientras que por el otro, aloja una zona de vivienda.
La ciudad forma un rectángulo regular de unos 570 por 300 metros de extensión con torres circulares que protegen la muralla en distintos tramos, desde donde los arqueros podían hacer blanco a cualquier agresor.
Los caballos, han estado siempre ligados a la historia y leyenda de la antigua Aigües- Mortes. A los niños se les dice que, si se portan mal, vendrá el temido Lou Drape y se los llevará. Se trata de un caballo que merodea de noche por la zona amurallada y su grupa puede alargarse hasta dar cabida a 100 niños traviesos a los que se llevará a las marismas para comérselos.  







Salimos por una de las puertas de la muralla y divisamos una línea de colinas blancas: se trata de las salinas. Es la zona productora de sal de todo el país y la principal industria de la región después de la turística. Las salinas de Peccais, fueron propiedad del abad de Psalmody y de los señores de Uzès y de Almargues. En 1275, Philippe Le Bel compa a Bermon de Uzès las tierras de Peccais. A finales del siglo XVIII había 17 salinas, de las cuales las del abad y las salinas de los caballeros de San Juan de Jerusalén eran explotadas por la Iglesia, mientras que el resto eran explotadas por distintos propietarios. En 1856, la Compañía de Salines de Midi, compra las salinas y funda la razón social “Compañía de las Salinas de Midi (CSM)”.
De Aigües Mortes nos dirigimos al pueblo de Le Grau du Roi donde observamos un buen grupo de flamencos. 





Volvemos a Saintes Maries de la Mer con la intención de comer y ahora sí que parece que todo el mundo se ha despertado: mucha gente por la calle y los restaurantes llenos. El mercado ambulante que se encuentra en la plaza del Hotel de Ville está recogiendo ya sus puestos. Comemos una buena ensalada camarguesa, unos deliciosos mejillones y un meloso estofado de carne de toro, especialidad de la casa y de la región, claro está.


Al salir del restaurante, escuchamos música de sevillanas que llega de la Plaza del Ayuntamiento. Un grupo de gitanos han montado un espectáculo y en pocos minutos se han hecho su público. En mayo, cuando se reúnen a miles para venerar a su patrona Santa Sara, se debe montar un sarao digno de admirar. Mientras, un grupo de abuelos ajenos al jolgorio, juegan su partida de petanca, el deporte nacional francés, sin hacer el mínimo caso de los bailes y cantos de los gitanos. Con esa alegría en el cuerpo que contagian las sevillanas, nos despedimos de Saintes Maries y de la Camarga para emprender el camino de regreso a casa.




La Camarga esconde sorpresas que sorprenden a los visitantes para mostrarse tal como es: sencilla y auténtica, sin pretensiones, con tradiciones y una cultura muy particular, gente alegre y amable, amantes de la fiesta y el buen vivir.

sábado, 19 de marzo de 2011

Marsella, una ciudad con carácter

Viajar a Marsella no se encontraba dentro de nuestras preferencias a corto plazo, pero el cambio de planes debido a la huelga inesperada de los controladores aéreos, nos facilitó el camino hasta la segunda ciudad más poblada de Francia. Es complicado organizar la visita en un solo día para una ciudad que requiere una semana como mínimo, pero lo que está claro es que hay que escoger y no intentar obsesionarse con querer abarcarlo todo en pocas horas.

Puerto viejo y Basílica de Nuestra Señora de la Guardia al fondo

Puerto viejo
Los lugares que no queríamos perdernos eran el Viejo Puerto, el barrio de Panier y la Basílica de Nôtre Dame de la Garde. Dejamos el coche en un aparcamiento céntrico de la Cours de St Julien y ya nos olvidamos de él durante el resto del día.
Desde siempre, esta metrópoli portuaria se ha visto envuelta en estereotipos no demasiado positivos que no hacen justicia a su historia ni a su riqueza cultural de hace casi 3000 años. Marsella, fundada con el nombre de Massalia hacia el año 600 por unos marineros griegos procedentes de la ciudad jónica de Focea, fue en sus orígenes un destacado asentamiento comercial. La situación era inmejorable ya que la bahía formaba un puerto natural protegido.

Sobre sus orígenes existe, como no podía ser de otra manera, una bonita leyenda. Ésta cuenta que los griegos desembarcaron en el momento en que Gyptis, la princesa ligur de la localidad, se disponía a elegir consorte entre un grupo de candidatos dispuestos en círculo. En un inesperado gesto, posiblemente para evitar derramamiento de sangre entre sus conciudadanos, la joven ofreció la copa que señalaba la elección, a Protis, el capitán de la expedición griega. De aquella unión surgió una floreciente colonia mercantil a la que se llamó Massalia.
En el siglo XIX, cuando los muelles de la ciudad eran la puerta de entrada de riquezas procedentes de las colonias de Asia y África, se vivió la época más próspera, con edificios que han permanecido hasta nuestros días como muestra de aquellos días de esplendor.
Pero a lo largo de los siglos, la historia de Marsella es la historia de su mar, de su Mediterráneo y Nôtre Dame de la Garde, su Virgen que protege desde lo más alto de la ciudad, a todos los marineros que navegan en sus aguas.
Puerto Viejo y Fuerte de San Nicolás
Sus habitantes han pasado momentos de gran esplendor y también de gran amargura, lo que les ha ido marcando una fuerte personalidad y un carácter independiente que distingue a los marselleses.

Puerto Viejo
Bajamos por la calle Canebière que desemboca en el puerto viejo, le Vieux Port. La calle Canebière es la más famosa de la ciudad, inmortalizada en una canción que, para ser sincera, no la había escuchado nunca anteriormente. El edificio de la Bolsa (que actualmente alberga el Museo de la Marina), magníficos edificios como antiguos hoteles emblemáticos convertidos ahora en compañías de seguros o entidades bancarias y diferentes palacios del siglo XIX dan un aire elegante a esta gran avenida. En esta época del año es donde se monta el Mercado de Navidad, con varios puestos de santones, jabón de Marsella, artesanía y otros productos de la Provenza. Marsella se abre magnífica al mar y su puerto viejo abandonado y en decadencia durante años, queda ahora integrado dentro de la ciudad formando un gran rectángulo con edificios a ambos lados.

Edificio de la Bolsa. Canebière
Aunque hay otros puertos dedicados al tráfico de mercancías y de pasajeros, le Vieux Port es el más pintoresco. Las embarcaciones deportivas y los barcos de pesca comparten las mismas aguas y desde aquí sale el transbordador que va al pequeño islote donde se encuentra el Château d’If del que, se dice, escapó el Conde de Montecristo.
Caminamos de punta a punta por el Quai du Port, con el antiguo Ayuntamiento (s. XVII) como edificio más representativo. El aire es gélido pero no nos impide llegar hasta el final donde se encuentran los edificios portuarios, tales como las antiguas aduanas o la intendencia sanitaria. Este edificio del 1719 disponía de los médicos y personal sanitario que controlaron hasta finales del siglo XIX, todos los barcos que entraban en el puerto de Marsella. Este edificio se utilizó como modelo para el resto de los grandes puertos del Mediterráneo. En el extremo, se levantan dos fortalezas, antiguas defensas de la ciudad: San Nicolás a la izquierda y San Juan a la derecha, sede de los Caballeros de la Orden de Malta durante unos cuantos siglos. Tal como recuerda una inscripción en la fachada, en este lugar se alojaron desde el siglo XII hasta el siglo XVII, los Caballeros de la Orden soberana de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. 

Edificio intendencia sanitaria. Puerto Viejo
Deshacemos el mismo camino hasta el Quai de la Fraternité, donde la Canebière se funde con el Vieux Port y donde cada mañana acuden a su cita los vendedores de pescado. Muy cerca de aquí se encuentra la bien dotada Oficina de Turismo donde recogemos un completo mapa y buenos consejos.
Para llegar hasta la Basílica de Nuestra Señora de la Guardia, se puede utilizar el autobús urbano pero decidimos coger el “Petit train”, un trenecito turístico que parte del Puerto Viejo y circula por el Quai de Rive Neuve, pasando por la Abadía de San Víctor - la más antigua de la ciudad – y por la corniche John F.Kennedy o carretera de la costa que va siguiendo los acantilados con magníficas vistas sobre las islas cercanas. La Corniche, auténtico balcón sobre el Mediterráneo, da comienzo en la playa des Catalans y termina en la del Prado, la principal. Aquí se pueden ver diferentes palacetes construidos en el siglo XIX por ricos propietarios que amasaron su fortuna con los negocios o como armadores de barcos comerciales.
Aunque el recorrido está muy bien y me imagino que en verano debe ser una delicia, cuando llegamos a Nuestra Señora de la Guardia estamos completamente congelados. Este mirador a 162 metros sobre el nivel del mar, se trata del mejor sitio para contemplar Marsella y sus alrededores.

Basílica de Nuestra Señora de Guardia

Las vistas de la ciudad nos muestran un perfil monótono, monocolor, el color de la piedra calcárea blanquecina, típica de la región. Se distinguen el Palacio de Longchamp, la Vieja Caridad y la Catedral.



Château d'If. 
La basílica es muy bonita, especialmente su interior recubierto de mosaicos bizantinos y una imagen de plata de la Virgen y el Niño, en el altar mayor. Tiene sus orígenes en 1214, pero su aspecto actual románico-bizantino se debe a Espérandieu, uno de los arquitectos franceses más populares de la segunda mitad de siglo XIX.
Está decorada con diferentes barquitas que cuelgan del techo, donaciones de los marineros como agradecimiento a su muy venerada Virgen.
La gran imagen de la Virgen, está situada en la parte más alta de la torre bendiciendo la ciudad y el puerto. Está cubierta de pan de oro y mide 9 metros y 72 centímetros. Hay constancia de la existencia de una capilla dedicada a la Virgen en el siglo XIII pero su importancia estratégica la toma en el siglo XVI con la construcción de un fortín para Francisco I. Como símbolo de la ciudad, es con la toma de la Basílica, el 25 de agosto de 1944 que se lleva a cabo la liberación de Marsella.

Interior de la Basílica



De cara abajo, el recorrido se nos hace más corto y llegamos al mismo punto de partida. Es hora de comer y en Marsella hay que probar la bullabesa, una especialidad que se debe a las mujeres de los antiguos pescadores, que utilizaban el pescado que sus maridos no habían logrado vender. La receta, en lo que respecta a sus ingredientes fundamentales, sigue siendo casi las misma de entonces. Nos sirven una gran cazuela con caldo, mejillones y filetes de diferentes pescados, elaborado con tomate, vino blanco, hinojo y azafrán. Se sirve con pan tostado, alioli y queso rallado. No está mal pero echamos en falta alguna gamba, algún calamar …

Sopa bullabesa
Dedicamos gran parte de la tarde a recorrer Le Panier, el barrio antiguo de la ciudad, en la colina norte del Puerto Viejo y el que mejor refleja el ambiente multiétnico de Marsella.
Partimos desde el viejo Ayuntamiento y lo volteamos hacia la plaza Daviel (plaza de la Ley bajo la Revolución) donde durante la Revolución se hacían los juicios públicos desde el balcón del Pabellón Daviel en el mismo edificio del ayuntamiento. Daviel es el nombre de un hijo ilustre de Marsella, un famoso oftalmólogo que realizó la primera operación de cataratas, en 1745.

Pabellón Daviel. Ayuntamiento Viejo
Mosaico en Le Panier

Desde aquí, cogemos la subida des Accoules hasta la Place des Moulins que, como el nombre indica, había diferentes molinos que trabajaban con la fuerza del aire. En el siglo XVI se contabilizaron hasta quince, pero el número fue decreciendo con la utilización del agua como fuerza motriz y ya en el siglo XIX sólo quedaban tres de ellos. Aun son visibles los restos de dos de estos molinos. A mediados del siglo XIX se demolieron algunos edificios y quedó la plaza tal como se encuentra actualmente, una típica plaza provenzal.





A pesar de que se nota el gran esfuerzo de las autoridades locales en sanear y rehabilitar ese particular barrio de Panier, hay mucho trabajo por hacer. Es agradable pasear por sus calles estrechas, empinadas, con escaleras y llenas de color pero la realidad es que la decadencia se nota en cada esquina. Locales cerrados, pintadas por todas partes y bastante sucio, con una población inmigrante y marginal que ocupa las destartaladas viviendas. Intento captar con la cámara de fotos estas sensaciones con sabor a tiempos pasados pero con esperanza puesta en el futuro.









Seguimos hasta el edificio de la Vieja Caridad, catalogado como Monumento Histórico el día 29 de enero de 1951. Pierre Puget inició su construcción en 1655 para que fuera un hospicio para mendigos, pobres y huérfanos de la ciudad después de guerras y frecuentes períodos de hambruna en la segunda mitad de siglo XVII. Se caracteriza por el contraste entre las austeras fachadas exteriores y las fachadas interiores con bonitas arcadas de tres pisos y galerías. La capilla central del patio es una pura expresión del barroco y representa una proeza arquitectónica con su cúpula elíptica. En la actualidad se encuentran dos museos, que de alguna forma rinden homenaje a los lazos con ultramar: el Arqueológico del Mediterráneo y el dedicado a las Artes Africanas, Oceánicas y Amerindias.

La Vieja Caridad

La Vieja Caridad

La Vieja Caridad
Bajando por la Vieja Caridad, a la orilla del mar se levanta la Catedral, un suntuoso edificio construido entre 1852 y 1893 en estilo románico bizantino. Su interior impone respeto por sus descomunales dimensiones y por su soledad: nosotros dos, un par de viejecitas y un vigilante … muy poca gente para tanta iglesia. Es evidente que el esplendor vivido en el siglo XIX canalizó el deseo de construir esta gran obra.

Catedral




Dejamos Le Panier con una sensación agridulce, como acostumbra a ocurrir en todos los barrios antiguos de cualquier ciudad.
Paseamos por la Rue de la République, una amplia avenida comercial y damos una vuelta por el mercado de Navidad donde no podemos olvidar comprar jabón de Marsella. A pesar de que la base es la misma, los hay con diferentes aromas y colores. Me los llevaría todos pero debo controlarme. Compro el de jazmín, naranja, rosa, aloe vera, lila y mimosa … para todos los gustos.

Mercado de Navidad
Jabones de Marsella

El jabón de Marsella aparece en el siglo XV y se prepara con aceites vegetales, básicamente de oliva, y una mezcla de huesos (ricos en potasio). A principios del siglo XVIII existían en Marsella 30 jabonerías trabajando a pleno rendimiento, las cuales exportaban su producto al norte de Europa, Inglaterra y al Imperio Turco. En la actualidad sólo sobrevive una de ellas que sigue elaborando el jabón de forma artesanal y con ingredientes naturales.


Nos despedimos de ese rincón del Mar Mediterráneo, que han hecho suyo los distintos pobladores que por aquí han pasado. Primero los griegos y romanos, seguidos por catalanes, aragoneses, corsos y genoveses para dar paso a la nueva inmigración, un gran crisol de mestizaje que caracteriza a esta gran ciudad.