martes, 31 de enero de 2012

En dirección a la costa: Kampot, Kep y Koh Tonsay

La siguiente etapa del viaje nos lleva a la costa de Camboya. El país se asoma al mar por el Golfo de Tailandia con 443 km de línea de costa y algunas de sus islas, tales como Koh Tonsay, Koh Russei, Koh Rong o Koh Rong Samloem son tan exóticas como las de su vecina Tailandia. Eso sí, que nadie espere encontrar resorts de lujo, ni palafitos clavados en sus transparentes aguas, ni grandes comodidades. Hasta el momento y, por desgracia parece que por poco tiempo, las islas camboyanas están aun bastante vírgenes en lo que se refiere al turismo, incluso las más cercanas al continente como puede ser Koh Tonsay, conocida también como Rabbit Island. Digamos que el centro vacacional del país se encuentra en Sihanoukville, donde parece ser que hay una buena oferta de hoteles, restaurantes y lugares de ocio nocturno. No puedo opinar acerca de esta ciudad porqué lo que hemos leído sobre ella y los comentarios de otros viajeros, no nos acaban de convencer y la dejamos de lado. Por tanto, los planes iniciales de llegar hasta allí para saltar a alguna de las islas, los cambiamos por Kampot, Kep y Koh Tonsay. 
Llegar a Kampot desde Kratie nos lleva casi todo el día. En transporte público no hay servicio directo, por lo que nos vemos obligados a parar en Phnom Penh.
De Kratie a Phom Penh viajamos en minibús a través de unos ya familiares paisajes verdes de campos de arroz, palmerales y lagos con nenúfares. Tras cuatro horas llegamos a PP donde aprovechamos para comer en uno de los muchos restaurantes que hay alrededor del mercado central. El autobús de la compañía Sorya se retrasa más de una hora y llegamos a Kampot a las 5 de la tarde, tras otro trayecto de cuatro largas horas con sus correspondientes paradas en ruta, para realizar unos escasos 150km que separan ambas ciudades. No muy lejos de la estación de autobuses se encuentra una calle con varias guesthouses y pequeños establecimientos. Nos quedamos en Orchid guesthouse, en el único bungalow que les queda libre. El lugar es agradable, lleno de flores, especialmente orquídeas tal como indica su nombre y también bugambilias. En un edificio anexo hay una pequeña agencia de viajes gestionada por el mismo dueño donde contratamos las excursiones que haremos los próximos dos días.
Después de tantas horas de viaje, nos apetece caminar y nos acercamos hasta la ribera del río.
Kampot no tiene mar pero a tan sólo 30 km se encuentra Kep, conocida anteriormente como Kep-sur-mer, lugar escogido por los franceses a principios de siglo XX como estación de salud para los miembros y familias del gobierno de la colonia y también muy popular entre la alta sociedad camboyana. Kampot se encuentra a orillas del río Kamchay que conecta con el mar hacia el sur y con el Parque nacional de Bokor hacia el norte, donde actualmente se está llevando a cabo un ambicioso plan hidroeléctrico.
Kampot es una ciudad de ritmo pausado, de calles sin asfaltar y poco iluminadas.
Y es que en Camboya la energía se paga a un alto precio, precio que no pueden costearse la mayoría de familias ni tampoco los municipios.
Como ya hemos ido viendo en otras ciudades del país, la vida se concentra en la ribera del río. Allí están la mayoría de restaurantes y bonitos locales donde poder tomar una cerveza o un delicioso batido de frutas mientras va cayendo el día.


Antiguo puente sobre el río Kamchay en Kampot 


No hay mucho turismo en Kampot, ya que la mayoría pasan de largo para dirigirse a la fiestera Sihanoukville. Tampoco tiene demasiado que ver, ni museos, ni templos, ni palacios. Sólo lo que queda de antiguas mansiones coloniales, algunas reconvertidas en acogedores hoteles y otras en ruinas. Sin embargo, desde aquí se pueden organizar interesantes excursiones, como la del Parque Nacional de Bokor en la Montaña de los Elefantes al que dedicamos todo el domingo.
Tal como he comentado, contratamos la excursión al Parque Nacional en la pequeña agencia que gestiona el mismo dueño de la guesthouse donde nos alojamos. Es la mejor manera de acceder a la zona, ya que aunque parezca difícil de entender, el Parque se encuentra en una propiedad privada. El dueño es el multimillonario propietario del grupo Sokimex, al que pertenecen la mayoría de gasolineras que se ven repartidas por todo el país y el mismo que explota los Templos de Angkor. Hace algunos años compró nada menos que 140 km2 del Parque Nacional de los cuales 5 km2 están destinados a la construcción de un resort de lujo.
El minibús se llena con una variopinta representación europea: una pareja de ingleses de Kent (él con un gran interés en aprender español cuyo vocabulario mezcla con el portugués que aprendió en Mozambique). Otra joven inglesa de origen indio, una chica muy culta y viajada que había aprendido algo de español en Argentina pero que tiene ya muy oxidado. Un extrovertido chico holandés que a los pocos kilómetros ya conoce el origen de cada uno de nosotros y los motivos de nuestro viaje. El caso totalmente opuesto, un rubio finlandés que tan sólo el holandés consigue que suelte alguna palabra. El fumador empedernido alemán que se ahoga constantemente y aun así no deja de encender cigarrillos. Las dos antipáticas alemanas (una de origen lituano), una pareja joven de franceses bastante discretos y una pareja majísima de polacos que a su corta edad, han viajado y trabajado en varias partes del mundo. En esos momentos trabajan en Vietnam y están aprovechando para conocer algunos lugares del Sudeste Asiático. Hablan varios idiomas con una soltura increíble, lo que les permite dirigirse con la misma facilidad a los ingleses, alemanes o franceses.


A las afueras de Kampot camino del P.N. de Bokor


El minibús empieza a serpentear por la empinada carretera y se observan unas excelentes panorámicas sobre el Golfo de Siam.
Paramos en un punto del camino a partir del cual iniciamos un corto trekking de algo más de una hora montaña arriba a través de la selva. Voy detrás del guía pero soy incapaz de seguir su paso.

P.N.Bokor


Me consuela que algunos del grupo, bastante más jóvenes, todavía van peor. Especialmente el alemán fumador. Vamos haciendo algunas paradas para descansar y reunir a todo el grupo, ratos que el guía aprovecha para contarnos su historia y el por qué de su gran conocimiento de la selva. Una historia que aunque parezca sacada de un guión cinematográfico, es la que vivieron miles de camboyanos durante el régimen de terror de los jemeres rojos.  
Cuando tenía tan sólo 17 años, los jemeres rojos mataron a sus padres. Al igual que muchos campesinos, su padre empezó apoyando los ideales de Pol Pot pero lo asesinaron por incumplir la orden de un superior. Él y su hermana pudieron escapar aunque poco tiempo después mataron también a su hermana. Se refugió en la selva y escapó a Vietnam. Más adelante, junto a las tropas vietnamitas ayudó a derrocar el régimen de Pol Pot. Sabe bien cómo moverse por la selva y como sobrevivir y recuerda todos los consejos de su padre que fueron los que le ayudaron a resistir en la jungla, hábitat de especies como el tigre, leopardo, oso o elefante.
Seguimos caminando hasta encontrar la carretera donde nos pasa a recoger de nuevo el minibús que nos lleva hasta los 1080 metros de altitud, la parte más alta de Phnom Bokor, lugar donde los franceses construyeron una serie de edificios que formaban una auténtica ciudad de recreo. Hacia los años 20 y gracias al fresco clima de este lugar, los colonizadores construyeron esta estación de montaña que incluía el gran Hotel Bokor Palace inaugurado en 1925, un casino, una estación metereológica e incluso una iglesia católica. Las vistas son espléndidas y se domina toda la costa de Sihanoukville, con las islas de Koh Rong y Koh Rong Samloem en el Golfo de Tailandia.


Vistas del Golfo de Tailandia desde Phnom Bokor


Actualmente todo tiene un aire de ciudad fantasma. Los edificios están hechos polvo, ventanas sin cristales, paredes que caen, hechos una porquería por dentro y recubiertos de una vistosa capa anaranjada de liquen por fuera.
El grupo Sokimex está llevando adelante un megaproyecto de una burrada de millones de dólares y muchas zonas están en obras.
Están construyendo un hotel de lujo con 650 habitaciones, casino, sala de baile… y están previstos dos campos de golf. Según este ambicioso proyecto, el hotel Bokor Palace iba al suelo pero fue adquirido por el gobierno francés que piensa restaurarlo recuperando el estilo de sus añorados años veinte. Y todo eso en un Parque Nacional teóricamente protegido. Los trabajadores de la obra están de ocupas temporales en muchos de estos edificios y la imagen que ofrecen no es precisamente de lujo ni de glamour. El interior del Bokor Palace está apuntalado y aunque está prohibida la entrada por razones de seguridad, el vigilante  nos deja echar una ojeada.




Hotel Bokor Palace recubierto de líquen

Parte trasera del antiguo Hotel Bokor Palace

Hotel Bokor Palace

Comemos el picnic que ya va incluido en el precio de la excursión y compartimos risas con una familia que se está poniendo las botas a base de cangrejos gigantes y gambas. Es un lugar donde la clase media del país acostumbra a visitar durante el fin de semana, especialmente familias de la capital. Es típico comer a base de marisco y degustar los cangrejos de Kep.


Comida de domingo a base de gambas y cangrejos de Kep


En la sobremesa, el guía nos imparte una buena lección de historia relacionada con este lugar, tanto en lo que respecta a la época de los franceses como durante el régimen de los jemeres rojos. Se cree que todo el territorio del Parque Nacional está libre de minas antipersonas pero no hace muchos años, encontró un par de ellas durante una excursión, por lo que nos ruega que no nos apartemos de los caminos señalizados.
Visitamos los restos de la antigua iglesia católica que también está en muy malas condiciones y llena de ocupas. Sin embargo, los tabiques que se ven en su interior y las paredes ennegrecidas por el humo tienen su origen en la época de los jemeres rojos, ya que ahí dentro resistieron durante meses el fuego de los vietnamitas.


Restos de la iglesia católica

Iglesia católica en P.N. de Bokor


Nos detenemos en un lugar donde se está construyendo un inmenso buda, me imagino que dará entrada al recinto turístico. Enfrente vemos lo que queda del llamado Black Palace, la residencia de verano del rey Sihanouk, donde aun se pueden ver restos de la cocina o del suelo de mármol. La parte externa tiene unos bonitos esgrafiados cubiertos por el liquen y por los grafitis.


Lo que queda del Black Palace

Black Palace, la antigua residencia de verano del rey Sihanouk


Pasamos por el lugar donde se está trabajando en el proyecto hidroeléctrico y caminamos hasta llegar a la cascada de Popokvil, que deja caer muy poca cantidad de agua. Algunos del grupo se atreven a bañarse pero el aspecto del agua no es demasiado apetecible y me parece que arrastra toda la porquería que generan los cientos de trabajadores de las obras cercanas.


Caminando hacia la cascada

Cascada de Popokvil

Regresamos a Kampot y acabamos la excursión con un paseo en barca por el río. A esta hora las barcas de pescadores ya salen para pasar toda la noche de captura. Es curioso ver como navegan pegadas unas al lado de otras. Empiezan dos, tres… y se van uniendo más barcas hasta ocho. Lo hacen para cenar todos juntos antes de comenzar la tarea. La luz es espléndida y el lugar precioso. A un lado, las casas de madera en el río sobre palafitos con un fondo de palmeras y por el otro lado, las Montañas Elefante y Phnom Bokor. El sol va cayendo y da la sensación que se pone dentro del agua. La roja esfera da paso a la luna, una pequeña tajada de melón acompañada por Venus que parece que brilla mucho más de lo que nos tiene acostumbrados.  


En barca por el río Kamchay. Kampot




Barcas de pescadores y detrás el P.N. de Bokor


Una de mis fotos favoritas del viaje a Camboya



 
Para cenar, ternera con la pimienta de Kampot. Se dice que esta pimienta es una de las mejores del mundo y que se encontraba en cualquier restaurante parisino que se preciara. Este cultivo llegó casi a desaparecer ya que Pol Pot ordenó sustituir todas las plantaciones por arroz. Parece ser que se ha podido recuperar y que tiene garantizada su continuidad.

Probando la famosa pimienta de Kampot

Para el segundo día contratamos otra excursión por los alrededores de Kampot. Tenemos la opción de coger un tuk tuk e ir a nuestro aire o incluso una motocicleta, pero la excursión que nos propone el atento dueño de la guesthouse nos convence.  Esta vez, en el minibús continuamos dominando los europeos: la misma pareja inglesa de Kent (estamos contentos de volvernos a encontrar, especialmente él, porqué podrá continuar con sus clases gratuitas de español), una chica holandesa que viaja durante cinco meses por el Sudeste Asiático después de ahorrar trabajando en Nueva Zelanda de Au pair, un ingeniero de París pero que hace años vive en Zurich, un danés jubilado que se estará por aquí como mínimo otros siete meses y un escritor californiano (la primera persona que conozco que puede vivir únicamente de escribir) que habla bastante bien  el español porqué su ex mujer es mejicana. Un grupo bien heterogéneo, pero realmente curioso.
Lo primero en visitar son las salinas. Durante la recién finalizada época de lluvias, están paradas por razones obvias y dentro de pocos días empezarán a trabajar de nuevo. En esta zona hay bastantes salinas pero éstas son las más grandes y actúan como centro de recepción de las producciones más pequeñas. El agua del mar llega por unos canales y en cada “parcela” se acumulan 1500 kilos de sal en tres días. Acostumbran a recogerla con esta frecuencia porqué no se arriesgan a que la lluvia (incluso en época seca) vuelva a disolverla. La recogen con una especie de rastrillos y transportan la pesada carga en una doble cesta colgada al cuello hasta el almacén donde la envasan. 


Salinas de Kampot

Seguimos hasta las Cuevas de Phnom Chnnork. Para llegar hasta ellas caminamos entre campos de arroz y se unen a nosotros un grupo de niños diría que de unos 10 a 12 años los cuales hablan un fluido inglés y nociones de otros idiomas que van aprendiendo y practicando junto a los turistas. Si se acude a las cuevas por libre, ellos mismos pueden hacer de guías porqué conocen bien el lugar. Les pregunto por qué no están en la escuela y su respuesta es que el profesor no se ha presentado. Evidentemente no me trago la excusa, pero son niños muy despiertos y me gusta hablar con ellos y conocer sus inquietudes y planes de futuro. Uno de ellos me comenta que su ilusión es ser taxista propietario de un tuk tuk. Quiere ganar más dinero que su padre quien trabaja conduciendo un camión de cemento ganando tan sólo 10500 riales al día, unos 2.5$.


Campos de arroz

Campos de arroz de camino a las Cuevas de Chnnork. Al fondo, la Montaña Elefante y Phnom Bokor

La cámara de la cueva, aunque oscura, no se ve muy grande aunque se intuyen diferentes galerías bastante inaccesibles si uno no quiere arriesgar la vida. Nos recibe una gran estalactita en forma de elefante. Los niños van enseñándonos las figuras que la naturaleza ha ido esculpiendo a base de millones de años: otro elefante más pequeño, un águila … que descubrimos con un poco de imaginación. Dentro de la cámara principal se encuentra un pequeño templo hindú que corresponde al siglo VI, anterior a la época de Angkor. Está dedicado al dios hindú Shiva y podemos observar como la propia roca tiene la forma de lingam como símbolo de fertilidad. Dos oberturas en la parte superior de la cueva por donde se deja entrever el follaje de los árboles, permite entrar un poco de luz al interior.


Templo hindú pre angkoriano dedicado a Shiva 


Paramos en un pequeño pueblo de pescadores donde la mayoría son musulmanes, bastante abundantes en esta región de Kampot. La tranquilidad es también aquí evidente. Los niños juegan en la calle entre diminutos patitos que corren detrás de la madre. En una cabaña, las mujeres preparan la comida y mientras una de ellas está cortando un coco, la otra limpia el pescado. La naturaleza es generosa con esta tierra y a pesar de la evidente pobreza a nadie le falta la comida.
Por un camino sin asfaltar y lleno de baches llegamos a los campos de pimienta, que se cultiva de forma totalmente ecológica y va destinada a los mejores restaurantes de Francia. Como acostumbra a ocurrir, no toda la pimienta que se vende en Kampot es pimienta de Kampot ya que la mejor se destina a la exportación. Caminamos por la finca entre grandes árboles de mango ahora en flor, donde además de pimienta se cultivan otras plantas como cacahuetes y pepinos.
La planta de la pimienta es parecida a la de la judía y no la dejan crecer más de cuatro metros para facilitar la recolección que se hace de forma manual con la ayuda de una rudimentaria escalera de madera. Todos los tipos de pimienta: blanca, negra, roja o verde, sale de la misma planta. La pimienta verde se consume tal cual se recolecta al igual que la roja pero ésta se coge en un punto más avanzado de maduración. Al dejarla secar al sol se obtiene la pimienta negra. A partir de ésta, si se pone en agua y eliminamos la piel, se obtiene la pimienta blanca.


Pimienta de Kampot

Cultivo de pimienta



Después de una muy interesante y bien aprovechada mañana nos dirigimos hacia Kep donde tomamos una barca que en un corto trayecto de 20 minutos nos lleva a la isla de Koh Tonsay, más conocida por Rabbit Island. Me quedo con las ganas de conocer el por qué de este apodo. En la Lonely Planet leo que es debido a la forma que tiene la isla, en cambio el guía nos cuenta una leyenda sobre la caza de conejos que acababan en la barbacoa. Koh Tonsay se encuentra muy cerca de la isla Phu Quoc que Camboya perdió en favor de Vietnam, hecho que aun les duele. A esta hora el calor aprieta y el viaje en barca es una bendición. Koh Tonsay está totalmente recubierta de espesa vegetación y muchas palmeras cocoteras.


Rabbit Island desde el puerto de Kep 

Koh Tonsay conocida como Rabbit Island

Koh Tonsay


La playa está bien aunque la franja de arena es estrecha. Enormes árboles dan sombra a la vez que aguantan unas tentadoras hamacas donde echarse una siesta. La isla tiene un par de chiringuitos donde se puede comer. Aprovechamos para comer gambas y sólo el danés jubilado se atreve con los famosos cangrejos de Kep, cinco enormes piezas que le tienen entretenido durante un buen rato. Para beber no hay duda: o agua de coco, del árbol a la mesa o sabrosísimos batidos de coco.
Es posible dormir en la isla en alguno de los básicos pero encantadores bungalows de paja. Por el módico precio de 5$ se puede recibir un masaje en la playa mientras perros, gatos, gallos y gallinas se pasean entre las hamacas expuestas al sol. 








Regresamos a Kep, otro destino vacacional de la época de la colonia pero con los edificios también en pésimas condiciones. De todas formas, esta zona continua cotizándose si nos fijamos en el elevado precio del suelo. Como he comentado anteriormente las familias acomodadas ven en Kep un lugar ideal para pasar el fin de semana donde disfrutar de la playa y del marisco. Ya de vuelta a Kampot, damos un paseo por la ribera del río y nos sentamos en una de las múltiples terrazas mientras se va despidiendo el día.


viernes, 20 de enero de 2012

Mekong, un río de vida - Kratie


Después de pasar unos agradables días en la provincia de Mondulkiri, tenemos ya el ojo puesto en el Mekong. Dudamos entre Kampong Cham y Kratie, ambas a orillas del gran río que nace en los Himalayas y discurre a lo largo de más de 4000 kilómetros por la provincia china de Yunnan, siguiendo por Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam donde se divide en nueve brazos que forman un gran delta, hasta que sus aguas se unen a las del Mar de China Meridional.


Río Mekong a su paso por Kratie


En los alrededores de Kratie, concretamente en Kampi, tenemos la posibilidad de ver una especie animal en vías de extinción: los delfines de agua dulce de Irrawaddy, de los cuales parece ser sólo quedan unos 70 ejemplares en todo el Mekong. Es, quizás, la atracción más popular de la zona y la razón por la que la mayoría de visitantes acuden a esta pequeña capital de provincia.
Ningún autobús de línea regular hace el trayecto de Sen Monorom a Kratie, por lo que la única opción es el minibus. Son vehículos, la mayoría de 14 plazas, que se llenan más o menos según el día y las circunstancias pero nunca nadie se queda en tierra. Nos habían avisado de que normalmente van hasta los topes y atendiendo al buen consejo del personal de Nature Lodge, reservamos tres plazas para asegurarnos un poco más de espacio.
Cuando pasa a recogernos ya va hasta los topes y les dejamos bien claro que habiendo pagado tres asientos, necesitamos un hueco para reposar las posaderas. Continuamos haciendo más paradas y se suma más gente, más paquetes, cajas, sacos de arroz … y cuando parece que ya no cabe ni una pulga, todavía hace tres paradas más. Las 14 plazas del minibus son compartidas por 28 personas… más todos los paquetes, sacos y mochilas. ¡Increíble pero cierto! Como también cierto es que nos respetaron nuestros asientos. A medio camino recogen a dos pasajeros más y sin saber dónde embutirlos, incluso el chófer comparte su sitio. Cada dos por tres nos paran controles de policía pero ni se inmutan ante el exceso de pasaje.


Viaje de Sen Monorom a Kratie


No se puede negar que el viaje ha sido toda una experiencia y tras cuatro horas llegamos por fin  a Kratie. Nos alojamos en una bonita guesthouse frente al Mekong y en su gran terraza aprovechamos para comer y organizar un poco la estancia. Este sitio nos gusta y decidimos quedarnos dos noches en lugar de una como teníamos pensado en un principio. La terraza es el lugar ideal para leer, descansar o simplemente contemplar el curso del río. Dedicamos el resto del día a conocer un poco la ciudad.




En la ribera del río se suceden los puestos de mercado y los pequeños negocios de comida bajo las sombrillas. Kratie es una ciudad de tamaño medio que no llega a los 300.000 habitantes, la capital de la provincia del mismo nombre. Casi todos los edificios del gobierno provincial están situados en el paseo ribereño, así como una descuidada oficina de turismo donde no encontramos a nadie que nos atienda. Se ven algunos antiguos edificios coloniales, herencia de los franceses, pero bastante deteriorados aunque se intuye el encanto de lo que fueron en otra época. Los nuevos y “lujosos” edificios, muchos aun en construcción, están ocupados mayoritariamente por entidades bancarias. En realidad, toda la ciudad está patas arriba, parece que están adecuando la red de alcantarillado pero ello no impide que las polvorientas calles en obras sigan con su actividad frenética. Comercios, pequeños talleres de reparación de motos y bicis, almacenes de arroz, cerrajeros, sastres y modistas pedaleando sus máquinas de coser, barberos, elegantes tiendas de muebles… 


Esperando la clientela
Donde caben dos, caben tres

...o cinco

Edificio colonial en Kratie



Nos relajamos en uno de los pequeños chiringuitos frente al río donde esperamos la puesta de sol mientras tomamos unos deliciosos batidos de plátano. Kratie tiene también fama por sus magníficas puestas de sol sobre el Mekong y podemos asegurar que así es. Es una delicia contemplar como el sol va bajando, cambiando el color de las aguas hasta que se esconde  detrás de la isla de Koh Trong.








Tras la puesta de sol, los puestos de comida empiezan a humear y una buena opción es cenar por aquí alguna de las especialidades de la zona. Kratie tiene dos productos típicos que se pueden encontrar en muchos de los puestos de los mercados. Uno es el krolan, que se prepara en diferentes lugares del país pero el de aquí es muy apreciado. Consiste en arroz mezclado con coco y judías, cocido al fuego dentro de una caña de bambú tapada con fibra de coco. El otro es el nhem: un pescado con especias (jenjibre, ajo, chili…) envuelto en hojas de plátano.
Una tarde estupenda… sin hacer nada especial pero estupenda. Y lo mejor está por llegar.


Krolan

Nhem
El segundo día pactamos precio con el chico del tuk tuk de la guesthouse para toda la mañana. El destino es Kampi, lugar de embarque para ir a ver los delfines. Los 15km que separan Kratie de Kampi transcurren por una encantadora carretera arbolada. Sentados cómodamente en el tuk tuk que circula a una velocidad de paseo, nos impregnamos de las imágenes que van corriendo por delante de nuestros ojos. No hay un metro de trayecto sin vida. Sencillas casas de madera sobre pilares se van sucediendo a ambos lados de la carretera. Delante de cada casa acostumbra a haber algún pequeño negocio, normalmente de comidas o bebidas. Pero también aquí se encuentran las barberías, los pequeños talleres, las modistas con sus máquinas de coser y las gasolineras de botella.







A la izquierda queda el Mekong y en su orilla verdean pequeñas plantaciones de arroz, palmeras y plataneros. Los niños, bien uniformados con sus blancas camisas que resaltan el color dorado de su piel, acuden al colegio. En bicicleta la mayoría y algunos caminando pero todos contentos y con una sonrisa de oreja a oreja nos saludan continuamente. Todos aquellos que han viajado a Camboya coinciden en la gran simpatía de la gente del país, pero hasta llegar a Kratie no lo empezamos a apreciar de forma especial. Notamos que la gente es mucho más abierta que en Mondulkiri, especialmente los niños, que sin excepción nos saludan efusivamente, a diferencia de aquellos que tímidamente nos miraban con cierto recelo hasta que no ganabas su confianza. En contraste con la población de las Tierras Altas que siempre ha vivido más incomunicada, en Kratie, el río ha sido durante siglos una vía de comunicación y de vida que ha introducido en sus genes ese carácter afable y abierto.



Depósitos de agua
Antes de llegar a Kampi nos desviamos unos metros de la carretera para visitar el Wat Phnom Sombok que se encuentra en lo alto de una colina. Esto significa que toca subir escaleras las cuales están repartidas en tres tramos: 244, 73 y 127. No se ve demasiado movimiento. Al final del primer tramo, se encuentran las viviendas de los monjes y más arriba las monjas, que también viven en el wat aunque separadas de los hombres. Llevan también la cabeza rapada y visten túnica, pero no color azafrán en este caso, sino blanca. En la parte más elevada del wat se encuentra el santuario rodeado de stupas y unas imágenes de grandes serpientes que lo protegen. Se respira una inmensa paz y las vistas son espléndidas.


Wat Phnom Sombok


Túnicas secándose al sol




Vistas desde el Wat Phnom Sombok
Seguimos hasta Kampi y compramos los tiquetes en una pequeña oficina donde debemos registrarnos con el nombre y número de pasaporte. El negocio lo explota el gobierno y el precio es innegociable. Para una o dos personas, como es nuestro caso, el precio es de 9$ por cabeza y de 7$ a partir de tres. El tiempo de observación depende de la época del año: 60 minutos en temporada seca y 90 minutos en época de lluvias porqué el río baja muy lleno y se supone que es más difícil avistarlos. Subimos en la pequeña embarcación y navegamos por el Mekong hasta un punto donde hay dos barcas más con turistas chinos. Llegados a ese punto, se paran los motores y poco tardamos en ver los primeros delfines.


En el embarcadero de Kampi

Y siempre la presencia del Mekong. Kampi


El delfín de Irrawaddy se siente cómodo en ríos y aguas costeras. Habita las aguas dulces de tres grandes ríos del Sudeste Asiático: el Mekong (en Camboya, Laos y Vietnam), el río Mahakam en Kalimatan (Indonesia) y el río Irrawaddy o Aveyarwadi en Birmania, del cual toma su nombre. También vive en grandes lagos, estuarios y manglares como Songkhla en Tailandia y Chilika en India. El censo de esta especie no llega a 80 ejemplares en todo el Mekong, severamente amenazada, parece ser, por algunos contaminantes químicos que llevan sus aguas como el DDT o mercurio. Es un animal de aspecto y comportamiento muy diferentes al delfín común. A simple vista, las mayores diferencias son su cabeza redondeada que recuerda a una beluga y que no tiene el característico pico prominente. Los adultos llegan a alcanzar entre 2.1 y 2.6 metros de longitud. No forman grandes bancos, sino que pueden encontrarse en grupos de máximo seis ejemplares. A pesar de que hemos podido ver bastantes ejemplares, es difícil observarlos bien. Pocas veces se muestran sobre la superficie y más difícil todavía es verlos realizar algún salto que, de hacerlo, son saltos bajos. En Vietnam se considera un animal sagrado y si alguno de ellos es capturado en redes de pesca, son liberados. En el caso de encontrar un ejemplar muerto, se quema su cuerpo dándole una ceremonia religiosa como símbolo de respeto.





Destinamos la tarde a la isla de Koh Trong, un gran banco de arena formado en medio del río Mekong. Cruzar en barca de Kratie a Koh Trong cuesta la módica cantidad de 0.25$ y compartimos el corto trayecto con varias mujeres que regresan del mercado cargadas con cazuelas y otros utensilios de cocina, champú y pasta de dientes, algo de fruta e incluso objetos de decoración. Se muestran sus compras, hablan, ríen y comen sin parar una especie de caracolillos pequeños que nos ofrecen amablemente.


Esperando para cruzar el río


Transporte de Kratie a Koh Trong. La barquera y su niña
Llegamos al pequeño paraíso de Koh Trong, una de las mejores sensaciones del viaje y un lugar ideal para empaparse de la vida tradicional khemer. En la isla no circulan coches, tan sólo motos, bicicletas y carretas tiradas por bueyes o pequeños caballos.
Una avispada mujer nos ofrece la posibilidad de dar una vuelta a la isla en motocicleta y … stop, stop, stop, stop, queriéndonos dar a entender que irá parando cada vez que se lo indiquemos. No habla más de tres palabras en inglés pero nos entendemos a la perfección. Y es que creo que las mujeres tenemos una intuición que los hombres, ni de lejos, porqué con el chaval de la otra motocicleta no había manera. 







Nunca antes había hecho tanto teatro, pero entre gestos, risas y dibujos en la arena, llegamos a hablar de nuestros hijos, de costumbres, de las últimas inundaciones del Mekong señalándome que en Koh Trong les llegaba el agua a la cintura … y de muchos temas que con más o menos esfuerzo vamos enlazando.
La isla es una preciosidad dentro de un ambiente totalmente rural. La vuelta a la isla consiste en un delicioso paseo entre palmeras y plataneros. Se pueden ver muchos campos de arroz y gente trabajando la tierra con herramientas  rudimentarias, arando todavía con bueyes o búfalos. Tal como nos ha garantizado la muchacha, vamos parando cuando se lo indicamos o cuando ella nos quiere mostrar alguna cosa interesante. 





Tortuga de arena de Koh Trong


Murciélagos. Koh Trong

El cementerio de Koh Trong. Bajo cada árbol hay alguien enterrado 
















Al acabar el recorrido, nos sentamos junto al río y compartimos el momento con algunos locales que vienen a saludarnos, especialmente los niños.
De regreso a Kratie cenamos en el Red Sun Falling, un emblemático local regentado por Joe, un americano de Chicago que se estableció en Kratie después de cuatro anteriores viajes como turista. Buen ambiente, la comida deliciosa y la cerveza servida en jarras heladas. No se puede pedir más. Esperábamos muy poco de Kratie y nos ha sorprendido.