sábado, 25 de febrero de 2012

Battambang y alrededores

Poco antes de las 9 de la mañana pasa el autobús a recogernos en la misma puerta del hotel de Kompong Chhnang y tras 4 horas de viaje nos plantamos en Battambang. A diferencia de Kompong Chhnang aquí hay mucha oferta turística, con una infinidad de hoteles de todo tipo, buenos restaurantes y muchos taxis y tuk tuks. Con sus aproximados 150.000 habitantes, está considerada la segunda ciudad más importante del país, ya que su posición estratégica cerca de Tailandia, le aporta una gran actividad económica y comercial. De hecho, estuvo bajo influencia tailandesa cuando el Imperio jemer cayó en decadencia y no fue hasta que llegaron los franceses con el establecimiento del Protectorado, que Battambang volvió a manos camboyanas.
La mayoría de turistas hacen parada en Battambang, especialmente los que entran a Camboya por tierra desde la vecina Tailandia. Después de Siem Reap, Phnom Penh y Sihanoukville, diría que ocupa el cuarto lugar más visitado del país.
Además de los atractivos que se encuentran en sus alrededores, desde Battambang tenemos la posibilidad de viajar hasta Siem Reap en un agradable trayecto fluvial. El río Sangker que desemboca en el Tonle Sap pone en contacto ambas ciudades. Esta opción no es aconsejable – a veces imposible - durante la época seca debido al bajo caudal del río, que hace muy complicada la navegación.


Nos alojamos en el Hotel Pkha Villa, un pequeño establecimiento de gestión familiar que se caracteriza por una amabilidad extrema del personal. El lugar es muy agradable y dispone de diez bungalows alrededor de la piscina.

Hotel Phaka Villa

Comemos en el mismo hotel y después de una pequeña siesta ya estamos a punto de salir a conocer la ciudad. Cae un sol de justicia pero a las seis ya oscurece y como he comentado en alguna otra ocasión, las ciudades camboyanas tienen una iluminación muy escasa, por lo que hay que aprovechar bien las horas de luz.
Llegamos al gran mercado Psar Nat, muy parecido a todos los que ya hemos ido viendo en el país, pero con la gente menos simpática que en las poblaciones pequeñas. En el interior del edificio se distribuyen en gremios y nos asombra la cantidad de peluquerías, una al lado de otra, donde hacen también todo tipo de tratamientos de belleza, como depilaciones, manicuras o mascarillas. También costureras y sastres, puestos de ropa, droguerías y farmacias… vaya, lo de siempre pero en más cantidad.

Psar Nat

Psar Nat

Vamos caminando en plan tranquilo por las animadas calles intentando no perdernos ninguna de las fachadas de las antiguas casas coloniales bastante bien conservadas y algunas restauradas con muy buen gusto.



Siguiendo la orilla del río llegamos al llamado puente viejo de los franceses, presidido por dos grandes leones. El puente está muy destartalado, cuatro hierros oxidados por donde se permite únicamente la circulación de motocicletas y peatones. A pocos pasos, contrasta el elegante edificio del Gobernador, la que fuera casa del último gobernador de Tailandia. En su exterior, dos grandes cañones y esculturas de estilo jemer.

Exterior de la Casa del Gobernador

Puente viejo de los franceses

Cuando empieza a oscurecer regresamos hacia el centro pasando por los llamados food stalls o puestos de comida callejeros que hay a lo largo de la ribera y que a esta hora están ya muy animados.
Cenamos en el Gecko Café, un restaurante informal pero muy recomendable donde, como tantos otros en el país, están pensados para ayudar a la gente con pocos recursos. Junto con la carta dejan una extensa información sobre la labor que llevan a cabo y una lista con el nombre y edad de todo el personal así como el destino del dinero que gana cada uno. La mayoría son chicas jóvenes que destinan los ingresos a costearse los estudios universitarios y también ayudar a sus familias.
Conocer los lugares más interesantes de los alrededores de Battambang, se puede hacer en un día, aunque bastante apretado. En nuestro caso, contratamos un tuk tuk para toda la jornada, saliendo del hotel a las 8 de la mañana y regresando pasadas las 7 de la tarde.
La primera parada la hacemos a unos 4 km de la ciudad donde se encuentra el pequeño pueblo de O Dambong de donde parte el llamado tren bambú, conocido por los lugareños como lorry o norry. Evidentemente no hay estación ni taquilla y los 5$ (ida y vuelta) sin opción a regateo, nos los pide un policía (o al menos, así va vestido) que nos dice ser el responsable del cobro. Hace años que por la vía que construyeron los franceses no circula ningún tren debido al lamentable estado en que se encuentra. Los habitantes de esta zona ingeniaron una especie de artefacto para trasladarse de un pueblo a otro aprovechando esas vías en desuso. Consiste en una plataforma hecha con cañas de bambú y maderas donde se “acomodan” los pasajeros, sobre dos ejes que soportan las cuatro ruedas.

Tren bambú




Cuando dos artefactos se encuentran de cara, la solución es tan sencilla como desmontar uno de ellos, apartarse para dejar pasar al que tiene preferencia (el que lleva más carga) para seguir con el viaje. Los 12 km de la línea de O Damnong a O Sra Lav se ha hecho muy popular entre los turistas y no es para menos, porque es toda una epopeya ferroviaria. Es realmente divertido, con una sensación extraña de ir de culo por la vía que, efectivamente está en muy mal estado y en algunos tramos incluso parece serpentear. Además, algunas juntas no encajan por lo que las sacudidas son intensas y constantes.



Tras esta experiencia única nos dirigimos a Aek Phnom, un wat que se encuentra a unos 12 km de Battambang. A lo largo del camino, vamos haciendo varias paradas interesantes. Primero, en una gran instalación donde preparan salazones, la única de la región. Cubren el pescado con sal y lo dejan tapado durante tres semanas, cuando se encuentra a punto para vender. También nos detenemos en un molino de arroz (ya hemos visitado uno en O Sra Lav) donde los payeses venden su cosecha que les pagan a unos 640$ la tonelada.
Justo enfrente del Wat Samrong Knong hay algunos puestos donde vemos como se elabora el krolan. Cortan las cañas de bambú en trozos de unos 25-30cm y los llenan con arroz y judías, lo salan y tapan con hojas. Se cuece en las brasas quedando el arroz con un aspecto gelatinoso.  Se elimina la primera capa que ha quedado totalmente ennegrecida y ya está listo para consumir.

Preparando el krolan
 
Lo que más nos ha gustado ha sido ver cómo elaboran los redondos papeles de arroz para los rollitos de primavera. En la pequeña población de Pheam Ek, muchas familias se dedican a esta actividad totalmente artesanal. Del agua de hervir la pasta de arroz, cogen una cucharada cuyo contenido reparten sobre una superficie bien caliente mantenida por un pequeño horno que funciona con la cáscara de arroz. Lo trabajan para conseguir una lámina extremadamente fina a la que dan una forma redondeada. Lo cuelgan sobre un soporte de bambú y a continuación se colocan las piezas sobre un soporte, hecho también con pequeñas cañas de bambú. Cuando está lleno, lo ponen a secar al sol y una vez secas ya van a una gran cesta a punto de ser vendidos. Este proceso lo hacen con una gran maestría y rapidez llegando a elaborar 2000 piezas cada día parando sólo un rato para comer. Por todo ese trabajo les pagan la mísera cantidad de 17$.

Elaboración de los papeles de arroz



Papeles de arroz a punto de vender

Papel de arroz secándose al sol

Láminas de plátano secándose al sol


Llegamos a nuestro destino, al Wat Ek Phnom donde destaca un buda gigante. Actualmente es un lugar muy popular entre los habitantes de Battambang, quienes acuden los fines de semana a hacer picnic, a celebrar fiestas como la entrada de año nuevo o las mujeres que desean tener hijos a hacer sus plegarias. El templo antiguo es del siglo XI y está prácticamente en ruinas, rodeado por restos de una muralla. El apacible lugar que es hoy en día fue también testigo de los crímenes de los jemeres rojos. Durante la época de la dictadura de Pol Pot (1975 – 1979), Battambang, al igual que todas las poblaciones importantes del país, fue vaciada y enviada su población al campo. Este lugar fue otro campo de exterminio y en el interior del santuario, cientos de personas fueron asesinadas.

Wat Ek Phnom



Por la tarde nos dirigimos a Phnom Banan. El trayecto es de unos 28km, un poco largo para hacer en tuk tuk pero muy entretenido. Al final de una empinada escalera de 359 escalones se llega a los templos, cinco torres semi derruidas que recuerdan al Templo de Angkor Wat. Corresponden al siglo XI y las mandó construir el rey Udayadityavarman II. Sobre las puertas de cada una de las torres se pueden apreciar bonitos bajorrelieves  pero da la sensación que de un momento a otro se va a desmoronar.  

Phnom Banan




Interior

El último destino del día es Phnom Sampeau. Está situado en la cima de una colina donde el tuk tuk no puede subir. El conductor nos sugiere que si queremos llegar a tiempo para ver la puesta de sol, lo mejor es contratar a unos chicos que nos suban en moto, lo que encontramos una buena idea. Aunque el lugar debería ser conocido por el monasterio que corona la cima de la colina, es más visitado por las llamadas “cuevas de la muerte”, usadas también por los jemeres rojos como campos de exterminio. Resulta estremecedor contemplar el agujero natural por el que, desde 10 metros de altura, despeñaban a los prisioneros. La gran cantidad de huesos humanos y cráneos que se han encontrado se guardan en unas urnas acristaladas y un Buda reclinado junto a un monumento conmemorativo que recuerda los hechos.


Agujero por donde despeñaban a los prisioneros

Llegamos a la parte más elevada de la colina, frente a la gran pagoda dorada, para ver la puesta de sol. No está mal, pero tras las de Kratie o Kampot, no me impresiona. Lo que sí merece la pena es el paisaje: inmensas llanuras cubiertas del verdor de los campos de arroz, atravesadas por los pequeños canales de regadío, obra de la era Pol Pot.

Vistas desde Phnom Sampeau


Vamos a reencontrarnos con el conductor y mientras tomamos un refresco esperamos la última sorpresa del día: Una vez ya ha oscurecido, de una de las cuevas empiezan a salir miles y miles de murciélagos en dirección a los campos de arroz. Es un espectáculo diario digno de ver.

Cueva donde se alojan miles de murciélagos

Salida de murciélagos al atardecer

A pesar de que ya ha acabado el período de lluvias, hace relativamente poco, por lo que el río tiene aun suficiente caudal para permitir un “rápido” viaje fluvial desde Battambang a Siem Reap. Y pongo lo de rápido entre comillas porqué se trata de más de siete horas.
Aunque el despertador suena a las cinco y media de la mañana, hace ya más de media hora que una animada música que llega del vecindario, no nos deja dormir. El chico del hotel nos comenta que a las cinco de la mañana han empezado las celebraciones de una boda y que la fiesta se prolonga durante todo el día. El atento personal del hotel nos prepara unos bocadillos y unas botellas de agua para el viaje en barco, lo que es todo un detalle.
La pequeña embarcación de madera va casi llena y prácticamente la mitad somos turistas. No me extraña, primero por el largo trayecto y segundo porqué el precio de 18$ es mucho más alto que los 6 ó 7$ que cuesta el billete de autobús.

Barca que realiza el transporte de Battambang a Siem Reap

La primera hora de recorrido al dejar Battambang es todo un espectáculo. Mujeres lavando la ropa o aseando a los niños. Centenares de pequeñas barcas pescando en el río, hombres, mujeres y niños recogiendo los peces atrapados en las redes. La superficie del agua se ve llena de botellas de plástico que hacen la función de boya y sostienen la infinidad de redes que tienen sumergidas… es increíble que el río pueda dar tanto de sí. Nuestra barca tiene que ir haciendo zigzags para esquivarlas y esquivar también las pequeñas embarcaciones de pescadores que no se apartan. Llega un punto en que el río se va estrechando y navegamos por una especie de canal entre manglares por donde justo pasa la barca de tal manera que si nos descuidamos, las ramas de los manglares nos dan algún que otro azote.




De pronto, se abre el espacio y vuelve la vida, las casas flotantes, las barcas y los pescadores. Hacemos una parada en un bar-restaurante-tienda flotante con disponibilidad también de WC. Muchos pasajeros aprovechan para comer y beber, a pesar de que a bordo llevamos también servicio de bebidas frescas: una pequeña nevera portátil llena de refrescos y cervezas en medio de una buena penca de hielo. Seguimos camino hacia Siem Reap.





La barca hace también el servicio de mensajería y reparte encargos por todos los pueblecitos flotantes. Cuando se acerca, una ensordecedora bocina avisa a los vecinos y éstos se acercan con sus barquitas a buscar los sacos de arroz, la fruta … que les envían de la ciudad. Algunos de los pasajeros se van quedando también por el camino y también los vienen a recoger en sus pequeñas barcas. Atravesamos de nuevo otra zona de manglares y da la sensación que navegamos sobre alfombras de plantas acuáticas que cubren gran parte de la superficie. Vemos también gran variedad de aves como pelícanos, patos o cormoranes.
Cuando nos encontramos con el Tonle Sap, nos damos cuenta de la inmensidad de este mar infinito de color plata y bosques inundados.
Es un trayecto precioso, una de las mejores experiencias del viaje y una buena ocasión para disfrutar de nuevo de la vida de la auténtica Camboya.








miércoles, 15 de febrero de 2012

Kampong Chhnang y los pueblos flotantes del Tonle Sap

Muy probablemente, si no hubiera sido por los buenos consejos de Carol, reflejados en su blog "En el camino con Moonflower", esta pequeña ciudad provinciana, hoy no formaría parte de nuestro recuerdo. Kampong Chhnang está localizada en el corazón de Camboya donde sus fértiles tierras están recubiertas de interminables campos de arroz mostrando ese tan característico paisaje camboyano.
Kampong Chhnang da también el nombre a la provincia, una de las nueve que forman parte de la Reserva de la Biosfera del lago Tonle Sap, por lo que en su economía tiene un peso importante la actividad pesquera.
Se encuentra a 91km de la capital, bien comunicada por la nacional 5 en dirección a Pursat y Battambang. Es una ruta muy transitada en la que operan la mayoría de compañías de autobuses, por tanto, es este medio la mejor manera de llegar hasta allí en transporte público, aunque no el único, ya que los ferries rápidos que hacen el trayecto de Phnom Penh a Siem Reap pasan también por Kampong Chhnang.






Realizamos el viaje en dos etapas viéndonos obligados a pasar de nuevo por la capital. De Kampot a Phnom Penh y de Phnom Penh a Kampong Chhnang, en un bus de la compañía Paramount con destino a Battambang. Viajamos en un autobús de dos pisos que ha vivido épocas mejores. Los pasajeros ocupamos sólo el segundo piso y el primero está a rebosar de paquetes, cajas, sacos de arroz, maletas, incluso motocicletas y bicis. A pesar de que el bus sale puntualmente de la estación, después de noventa minutos aun estamos dando vueltas por Phnom Penh recogiendo más paquetes.
Al llegar a destino, somos los únicos pasajeros que nos quedamos en esta ciudad. Rápidamente se nos acercan dos chicos que nos ofrecen el desplazamiento en su moto hasta el hotel. Parece que tienen bien controlados los horarios de los autobuses por si llega algún turista y pueden ganarse unas monedas. Aquí no hay taxis y los tuk tuks escasean, por lo que aceptamos sin apenas pensarlo. Es lógico, la demanda es muy pobre por lo que la oferta es casi inexistente. También hay poca oferta hotelera y guiándonos de nuevo por los consejos de Carol ya nos vamos directamente al Hotel Sovannphum que se encuentra a dos minutos en moto de la plaza de la Independencia donde nos ha dejado el autobús.


Colonia de macacos en plena calle de Kampong Chnnang


Está considerada una de las provincias con menos atracciones turísticas por lo que nadie se preocupa en promocionar Kampong Chhnang. Los hoteles suelen ocuparlos gente de negocios o alguien que hace un alto en el camino a Battambang.
La ciudad es bastante grande aunque no lo aparenta ya que se encuentra dividida en dos núcleos de población, el centro y el área del puerto situada a unos tres kilómetros.
Dedicamos la primera tarde a pasear por sus calles polvorientas, especialmente por los alrededores del mercado central, Psar Leu, un hervidero de vida.
Nos sentimos observados pero para nada incómodos ya que la gente nos sonríe y nos saluda, especialmente los niños, con una espontaneidad y simpatía que se agradecen.
En el idioma jemer, Kampong (o Kompong) significa puerto y Chhnang se traduce algo así como cazuela de barro. El nombre no es casual, ya que esta provincia es muy conocida por sus trabajos en arcilla que abastecen todo el país.

Mercado Psar Leu

Máquina para triturar hielo. ¡me encanta!

Alrededores de Psar Leu

Alrededores de Psar Leu

Mercado Psar Leu


Mercado Psar Leu

Contratamos un tuk tuk para  todo el día y a primera hora, cuando el calor todavía no aprieta demasiado, nos dirigimos hacia Ondong Rossey, para ver el trabajo artesanal del barro. Son unos 7 km de puro placer, a través de campos de arroz y palmas de azúcar.
Ondong Rossey es un pueblo donde cada familia se dedica al trabajo de la arcilla que se extrae de la cercana montaña Phnom Krang Dai Meas. Están más o menos especializados y algunos más profesionalizados que otros. No todas las familias disponen de horno para cocer el barro, que dejan secar primero al sol y después lo cuecen en pequeños hornos alimentados con carbón. La gente está encantada de mostrar su trabajo y la mayoría lo hace con una sonrisa de oreja a oreja. La primera casa que visitamos es quizás la más profesionalizada. Fabrican una especie de fogones para cocinar combinando el fango con una chapa galvanizada en un diseño original y práctico que se utiliza en muchos hogares de todo el país y se ven también en la mayoría de puestos de comida alrededor de los mercados. Entre el barro y la chapa lo rellenan de tierra mezclada con paja, semillas… y las mujeres acaban de pulir el fango con una espátula.


Fogones de barro


Aunque hay un par de hombres trabajando, parece que éstos se dedican más a las labores del campo y el trabajo del barro es una actividad que llevan adelante mayoritariamente las mujeres. No hace falta decir que por medio de estos talleres artesanos corretean las gallinas, gallos y polluelos y tampoco faltan las vacas ni los atemorizados perros que apenas se dejan tocar. Los niños de la casa y los abuelos completan la estampa familiar.



Horno para cocer el barro

Visitamos bastantes negocios similares, cada uno especializado en un tipo de pieza. La típica hucha con forma de cerdito de diferentes tamaños, figuras decorativas, jarrones y recipientes, plafones portalámparas. Algunas mujeres trabajan con el torno mientras que otras van moldeando el barro como si fuera plastilina y en algunos casos lo decoran con la ayuda de un punzón. Incluso nos dejan demostrar nuestras habilidades pero los trabajos manuales nunca se me han dado demasiado bien, por lo que el resultado provoca las risas de las muchachas.





Tras un corto trayecto en tuk tuk nos dirigimos a otro lugar donde tenemos ocasión de ver el trabajo y los productos obtenidos de la palma de azúcar.
La palma de azúcar es una planta indígena del sudeste asiático. Los agricultores siembran árboles de palma en los diques de sus campos para dar sombra al arroz, proteger el campo de los fuertes vientos y también para aprovechar la savia. Los árboles de palma comienzan a producir savia a partir de los 15 años. De estos árboles se aprovecha casi todo: sus raíces se utilizan como medicina, los troncos como madera para construir las casas, las hojas para manuscritos, artesanías y material para techos y los frutos son comestibles. Ademas, debido a su profundo sistema de raíces, los árboles de palma reciclan nutrientes de las capas más profundas del suelo hacia las superiores y de esta manera juegan un papel importante en mantener la tierra fértil.
Un hombre trepa por el tronco de un árbol y sobre una caña de bambú como el mejor de los equilibristas va pasando de una palmera a otra. Cuando desciende los recipientes de bambú que lleva atados a ambos lados de la cintura están llenos de la savia extraída que nos ofrece para probar. Es un líquido muy dulce que una vez fermentado da el vino de palma que también tenemos ocasión de degustar. Lo venden en pequeñas botellas de plástico al precio de 2$. La savia se cuece hasta que espesa dando lugar al azúcar, una especie de pasta con un aspecto que recuerda la pasta de cacahuete.

Trabajando la palma de azúcar 

Preparando el azúcar


La cosecha de arroz va más adelantada que en Kampot o Kratie donde los campos eran de un color verde intenso. Aquí tienen ya un color dorado y muchos ya están segados. En esta zona las cosechas son abundantes y trabajan el campo de una forma algo más mecanizada, tal como podemos observar con las labores de la trilla.

Trillando el arroz

Al igual que el resto de familias de Ondong Rossey, las mujeres  se dedican también al trabajo del barro. Una joven modela recipientes con la particularidad de que en vez de utilizar el torno, es ella misma que da vueltas alrededor de la pieza, llegando a hacer de esta manera hasta 3 ó 4 kilómetros y lo que tiene más mérito…¡sin marearse!


De aquí al mercado

Esta interesante visita se puede combinar con Phnom Santuk, una colina rocosa desde donde se disfruta de unas bonitas vistas de los alrededores. está situada detrás del templo del mismo nombre, Wat Santuk, a la que se accede tras subir una larga escalinata.

Wat Santuk

Hacia Phnom Santuk

Desde Phnom Santuk

Una de las mejores actividades que se pueden realizar en Kampong Chhnang, es dejarse llevar en una barca de madera tradicional a través de las laberínticas calles de agua de alguno de los dos pueblos flotantes que se encuentran en esta zona del río Tonlé Sap. Su encanto radica en que no están tan explotados turísticamente como Chong Kneas, cerca de Siem Reap, o incluso menos que Kompong Luang a pocos kilómetros de Pursat.
Cuando nos acercamos al puerto, una chica vietnamita nos ofrece un paseo en su barca que aceptamos sin tener que regatear demasiado. Los dos pueblos flotantes son Chong Kos al noroeste y Phoum Kandal al este. La muchacha nos explica que en el primero viven camboyanos mientras que en su pueblo, Phoum Kandal, todos los habitantes son de procedencia vietnamita. Durante la estación seca, que va de noviembre a mayo, el lago Tonle Sap es relativamente pequeño, unos 2.700 kilómetros cuadrados. Sin embargo, el río que conecta con el lago empieza a llenarse durante la época del monzón debido al cambio de sentido del río Mekong, lo que provoca un gran aumento de volumen de sus aguas hasta alcanzar una extensión de 24.605 kilómetros cuadrados, más de diez veces su tamaño. Con tales fluctuaciones, las viviendas se trasladan al lugar adecuado según la temporada.

Pueblo flotante Phoum Kandal en Tonle Sap



Servicio de comida a domicilio

Phoum Kandal se trata de un pueblo en toda regla. Sus calles son de agua en lugar de asfalto o tierra y las casas se mantienen a flote sobre las grandes balsas de bambú en las que se sostienen con  un constante balanceo. Se alinean formando canales por donde se deslizan hábilmente las embarcaciones, muchas veces convertidas en tiendas ambulantes. Algunas de las casas tienen un pequeño jardín lleno de flores o incluso corrales con aves y como no, sus animales de compañía. La mayoría tienen también televisor y las antenas parabólicas han pasado a formar parte del pueblo como un elemento más. La escuela es una casa flotante de color azul, con su gran pizarra y unas cuantas filas de pupitres con unos atentos alumnos. También hay tiendas, barca que reparte comida a domicilio, un templo, barberos, mecánicos, bares, gasolineras… Un grupo de jóvenes está jugando a cartas, una mujer medio adormecida se balancea en su hamaca delante del televisor, algunos niños repasan los deberes mientras se dirigen a la escuela. Un hombre repara una barca, otro echa la red al agua…y es que aquí se vive de la pesca.

Tienda flotante




Lo que parece es que hay muy poca intimidad y es fácil enterarse de lo que sucede en casa del vecino. La ventaja es que si no te llevas bien con el vecino es fácil cambiar.
Una vez más comprobamos la gran capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a su medio. Y es que en Camboya, al igual que en otros países del Sudeste Asiático desde hace siglos el hombre ha adaptado su modo de vida al medio acuático.