jueves, 26 de julio de 2012

El Lago Oeste. Hangzhou (I)


Hangzhou, la ciudad que maravilló a Marco Polo en el siglo XIII, es hoy una gran urbe de más de seis millones de habitantes. La descripción que éste hace de Hangzhou en su libro de viajes es la más larga y quizás la más famosa, comparándola a una ciudad celestial, la más bella del mundo conocido. Estos elogios han sido recordados durante siglos y todavía hoy se siguen utilizando como reclamo publicitario aunque ya mucho antes del turismo de masas, la ciudad de Hangzhou era una de las más visitadas del país.
Si el veneciano levantara la cabeza me pregunto si la reconocería, probablemente sí. A pesar de los altos rascacielos, de los coches de lujo que circulan por sus calles o de la frenética actividad consecuencia de su próspera industria, cuando se acercara a orillas del Lago Oeste sabría inequívocamente que se encuentra en Hangzhou, o mejor en Kinsai tal como él la llamó, cuyo significado en chino significa capital.




Sí, es cierto que el Lago Oeste ha cambiado mucho desde entonces porqué su aspecto actual no es cosa de cuatro días sino que es una labor pausada de embellecimiento siglo tras siglo.
Nació en el siglo VIII a partir de una pequeña laguna junto al río Qiántáng cuando el gobernador mandó dragar las marismas. A partir de entonces la historia del Lago ya avanzó paralela a la de Hangzhou, ciudad mucho más antigua que el propio lago, remontándose a inicios de la dinastía Qin (221 a.C.)
Juntos han vivido largos períodos de prosperidad pero también períodos de hambre y miseria siendo el Lago Oeste testigo de cada uno de estos momentos.


La ciudad adquirió mucha importancia cuando se construyó el Gran Canal de China bajo la dinastía Sui. A partir del siglo XII se convirtió en un gran centro de comercio especializado en sedas y porcelana, siendo un puerto de primer orden hasta la dinastía Ming. Fue en 1126 tras la llegada de los invasores del norte cuando la dinastía Song se trasladó al sur y se instaló en Hangzhou, ciudad que consideraban protegida por el lago y por las montañas.
Fue en esa época de esplendor cuando llegó a Hangzhou el primer occidental, el explorador y mercader veneciano Marco Polo. Exageraba explicando que la ciudad tenía más de un centenar de kilómetros de diámetro y 12.000 puentes o cuando escribió que el número y la riqueza de los comerciantes y la cantidad de mercancías era tan enorme que ningún hombre se podría formar una justa estimación de los mismos.
Seguro que exageraba, pero sus relatos describen muy bien el ambiente que se debía vivir en sus calles, en los almacenes y comercios, en el puerto.


Le sucedieron épocas de saqueos de piratas japoneses, ataques, incendios, pero la ciudad fue recuperándose de nuevo hasta lo que es hoy, un núcleo próspero acorde con el crecimiento que están experimentando gran parte de las provincias chinas.  Los chinos no se cansan de repetir el antiguo proverbio de que "En el cielo está el paraíso y en la tierra Suzhou y Hangzhou" y lo que atrae a los miles de turistas que visitan esta antigua capital imperial, es muy parecido a lo que sedujo a antiguos viajeros, a filósofos, políticos o célebres poetas. Lo mismo que embelesó a Marco Polo: el Lago Oeste. Según sus notas "El lago en sí es una interminable procesión de barcazas llenas de buscadores de placer", un placer que siguen buscando tanto los locales como los visitantes que pasean por sus orillas o se deslizan en sus aguas.




Tiene una extensión de 3x3 kilómetros y una profundidad media de 5 metros y se divide en cinco partes: El Lago exterior que es la zona más conocida y popular, el Lago norte, el Lago Yuehu, Lago interior occidental y Lago menor Sur.

En 2011, el paisaje cultural del Lago Oeste de Hangzhou fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco precisamente por su papel de inspirador de famosos poetas, pensadores y artistas desde el siglo IX.

Está rodeado por colinas y bosques en tres cuartas partes y abierto a la ciudad en la cuarta. Su belleza y la del paisaje que lo envuelve ha dado lugar a tantos mitos y leyendas como a poemas y declaraciones de amor. El conjunto de agua, jardines y montañas recrean la imagen romántica y bucólica que parece sacada de una pintura china tradicional la cual completan los antiguos pabellones, pagodas o puentes de media luna.


La gran pagoda de Léifeng domina el lago


El clima de Hangzhou es caluroso y húmedo en verano y muy frío en invierno por lo que abril y octubre son los mejores meses para visitar la ciudad. De todas formas, el lago y los jardines son bonitos en cualquier estación del año. Sus jardines se conocen con nombres tan poéticos como la Fiesta de los Peces, el Canto de las Oropéndolas, la Brisa Mece los Lotos de Chuyuan, el Puerto de Flores o el Oleaje de los Sauces.




El Lago Oeste forma parte de la cotidianeidad de los habitantes de Hangzhou, especialmente los fines de semana. Las familias pasean bajo la sombra de los sauces, ya sea a pie o en bicicleta. Sentados junto al agua, hablan, pescan, comen, degustan un té, se divierten bailando, tocan instrumentos tradicionales o simplemente contemplan el paisaje o aprovechan los rayos de sol en invierno.






Es posible cruzarlo de norte a sur a través de una pasarela elevada construida por el poeta y gobernador local llamado Su Dongpo. Es un paseo de 3 kilómetros pero lo aconsejo sin dudar porqué es una de las actividades más agradables que se pueden hacer en la ciudad.
La pasarela de Bai es más corta y conecta la orilla norte con la isla de Gushan o Colina Solitaria, la mayor del lago y la única de origen natural, formando un lago interior. Los edificios y el jardín de la isla formaron parte del palacio de verano del emperador Qianlong en el siglo XVIII.





Hay otras tres islas artificiales. La más famosa es la isla de Xiaoying, la más pequeña y desde donde se pueden ver los Tres Estanques que reflejan la Luna, tres pequeñas torres en el agua. Las otras islas se conocen como el Pabellón del Centro del Lago y el Monte del Señor Ruan Tyuan.
Se pueden hacer recorridos en barcas de remos (imprescindible negociar el precio) o en barcos grandes, algunos de ellos decorados de forma tradicional como si fueran pequeños templos flotantes, con sus dragones y sus doradas ornamentaciones que tanto gustan a los chinos.





Cada noche se realiza una representación que lleva el nombre de Impresión del Lago Oeste. Nosotros no fuimos a verlo pero según he leído se trata de un espectáculo con grandes efectos especiales interpretado por actores que parecen deslizarse sobre el agua. El director de puesta en escena es el cineasta Zhang Yimou quien se hizo cargo de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. La historia explica las leyendas y los mitos de Hangzhou ensalzando su cultura y su belleza natural.
Lo que si vimos un par de veces fue el espectáculo de la Fuente Luminosa del Lago que tiene lugar diariamente en varios pases. Se hace justo enfrente del hotel Hyatt Regency Hangzhou y aunque también se representa durante el día, lógicamente luce mucho más cuando ya ha oscurecido. Se trata de una bien lograda sincronización de agua, luz y música.  


Hangzhou tiene muchos más atractivos además del Lago Oeste los cuales espero poder contar en una próxima ocasión.



lunes, 16 de julio de 2012

Con aromas de lavanda en la Provenza


Por fin hemos podido disfrutar del gran espectáculo que año tras año ofrecen los campos provenzales teñidos de añil. Era una espinita que tenía clavada desde hacía mucho tiempo, desde que viajamos por primera vez a la Provenza a finales del 92. El período de floración empieza a finales de junio y se limita a unas pocas semanas, por lo que si se quieren ver los campos de lavanda en su máximo esplendor, hay que organizar el viaje para esta época. Si la región es ya bonita de por sí en otras estaciones, lo de ahora ha sido un sueño hecho realidad, porque además de ser un auténtico lujo para la vista, el aroma que impregna todo el ambiente hace que te sientas en la gloria. El revoloteo de las mariposas y las abejas de flor en flor o el persistente canto de las cigarras convierten los campos provenzales en un lugar idílico.




Además de la lavanda, los campos de girasoles mirando al gran astro, las extensiones doradas del cereal ya casi todo segado, los bosques o los verdes viñedos colaboran en recrear una paleta de colores que enamoró a tantos artistas en el pasado y sigue cautivando en el presente. Los olivos, aunque en menor cantidad, también tienen su sitio, al igual que los elegantes cipreses que se levantan al cielo.
En centenares de ocasiones he visto las imágenes en postales, libros o folletos pero éstas, mis imágenes, las he captado no sólo con la cámara sino con el corazón porqué me han hecho sentir como pocas veces.



Aunque la flor de la lavanda crece en muchos jardines mediterráneos, su producción extensiva se limita a la Provenza francesa y en sus diferentes variedades se cultiva principalmente en la región del Luberon del Departamento de Vaucluse y en la planicie de Valensole en el Departamento de los Alpes de la Alta Provenza.
Según el clima y la altitud no crece por igual y su recolección puede adelantarse tras un período de sequía de la misma manera que un aguacero de última hora la puede retrasar. Esta vez quería asegurar el tiro y antes de partir me puse en contacto con cultivadores locales y con diferentes oficinas de turismo. Todos coincidieron en que los campos estaban en su punto de máxima floración y para allá nos fuimos. En algún momento llegué a pensar que me decepcionaría, me hacía tanta ilusión que quizás había puesto el listón demasiado alto, pero os aseguro que superó de largo las expectativas.
Las especies mayoritariamente cultivadas en la Provenza son la lavanda fina o “verdadera” y el lavandin conocido también como lavanda grasa, que presenta una mata mucho más voluminosa y abierta como si se tratara de un abanico.   
La primera es muy robusta y crece por encima de los 700 – 800 metros de altitud pero su rendimiento es muy bajo, obteniendo tan sólo de 15 a 20 kilos de aceite esencial por cada hectárea cultivada. El lavandin se cultiva principalmente en las planicies hasta los 600 metros y aunque es menos resistente a la sequía y al frío, produce de 60 a 150 kilos de aceite esencial por cada hectárea, representando actualmente más del 90% de todas las especies de la familia de las lavandas que se cultivan.





Cuando la flor está en su punto óptimo de maduración se procede a su recolección que lógicamente se lleva a cabo de forma mecanizada. Muchos de los productores locales tienen su propia destilería donde obtienen el aceite esencial cuyo destino será un perfume, un cosmético, un jabón o un detergente o incluso la aplicación directa de unas gotas en un masaje relajante.
Si dejamos secar un ramo de lavanda se convertirá en uno de los mejores objetos de decoración o unas flores dentro de los clásicos saquitos de tela pueden aromatizar nuestros armarios o por qué no, pueden servir para preparar una infusión gracias a sus propiedades tranquilizantes y ansiolíticas.



Hasta llegar a las modernas aplicaciones en aromaterapia nos tenemos que remontar a los egipcios y a los romanos que ya la utilizaban ampliamente para diversas aplicaciones. Alguna leyenda va incluso mucho más atrás y dice que Adán y Eva la trajeron del jardín del Edén.


Alambique de destilación

Cuando se empieza a recolectar, algunos productores abren sus puertas al público y muestran el proceso de destilación a la vez que sus bien surtidas tiendas ofrecen junto con la lavanda y sus derivados, otros productos de la tierra, como aceite de oliva o la cremosa miel de lavanda reconocida con una Identificación Geográfica protegida (IGP) bajo el nombre de "Miel de Provenza".
A lo largo de estos meses de floración y recolección, en muchos pueblos se celebra la Fiesta de la Lavanda, con varias actividades y exposiciones. Suelen llevarse a cabo demostraciones para enseñar como se recolectaba antiguamente y concursos de corte de lavanda a mano. También hay la posibilidad de visitar las destilerías, ver la actuación de diferentes grupos folklóricos o incluso sobrevolar los campos en helicóptero o en globo. 
No hace falta decir que los mercados con venta directa de los productos regionales y artesanía llenan las calles y plazas de estos pequeños pueblos.
Durante el resto del año, a excepción de enero, los interesados tienen la posibilidad de visitar el Museo de la Lavanda en Coustellet a 7km de Gordes. Un museo abierto desde 1991 donde se puede admirar una importante exposición de alambiques de cobre que desde el siglo XVI hasta la actualidad se han utilizado para destilar el aceite esencial.Durante este corto viaje de tres días nos acompañaron mis padres por lo que nos lo tomamos con mucha tranquilidad, siguiendo su ritmo pausado e intentando mostrarles algunos de los lugares que más nos habían cautivado en las anteriores ocasiones.
Así pues, destinamos un día a los campos de lavanda de Vaucluse y a pasear por algunos de sus pintorescos pueblos. Algunos de ellos, como Gordes, era la tercera vez que los visitábamos mientras que otros, como Roussillon, era la primera vez, después de seguir los buenos consejos de Gustavo del blog GusPlanet, un enamorado y gran conocedor de la Provenza.

Gordes


Gordes


Gordes
Vista desde Roussillon, el pueblo ocre

Roussillon

Roussillon

Roussillon

Roussillon

Campo de lavanda antes de llegar a Roussillon


Me extendería demasiado si me pusiera a escribir sobre el encanto de estos pueblos, sobre su mosaico de colores o sobre su luz, sobre sus fuentes de agua fresca o los grandes plátanos que dan sombra a sus plazas.
De todas formas, ya hablé de algunos de ellos en otra ocasión y si os interesa lo podéis encontrar aquí, aquí o aquí, y como no, en el magnífico blog de Gus Planet.

A muy pocos kilómetros de Gordes y a través de una estrecha carretera, se llega a la Abadía de Sénanque, una abadía cisterciense del siglo XII cuya imagen con los campos de lavanda en flor, juraría que es una de las que más aparece en guías, postales o folletos turísticos de esta zona de la Provenza. Esta luminosa imagen contrasta con el aspecto triste y solitario que presenta en invierno tal como se puede ver en esta otra foto tomada en diciembre de 2010. Independientemente del bucólico entorno donde se encuentra, la visita de la Abadía es también muy interesante. Se trata de una visita guiada de una hora de duración y aunque la explicación se hace sólo en francés, hay unos folletos disponibles en diferentes idiomas.

Abadía de Sénanque
Foto tomada en diciembre de 2010

Claustro Abadía de Sénanque


Claustro Abadía de Sénanque

Con lo visto el primer día ya me daba por satisfecha pero lo mejor estaba por llegar ya que es en los Alpes de la Alta Provenza, en la meseta de Valensole, donde se pueden contemplar los extensos campos con sus infinitos bancales ondulantes que se pierden hasta que alarga la vista. Esta fértil llanura tiene una extensión de 800 km2 donde predomina el cultivo de la lavanda y de los cereales. Por su clima benigno y sus días soleados durante la mayor parte del año, esta planta aromática ha encontrado en la meseta de Valensole el ambiente ideal para crecer y producir. Desde Valensole se puede seguir hasta Moustiers de Sainte Marie y el Cañón de Verdon, otro regalo de la naturaleza que hay que ver por lo menos una vez en la vida. Moustiers, igual que la mayoría de pueblos de la Provenza, se transforma radicalmente en verano. Tal como he dicho al principio, en esta ocasión íbamos con un objetivo muy concreto que atrae cada año a miles de personas pero la calma del invierno provenzal, aunque falto de color, tiene también mucha magia. 

Campos de lavanda en la meseta de Valensole



Moustiers de Sainte Marie

Lago Sainte Croix

Cañón del Río Verdon